Pedro Blanco el Negrero

Con el lugre cargado y cinco tripulantes traidores a sus órdenes, Pedro se vio capitán por primera vez. Ninguno de los tripulantes conocía bastante el mar ni tenía antecedentes que les hicieran temer a aquel capitán joven y sin oficiales. La docena de criaturas negras en la cala era también un peligro. Podían unirse a los tripulantes si estos se sublevaban o propagar alguna enfermedad. Pedro tenía que hacer allí de todos los oficios. Los tripulantes vieron recular la tierra y luego virar por avante, y no sabían con qué fin. Pedro se armó de látigo, cuchillo y pistola, y guardó las llaves del castillo de popa, donde guardaba las armas. Tenía el propósito de navegar al sur hasta encontrar algún negrero al cual vender los negros y seguir luego a alguna factoría pasado Sierra Leona. Sabía que al sur de esta colonia, en algún lugar impreciso, había algunos factores españoles y portugueses. Joseph le había dado aquella referencia vaga. Joseph sabía que algunos marineros de un barco náufrago se habían establecido allí y vendido negros a un barco danés, pero nada más. Aventurarse a América con aquella tripulación y sin bastantes víveres era imposible. A los mulatos les dijo que iban a un puerto fijo, donde tenía un amigo, e inventó un nombre geográfico. Por segundo escogió uno de los más bragados y le prometió una buena comisión. A los demás les repartía aguardiente, y puso a uno a guisar. Cada vez que veía a dos juntos tenía algo que mandar a alguno de ellos. Aquel modo de mandar, decidido y rápido, desconcertó a los mulatos, que llevaban malos proyectos, y dieron en mirarse, y sus ojos parecían decir: parece que nos hemos equivocado de hombre. Matando al capitán y devolviendo el barco al mongo 'le dirían que los habían sacado engañado' tendrían buena recompensa. O, acaso, pensaban llevarlo ellos mismos a alguna factoría de la costa. Pedro comenzó a hacerles promesas gradualmente, dándoles buen trato, pero envolviéndose en el misterio y asomando siempre los colmillos de las balas y la lengua del cuchillo.
Pero luego todos los ojos se volvieron al exterior y el peligro de fuera hizo desaparecer el de dentro. A la altura de Sierra Leona descubrieron una vela que navegaba hacia el lugre y pronto largó el gallardete con la cruz de San Jorge. Pedro mandó a cerrar las escotillas y metió su gente a las maniobras, pero no les dio armas. Sería inútil. Los esclavos quedaron sueltos en la cala y se oían sus gritos sordos. El viento soplaba de nordeste y favorecía al crucero. Pero el lugre era ligero como el viento y Pedro se desvió de la ruta a todo trapo, proa a occidente. Pedro abordó entonces, uno a uno, a sus hombres. Cada mulato solo, frente a él, tenía que sentir lo que en él había de capitán. Una terrible alegría de mando lo embargaba por primera vez. Repartió ron y prometió dos esclavos a cada uno. La promesa hizo camino al corazón de la gente.
El buque siguió abatiendo al oeste, deslizándose como un albatros hasta entrar en la noche. Luego cargó un poco las velas y viró al sureste con la luz de la bitácora apagada. El cúter lo había acosado por el nordeste; a la puesta del sol le hizo una descarga, pero estaba demasiado lejos y perdía ventaja. El lugre huía bajo bandera portuguesa.
Al levantarse el día el cúter había desaparecido; pero el viento amainaba de tal modo que Pedro no tuvo duda de lo que iba a pasar. Se calló, sin embargo. Al calcular su posición se encontró a la altura de Cabo Palmas, a cien millas de la costa. Había que navegar de bolina y con poco viento. A aquella altura y a comienzos de la estación seca eran frecuentes las calmas. Estas traían a veces chubascos como heraldos, y sobre el lugre comenzó a partir una nube gorda Pedro hizo saltar la escotilla y descendió a la cala, de donde salían lamentos, látigo en mano. Pensaba sacar a los negros a cubierta a que los bañara el cielo, y se quedó frío. De los doce habían muerto tres, y dos más morían. Pedro corrió a la cabina a buscar un suero para inmunizarse, y calló. Distribuyó los mulatos, cuatro a los remos y uno al timón, y aguardó la noche. De noche se acercó a un negro sano con un tazón de aguardiente y un espejo y le habló en susú. Entonces llamó a popa a los cinco mulatos, en consejo. Al soltar los remos el lugre quedó parado. Luego se sintieron unos chapoteos, como el choque de cuerpos contra el agua. La gente creyó que eran tiburones.
