Cuestión de tiempos

María Elena Llana • La Habana, Cuba

Compró el ramo y fue hacia el auto, un poco taciturno, sintiendo el peso del día, de la fecha, del acto mismo que acababa de realizar, una especie de ritual que mantuvo año tras año, aún estando lejos. Ahora, de regreso a la ciudad, haría lo de otras veces: colocarlo en un florero hasta que se marchitara. Después de todo nunca, ni antes ni ahora, tuvo una tumba donde depositarlo. Magda, respetuosa con todo lo que se relacionaba con su primera esposa, se mantuvo siempre ajena al ceremonial del aniversario y hoy sería también así.

Lo puso en el asiento y su aroma se volvió una presencia, como si estas rosas tuvieran más vida que las muy duraderas que compró en climas fríos. Saben que su lozanía es tan fugaz que se hacen más evidentes, gritan su ser, se dijo. Y sonrió pensando que estaba humanizando un ramo de flores.

Cruzó la ciudad hasta salir a la vía costera y puso música, tratando de evadir el cerco triste que lo iba acorralando. Pero era inútil. La remembranza seguía deslizándose por todos los surcos. Y en semejante estado de ánimo no quería llegar junto a Magda, no lo deseaba. Ella había sido la tabla del náufrago en el punto cero de su vida. Se marcharon al extranjero apenas la tragedia del mar y el oleaje en la noche lo dejaron huérfano, tambaleándose en un culpable vacío. Pero ahora, al regresar, siente que el tiempo no ha transcurrido; el recuerdo de Amelia y sus hijos y su vida anterior —y este día, precisamente este día, el del aniversario de bodas— acude para borrar todo este lapso, para cerrar un camino que se quedó abierto y reconstruirlo de principio a fin, una zona solo de él y de sus muertos amados, inconjugable con Magda. Debía llamarla, decirle que no iría, aunque sabía que ella lo esperaba entusiasmada con el remozamiento de la casa de la colina, después de tan larga ausencia.

Pero no llamó. Siguió conduciendo bajo el cielo agrisado, hinchado de nubes que contrastaban con la luminosidad de aquel otro día, en una fecha como esta, cuando se casó con Amelia, la muchacha más linda de la playa, después de ganarla en una batalla a brazo partido contra muchos rivales, después de verla descender, coronada reina de la temporada, con una diadema de algas fingidas, para bailar con él.

Ganado por la evocación se deja correr sobre la memoria más que por la vía húmeda de lluvia, por esta carretera donde precisamente encontró a Magda, una tarde, cuando regresaba a su casa junto al mar y ella se dirigía al residencial de las mansiones donde podía mirar a la playa desde el cielo. Había sido muy simple: un juego con las velocidades regateándose la senda, un intercambio de sonrisas y después seguir cada uno su camino, ella por el desvío que ascendía y él buscando el ramalito hacia la costa, donde lo esperaban Amelia y los niños.

Cada tarde, en la bifurcación estaba el muchacho, sentado en la piedra, con su atado de libros. Se levantaba, avanzaba hacia la vía para esperar que el auto se detuviera y subía murmurando un hola sin mucho cumplido.

¿Cómo van las cosas?, le preguntaba tratando de ser amable con un personaje que evadía todos los cánones, como si con él no se pudiera ser protector, ni adulto, sino un igual, un buen camarada que lo recoge cada día en la carretera porque sus horarios coinciden y lo lleva por los dos o tres kilómetros del camino hacia la playa, para despedirse cuando baja y echa a correr tomando impulso para saltar la verja que bordea su casa. Cuando estaba para el paso, el muchacho comentaba que al equipo le faltaban jardineros o que había confundido otra vez las conjugaciones, porque siempre trastocaba los tiempos; pero si tenía la tarde lacónica se encogía de hombros y se ponía a mirar hacia afuera, escrutando un poco las nubes para, en el mejor de los casos, decirle esta noche habrá cangrejos o mañana amanecerá lloviendo.

