A orillas del río Ariguanabo nace El Ariguanabo

San Antonio de los Baños, la bien llamada Villa del Humor, pues allí han nacido no pocos de los mejores caricaturistas cubanos de todos los tiempos —además de nuestro Silvio Rodríguez, quien también ha incursionado en esta exigente manifestación artística—, es tierra también de publicaciones periódicas, con una tradición que se remonta al año 1861, cuando apareció el primer periódico, llamado El Ariguanabo, dirigido por un cajista, Evaristo Valdés, natural de la localidad. Solo tuvo un año de duración.

Veinte años más tarde, en diciembre de 1882, nace otro de igual título, con el subtítulo de “Semanario de conocimientos e intereses generales”. Se editaba en Guanajay, entonces perteneciente a la provincia de Pinar del Río, donde, al parecer, había mejores condiciones de impresión que en San Antonio. Como se sabe, hoy San Antonio de los Baños y Guanajay pertenecen a la nueva provincia de Artemisa. El Ariguanabo fue dirigido por Francisco Puig y de la Puente, oriundo de San Antonio de los Baños, y redactado por Juan Cantalapiedra y José Ramos Bello.

De primera impresión, el nombre de Francisco Puig y de la Puente (1839-1917) no parecería tener ninguna trascendencia, pero los conocedores de nuestra literatura saben se trata de Julio Rosas, pues ese fue el seudónimo que siempre utilizó, además de El filántropo abolicionista. Se despierta el interés pues, aunque constituye una figura olvidada de nuestro pasado literario, los estudiosos de la literatura cubana deben recurrir a él, ya que atesoró la correspondencia que le enviara desde Nueva York su gran amigo Cirilo Villaverde, la cual constituye fuente de consulta indispensable para profundizar acerca de la vida del novelista por excelencia del siglo xix cubano y para conocer detalles acerca de la lenta elaboración de su emblemática novela Cecilia Valdés o La Loma del Ángel (1882), cuyo primer esbozo apareció en La Siempreviva el mismo año en que nació Rosas. Cómo se anudó entre ambos tal amistad es información que no poseemos, pues no eran siquiera contemporáneos —Villaverde nació en el año 1812 y se exilió en los EE.UU. desde 1848—, pero lo cierto es que para indagar en Villaverde no se puede prescindir de esta correspondencia, que abarcó desde mediados de los años 70 hasta poco antes de la muerte del novelista, ocurrida en 1894.

A lo anterior puede agregarse que Julio Rosas fue también novelista con una obra de tema indio, Flor del corazón, otra de asunto abolicionista, La campana del ingenio, donde denuncia los horrores de la esclavitud en las haciendas azucareras, publicada, la primera, en el periódico El Contribuyente, y la segunda en La Razón, a las que se suman más de diez títulos en el mismo género aparecidos, la mayoría, en imprentas de San Antonio de los Baños y Guanajay. Es un personaje curioso y al leer las cartas que le dirigiera Villaverde, a quien homenajeó las, al menos dos veces, que vino a Cuba durante su largo exilio, puede inferirse cómo interrogaba al escritor acerca del mejor método para escribir y este le respondía con la mayor prolijidad y paciencia, dándole recomendaciones, sobre todo, para crear sus personajes. En una de esas cartas, Villaverde reconoce el valor de La campana del ingenio  “por ofrecer un panorama vigoroso de la esclavitud en los campos de Cuba”.

El Ariguanabo en esta, su primera época, tiene muchos colaboradores hoy desconocidos, pero su nómina se enriquece cuando al repasar sus páginas comienzan a aparecer nombres muy notables de la vida literaria cubana como Joaquín Aramburu, Francisco Calcagno, José Antonio Cortina, José Fornaris, Saturnino Martínez y José de Jesús Márquez. Este último, hoy olvidado, fue deportado en 1870 a Isla de Pinos por conspirar contra el gobierno español y desde 1879 y hasta su muerte, ocurrida en 1902, fue estacionario de la biblioteca de la Sociedad Económica de Amigos del País, además de fundador y colaborador de la prensa obrera cubana. Es autor de un texto hoy ignorado, pero de relevante importancia por la acumulación de datos que ofrece: Diccionario geográfico, biográfico, estadístico, bibliográfico, histórico, económico y mercantil de la Isla de Cuba, publicado en 1925 en el Boletín del Archivo Nacional, con prólogo de Joaquín Llaverías.

En julio de 1883, El Ariguanabo comienza su segunda época, ahora como “Periódico semanal”, dirigido por Francisco J. Daniel y editado en San Antonio de los Baños. El subtítulo se amplió poco después a “Periódico semanal. Consagrado a la defensa de los intereses morales y materiales de San Antonio de los Baños” y pasó a editarse en La Habana, pues la imprenta, propiedad de Castor Labreda, se retiró de esa localidad.