Pero al día siguiente la viruela había tumbado dos negros más y el pánico cundió por el barco. El mal se desarrolló rápidamente. Pedro vació el suero que llevaba en los tripulantes. Esto los calmó un poco, pero daban vueltas en torno a él y miraban su pistola. Según se acercaban a la costa iban echando más negros al mar, y Pedro prometió a los tripulantes pagarles en géneros. Los doce negros habían desaparecido antes de ver tierra. Al principio, los mulatos abandonaban los remos y Pedro tenía que atacarlos uno a uno con los ojos y mostrarles la pistola y el cuchillo.
A vista de tierra el peligro era mayor. Pedro se había pasado tres días durmiendo a sorbos, de pie, andando, barajando los hombres. A veces se arrimaba a la borda, caía en un sueño y partía a dar órdenes, durmiendo con los ojos abiertos. El látigo había servido solo de respeto —como madera de respeto—, y Pedro sabía que el peligro estaba en usarlo. La tierra la avistaron al anochecer y se pusieron a la capa. Era evidente intentarían algo contra él de noche. Pedro dio en barajarlos, pero inevitablemente se juntaban junto a la roldilla, junto al castillo, en todas partes. Pedro se quedó espiando al más audaz y fingió no darse cuenta de nada. Abrió la puerta del castillo y aguardó de espaldas, como embebido en el cielo, a que pasara por allí. Al pasar el mulato, Pedro se volvió como un gato y lo metió para adentro, y se metió él. Allí pasó algo callado. Pedro salió con calma y vio a los otros hurgando con los ojos en busca del cabecilla. Pedro dio en pasearse en silencio, con algo de fantasma en sí. La rapidez con que había desaparecido el cabecilla los desconcertó. El silencio del capitán y aquel silencio en la noche, tenían un sentido siniestro. El balanceo del barco, tras la desaparición de los doce cautivos, acabó por meter en fuga todo el valor de los tripulantes. Al amanecer, dos canoas de krumen vinieron a recibirlos, y guiaron el lugre a la embocadura del río Sulima, al sur de Sierra Leona.
—¿Vienen consignados al señor Burón? —preguntaron los krumen.
—Sí —dijo Pedro.
Pedro no sabía quién era el señor Burón.
—¿Qué hay, compañeros —dijo a los mulatos—; vamos a refrescar a casa de mi amigo Burón?
En el estuario de este río habían comenzado a formarse unas factorías pobres, sostenidas por unos náufragos, la mayoría españoles, que pagaban tributos a los reyes negros y les compraban algunos esclavos. Burón era un capitán negrero que había naufragado en la costa.
En toda la costa de Africa se encontraban entonces aventureros tímidos o escrupulosos que morían de fiebre con la idea de llegar a ser ricos y no llegaban nunca. Burón y otros factores de aquel lugar hacían un comercio honrado como intermediarios entre los reyes y los negreros. En la costa tenían telégrafos de humo y algunos barcos fondeaban allí para completar la carga. Además, comerciaban en productos vegetales con Fretown. En el río había una balandra que salía al día siguiente para aquella ciudad. Pedro pagó a los cuatro mulatos restantes en libras facilitadas por Burón a cambio de mercancías y los puso al borde de la balandra.
—Desde allá podréis volver al Pongo y saludar al mongo de mi parte —les dijo.
Aquel blanco tenía el demonio en sí. Aquel viaje había sido como una pesadilla,
—¡Adiós! —les dijo Pedro.

 

Fragmento de Pedro Blanco el Negrero, Espasa-Calpe, Madrid, 1933.

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