Se olvidaba del pasajero al entrar en la casita, cerca del mar, donde Amelia, la reina del verano convertida en aturdida ama de casa, luchaba con los niños, aún de muy poca edad, y se sobreponía a la fatiga del día para recibirlo con una sonrisa, ofreciéndole la mejilla que, por entonces, siempre olía a compota.

Sonríe lastimado por tan familiar imagen y el pasado sigue deslizándose sobre el asfalto, como se deslizaba el auto de Magda, cada viernes, cuando se dirigía a la casa de la colina, para pasar el fin de semana, siempre con los grandes espejuelos de sol ocultando posiblemente su perdida juventud, pero fascinante, invitadora, llamándolo a seguirla, a subir tras ella.

Atraído y remiso a la vez, él continuaba su propio camino. Un poco más adelante recogía al muchacho y doblaba hacia abajo para llegar a su propia casa y sumirse en el mundo que aún estaba creando. Si algunos sábados añoraba las tertulias de la ciudad, el domingo, al verlos dorados y sonrientes en la playa, se sentía un Neptuno afortunado. Y cuando Amelia desfallecía, le daba la mano para alentarla y alentarse.

—Ya crecerán.

Llegados a ese punto acababan hablando del vecinito que era tan apegado a ella, transitando tal vez sus verbos mal conjugados pero dispuesto a hacerle algún favor, a traer una compra, a entretener un poco a los pequeños, de manera que le había dado una llave de la casa para facilitar sus entradas y salidas.

—Supongo que te gustaría que los nuestros sean así cuando crezcan.

Contra todo lo esperado, Amelia se quedó dubitativa: No sé, es un muchacho especial... como si supiera muchas cosas.

—Por lo pronto, sabe cuándo hay cangrejos.

—Algunas noches se baña en lo hondo.

Qué hubiera pasado, se pregunta ahora, tantos años después, si aquella tarde no toma el camino de la colina. Detiene el auto junto a la cuneta para encender un cigarrillo, sabiendo que no es más que un pretexto, porque no sin inquietud intuye que si hoy, ahora mismo, sigue el camino hacia la playa, sin subir a la casa donde Magda lo espera, su pregunta obtendrá una respuesta.

Al compás del ir y venir del limpiaparabrisas, van surgiendo las imágenes que entonces se contraponían en su vida: los mudos reproches de Amelia / la cálida invitación de Magda; las quejas entrecortadas de una / el derroche de proyectos de la otra; el olor a papillas / el perfume incitador; lo cotidiano / lo excepcional: lo conocido / la sorpresa; lo que lastra / lo que libera... Y en medio de ambas, él. Confuso, incapaz de elegir y sintiendo que no estaba hecho para aquel juego. Hasta la noche en que llegó tarde, como ya era habitual, y una Amelia muy pálida, con los ojos enrojecidos, le dijo que el muchacho se había ahogado.

Cuando quiso abrazarla, lo rechazó y supo que la sacudida la había rescatado de su propia indecisión. Ante el vacío infinito de la muerte, su esposa había optado por desarraigar cualquier vacío en su vida. Se sintió mezquino y trató de iniciar una explicación, pero Amelia le dijo que no era necesario hablar nada y se alejó, dejándolo perdido en medio de la habitación, sin brújula en un momento que había deseado y temido. Después le pidió que se marchara y él lo hizo.

Siguieron días de dudas en los que Magda, con infinita sutileza, redobló el cerco de sus atenciones. Organizó reuniones en su apartamento de la ciudad; disponía siempre de una invitación para cocteles o conferencias y dejaron de ir a la casa de la colina. ¿Qué hubiera decidido al fin? Se debatía en sus ambivalencias cuando las lluvias y los ventarrones y la furiosa acometida del mar barriendo la costa baja, lo dejaron sin elección.

