Un Museo oculto ve la luz

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

La muestra Almacenes Afuera, que ocupa durante el verano las salas de exposiciones transitorias de los pisos II y III del Edificio de Arte Cubano en el Museo Nacional de Bellas Artes, como parte de la agenda conmemorativa del primer centenario de la institución, revela más de uno de los buenos secretos guardados en los fondos no públicos de la principal entidad legitimadora del patrimonio artístico nacional.

La exposición, que parte de una idea inicial de una de sus curadoras y museógrafas, Corina Matamoros, contó en su realización con los buenos oficios de todo el equipo de curadores de Arte Cubano (Elsa Vega, Olga López, Delia López, Roberto Cobas, Liana Río, Hortensia Montero, Aylet Ojeda, y Ernesto Cardet).

Imagen: La Jiribilla

Acerca de la disposición de las obras, su museografía es atractiva, rompe con el “orden establecido”  y en medio de un aparente caos nos remite al interior de un almacén. Las, obras se colocan como parte de un inventario sin atender a los requisitos de organización habituales. En cada una de las salas, sobre un huacal se sitúa un cajón que contiene las fichas numeradas que corresponden  a cada una de las obras allí expuestas. Información detallada de gran utilidad para los visitantes —ventana abierta sobre todo a profesores y estudiantes de pintura e historia de arte— que avanzan en el conocimiento más allá de lo que suelen decirnos las etiquetas (nombre del autor, título y en ocasiones el año de su realización).

Una crónica detallada sobre la exposición corre el riesgo de reproducir el inventario, de manera que me detendré en algunas de las piezas que particularmente  me impactaron, no sin antes situar al lector, para facilitar su guía, en  las coordenadas en que se desarrolla el evento: en el segundo piso, un panorama que va desde la Colonia hasta la mitad del siglo XX, diálogo entre académicos y vanguardistas; en el tercero obras pertenecientes a la segunda mitad del siglo XX hasta iniciado el XXI, con un balanceado espectro de pintura, instalación, escultura y fotografía.

Comenzaré por especular cuánto podría habernos aportado la sensibilidad lírica de Juana Borrero cuyo cuadro “El trovador” deja entrever el ansia de un espíritu malogrado.

El retrato escultórico de Guillermo Collazo pone en evidencia el oficio de un artista conocido mucho más por su pintura. Siempre se tiene una rica cosecha visual ante piezas de Amelia, Víctor Manuel, Abela, Pogolotti, Ponce, Portocarrero, Lam, pero me sobrecogió la rara modernidad de Antonio Sánchez Araújo.

Aunque se exhibió no hace tanto en la biblioteca museo Servando Cabrera Moreno, resulta sencillamente conmovedor apreciar otra faceta, la tridimensional, de la desgarradora fuerza expresionista de Antonia Eiriz.

Al ver estas obras, las relacioné con un artista que merece una atención de la crítica mucho mayor que la que hasta ahora, el camagüeyano Joel Jover. Al margen de modas, a base de un riguroso oficio pictórico en función de una vocación metafórica que se expresa mediante imágenes para nada truculentas, su trayectoria es un testimonio de fe en las posibilidades y potencialidades de la pintura como realidad inmanente, como lo prueba en el cuadro “Conversación en la tarde”.

Por otra parte, desde el punto de vista vivencial, para quienes en los tres últimos decenios del pasado siglo le tomamos el pulso a la creación visual, fue interesante recordar obras como las de Flavio Garciandía (“El lago de los cisnes”), Tomás Sánchez (“Día suavemente gris”), Manuel Mendive (“El Hombre malo” y “Shangó”), Juan Moreira (“Metamorfosis de una flor”), Leandro Soto (“La familia revolucionaria”), el malogrado Pedro Álvarez (“Convención cubana sobre el fin de la historia”) y Rocío García (“La modelo”). Continuar sería reseñar totalmente la muestra, y son 154 las obras en total de un centenar de artistas, y todas merecen la atención del visitante.

Lo mejor que le puede pasar al espectador es que se despierte en él la necesidad de repasar la colección permanente de Arte Cubano. De hacerlo, será como viajar al interior del Museo por partida doble.  

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