Para conocer esos años de la vida de la actual Villa del Humor es preciso adentrarse en las páginas de este periódico, pues ofrecen muchos detalles económicos, sociales y culturales de esos años. Entre los colaboradores de esta segunda etapa se destaca el nombre de uno de los costumbristas cubanos más relevantes, Luis Victoriano Betancourt (1843-1885), que fuera presidente de la Cámara de Representantes de la República en Armas, e hijo de otro gran costumbrista, José Victoriano, nacido en 1813 y fallecido en 1875. Allí publicó artículos criticando el baile, las modas y los aderezos complicados, las canciones populares con sus temas insulsos —parece que la herencia nos viene de muy atrás—, el juego, los velorios, etc. En el titulado “La rumba” presenta los despropósitos de los jóvenes que solamente se ocupan de bailes y diversiones, olvidados de los graves problemas del país:

La ciencia es larga; la vida es corta, la patria, ¿quién se ocupa de ella? Si nacemos hoy para morir mañana, ¿por qué tanto afán en estudiar y trabajar para el porvenir? El porvenir... quién sabe. Gocemos ahora, que más vela pájaro en mano que cientos en el aire, y cada uno se ocupa de lo que le da la gana. Entre tanto, ¡diviértase también la patria!

En otros artículos afirmó el derecho de la mujer a la educación y a la elección matrimonial, para facilitar su libre desenvolvimiento.  En “El matrimonio” leemos:

El hombre vocifera contra el monopolio en el comercio y monopoliza los derechos de la mujer, truena contra la tiranía, y tiraniza a la mujer; hace odas a la libertad, y niega a la mujer su emancipación. La educación, señores filósofos, no es para aquel solamente, ni para este; la libertad no es para este solamente ni para aquel, la educación es para todos, como el sol, y, como el sol, para todos es la libertad.

Escoge como objeto de su humor a “los pollos”, como se le decía antes a los hombres y mujeres de buen ver:

La pollita es una mujer en miniatura, en menor escala, en pequeño, con voluminosas sayas, quillas, quiquiriquí, y otros tantos perifollos como pueden contener las tiendas. Cuando veo a una de esas niñas tan peripuestas me acuerdo de esos baratillos humanos que por no dejar las prendas en casa se abruman el cuerpo bajo el peso de cadena, leontina, reloj, relicario, cordón para las gafas, alfiler de pecho, y luego eche usted dijes y otras mil zarandajas.

Francisco Calcagno, natural de Güines, aunque por entonces residía en Barcelona, dio a conocer en estas páginas algunos cuentos y fragmentos de su obra El catecismo autonómico o la autonomía al alcance de todos, en cuyas páginas defendió la necesidad de la autonomía, no la independencia de Cuba, en relación con España, como también lo hizo otro importante miembro del  partido favorecedor de esa posición, el Partido Autonomista, e igualmente colaborador de El Ariguanabo, José Antonio Cortina, orador de gran prestigio en aquellos años. También colaboró el poeta José Fornaris, autor del libro titulado Cantos del siboney (1855), considerado por Ambrosio Fornet el primer gran best seller de la literatura cubana, pues tuvo más de cinco ediciones en los años restantes a la inicial, libro convertido hoy en un verdadero fenómeno sociológico, como ha apuntado el propio estudioso, pues en su momento ayudó a afirmar la nacionalidad cubana e incorporó al público lector a una gran parte de los sectores populares antes excluidos. En El Ariguanabo se reprodujeron algunos poemas de ese libro,  como el titulado “El cacique de Ornofay”, del cual reproducimos este fragmento:

   En la costa de los mares

Entre arboledas frondosas,

Se levantan misteriosas

Las sierras del Escambray;

Y aparece entre colinas,

Cedros, cascadas y ríos,

Con numerosos bohíos

La provincia de Ornofay.

   Cuna de Analay, cacique

De simpático semblante,

De mirada penetrante,

Ý extremado en su pasión;

Robusto de brazos y hombros,

Alta y serena la frente,

De gallardo continente

Y de entero corazón.

 

El último número revisado de El Ariguanabo data del 9 de diciembre de 1883, aunque el bibliógrafo Carlos Miguel Trelles destaca en su trabajo “Bibliografía de la prensa cubana (de 1764 a 1900) y de los periódicos publicados por cubanos en el extranjero” que volvió a publicarse entre 1886 y 1887, pero sin ofrecer otros datos. Los ofrecidos prueban que con este periódico, San Antonio de los Baños comenzaba a asentarse como uno de los territorios de mayor poder cultural de la entonces provincia de La Habana.

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