Fue inútil tomar la carretera como un loco, tragarse los kilómetros que lo separaban de aquel lugar al que deseaba llegar por sobre todas las cosas. Un silbato lo hizo detenerse y vio que el tránsito estaba desviado, la zona acordonada y los helicópteros trazaban unos círculos bajos, ronroneantes y oscuros, que hendían el aire denso, casi irrespirable... La playa se quedó vacía para siempre, con los restos de verjas y portales abandonados al salitre y al abrazo de la uva caleta.

Terminado el cigarrillo vuelve a encender el motor. Llueve más tranquilamente, con algo de pesada calma, y poco después, al llegar al desvío de la colina, se dice que esta vez Magda se quedará esperando. Y sigue hacia adelante, atraído por el blanco reclamo de su primer hogar.

Si en algún momento pensó que estaba haciendo algo irracional, si tuvo intención de reírse de sí mismo, desechó la idea cuando, más que verlo, lo adivinó allí sentado, apenas un bulto entre la lluvia, mal iluminado por las luces del automóvil, esperándolo junto al atado de sus libros.

El primer impulso fue acelerar y huir pero se contuvo cuando vio que se levantaba e iba al encuentro del vehículo, como siempre. Entonces frenó, sin poder eludir un estremecimiento al vislumbrar la piedra húmeda, los libros limosos y la forma ausente con que abrió la portezuela y, más que sentarse, se deslizó casi sobre el ramo de rosas que exhaló una ráfaga de aroma, similar a un grito.

Sin atreverse a mirarlo, sintiendo alrededor una frialdad como de aguas profundas en la noche, siguió conduciendo, abriendo camino con la luz de los faros que iba apartando las malezas, permitiéndole avanzar entre una dura vegetación de costa que se volvía a cerrar tras el auto, tragada por la oscuridad. Se preguntaba en qué túnel sin fin estaba entrando, cuando en la distancia comenzaron a encenderse, como estrellas, las ventanas del poblado.

Paró frente a la casa, expectante de sus propias reacciones, aguardando que algo o alguien le dijera qué hacer, y entonces vio que el muchacho le tendía, en la palma de su mano casi incolora, una llave herrumbrosa, carcomida por la sal. La tomó, siempre evadiendo mirarlo, y toda la gelidez que los estaba rodeando se concentró en aquel objeto pequeño tras cuya entrega el chiquillo dejó el auto para perderse en la oscuridad.

Bajó a su vez y entró al portal, mirando la puerta incólume, tanteando la cerradura sin tropiezos y abriéndola de golpe para encontrarla allí, de pie, sorprendida, con el vestido amarillo y blanco de su reinado, sosteniendo entre sus dedos la diadema de algas plateadas e invitándolo a entrar, a sumirse en la atmósfera del hogar, en ese momento indefinible en que los niños acaban de dormirse y el corazón de la casa late apaciblemente.

Se quedó indeciso un instante, pero ella, con una sonrisa renacida al gozo de la vida, se lanzó a su cuello, lo besó, lo abrazó y, mirando el ramo, murmuró un emocionado ¡te acordaste!, que lo instaló cálidamente en aquel instante.

—¿Cómo podía olvidarlo?

Se encogió de hombros repentinamente entristecida y él se sintió atrapado porque, como estaban las cosas desde que Magda apareciera en su camino, Amelia bien pudo imaginar que olvidaría el aniversario. Pero ella volvió a sonreír y semiabrazados fueron hacia la sala. Iban a sentarse, cuando él la apartó para admirar su vestido.

—¿Por qué no te la pones? —preguntó señalando la diadema.

Balbuceó que había temido parecerle ridícula. Y cuando él mismo la acomodó en sus cabellos, volvió a ser la soberana espumeante de aquellos días, la muchacha que todos amaban en el pequeño balneario. Y él más que todos.

La abrazó estrechamente para comunicarle la certeza de su amor que al fin se recobraba de todas las dudas, para asegurarle que no había desvíos verdaderos, que ella era siempre su meta, cuando bailaban en las noches de verano, cuando nadaban, y ahora que, por primera vez, pisaban arena movediza.

Y Amelia recibió el cálido mensaje temblorosa, saliendo del torrente de su maltratada pasión como si buscara aire, aferrándose a su cuello para no hundirse.

—Te quiero mucho —murmuró apretándose contra su cuerpo, mientras él la besaba conmovido, acariciando sus cabellos en los que sentía una recóndita, inquietante, humedad de mar. Y las palabras de ambos comenzaron a trenzarse: Te quiero tanto que nunca seré un obstáculo, ¿de qué hablas, muchachita mía?, te estás alejando y sufro, son ideas tuyas, ¡ojalá!, ideas que te voy a quitar de la cabeza, recuerda que no admito ataduras por deber, no digas más tonterías, si lo que temo es cierto dímelo, no quiero oírte más, aunque no me lo confieses yo lo sé, vamos, vamos... Le acariciaba la frente, le besaba la mejilla y de pronto Amelia se incorporó para mirarlo de frente: Siento tu desamor como una corriente capaz de arrastrarme...

—¡No lo digas!

—Como un ras de mar.

—¡Calla!

La apartó, tratando de alejar la tenebrosa imagen. Ella mantuvo fijos en los suyos aquellos ojos que siempre parecían retener las luces doradas del sol y que ahora, ensombrecidos, le mostraban profundidades que nunca había advertido.

Apretó los párpados y se aferró a sus hombros para no ser arrojado a la impiedad de un día de tormenta, con los enormes pájaros metálicos quejándose sobre la playa arrasada, con aquella insondable sensación de culpa y de pérdida que algún día iba a sentir.

—No, Amelia, no pienses algo así —rogó. Y se deslizó desde el asiento hasta el piso para quedar de rodillas ante ella y hundir la cabeza en su regazo, pidiéndole que lo ayudara, que le diera la fuerza de su amor orgulloso, ingenuo y terrible para borrar las premoniciones.

Amelia inclinó su frente hasta tocar la de él y quedaron silenciosos, exhaustos por las inmensidades que habían bordeado. Después, retomando el compás de lo habitual, ella puso las flores en agua y él preparó unos cócteles con los que brindaron por muchos aniversarios felices.

—Siempre juntos —dijo ella.

—Siempre juntos —repitió bajo, como un conjuro.

Más tarde, después de amarse con la intensidad que suma la ternura al arrebato, Amelia dormía con el frágil sueño que le había legado la maternidad, atenta al cuarto vecino y él impedía que despertara del todo, temiendo a su vez despertar, disfrutando de la placidez que lo inundaba. ¿De qué sueño monstruoso había despertado? ¿Cuánto duró? ¿Por qué grieta de su imaginación, de su sentido de culpa, de sus deseos inconfesables, se habían deslizado años, ciudades, éxitos profesionales en un largo viaje junto a Magda, una mujer sin duda singular pero que, después de todo, no podía ser más que un pequeño desvío en su ruta? Extraña pesadilla que se diluyó, al fin, en el despertar de su amor de siempre.

Suspira hondo, situado ya en la zona de las certidumbres, cuando unos golpecitos en el cristal de la ventana lo hacen volverse para quedar como imantado. Allí, traslúcido de agua y de luna, está el rostro del muchacho. Tantea el cuerpo de Amelia, buscando su certeza, pero no la encuentra. Entonces, trémulo, sin atreverse a buscarla con la mirada, temeroso de que ya no esté en el lecho, se levanta y va hacia la ventana, sintiendo que a cada paso puede encontrarse de nuevo en medio de los portales rotos, de las malezas y el quejido ronco del mar.

Cuando llega se da cuenta de que el rostro que tiene enfrente no es el del terrible pasajero de los libros verdosos, sino el del serio y lacónico pilluelo que recoge todas las tardes, de regreso a casa, el de las conjugaciones perdidas.

—Déme la llave —le dice tan pronto entreabre la hoja.

Regresa a buscarla y no le es difícil distinguirla entre los otros objetos que descansan en la mesa de noche, por su bronco aspecto erosionado. La toma, vuelve hacia la ventana y se la entrega. El muchacho parece vacilar un instante antes de invitarlo a salir de la casa, a reunírsele y él acepta pensando en la absurda posibilidad de que lo lleve a atrapar cangrejos.

Ya afuera le indica que lo siga.

—¿A dónde?

—Allá, a la ciudad.

No comprende el sentido de sus palabras, ¿pensará tomar la carretera a semejantes horas? Pero lo sigue, dominado por la idea de no perderlo de vista en la oscuridad pues camina aprisa, sin esperarlo, sin permitir que acompase sus pasos a los de él, de manera que casi tiene que echar a correr para alcanzarlo justo en el momento en que salta y desaparece en la noche. Trastabilla unos pasos impulsado por la inercia y va a detenerse al borde de una especie de derriscadero, cortado a pico como un cantil. Se queda desorientado hasta que la luna comienza a emerger tras una nube y lentamente va viendo aparecer la “ciudad”. Son grandes castillos, con torres almenadas, frente a cuyas puertas de medio punto se tienden puentes levadizos. Los mira fascinado imaginando la fiebre constructora de un ejército de niños veraneantes.

—Venga.

Abajo, en la ancha vía que como un foso seco rodea la ciudad de arena, el muchacho sostiene una lámpara y con un gesto lo invita a saltar.

Cae junto a él y se siente obligado a levantar la cabeza para contemplar las edificaciones que parecen agrandarse, trocar su fragilidad en la piedra medieval que su construcción evoca, aunque la incongruencia de un letrero lumínico lo desconcierta. Se vuelve hacia el muchacho para pedirle una aclaración, pero ya no está. En su lugar hay ahora una mujer que le sonríe cautivadora, que parece llevar rato observando sus reacciones.

—¡Magda!

—¿No es un lugar encantador?

Ella lo toma del brazo y se aprieta contra su costado mientras envuelve el edificio en una mirada de satisfacción.

—Aquí preparan un venado muy bueno, ¿qué te parece?

—Nunca lo he probado, así que puedo comenzar hoy mismo.

Se le adosa más. Él siente el contacto del seno duro, aspira el olor de su perfume, algo muy sólido, muy bien amalgamado, como ella misma, un lenguaje de aromas sin flores, pura emanación de alquimia contemporánea.

Un rayo dibuja su rojizo nervio en el cielo, y se estremece.

—Entremos de una vez —dice ella, segura, posesiva y, como siempre, invitadora, diciéndole sin decir que disfrute la grandeza que le está ofreciendo.

Obedece pero ya está lejos, sin reparar en las mesas que sortean hasta sentarse, porque el sordo rumor del mar ahíto mueve en sus oídos el desesperado anhelo que no se quedó en ningún poblado sumergido, que lo sigue, lo seguirá siempre.

Magda le alarga una copita triangular en cuyo fondo se ancla una aceituna. Una aceituna ahogada. La rechaza y se pone a observar los flecos de agua que se deslizan por el vidrio liso que sustituye el vitral de la ventana en ojiva. ¿Habrá sido esto un monasterio? Mira al piso buscando lápidas con nombres semiborrados y cruces pero solo hay una alfombra de arabescos monocordes.

En vano el camarero le ofrece el menú pues sigue absorto en el tránsito del líquido por el cristal, pensando en las reacciones de Magda cada vez que le muestra alguna de las maravillas de este mundo en el cual le prometió la felicidad desde los primeros encuentros en la casa de la colina, cuando apenas una relación pasajera los unía. Ella, dando por seguro su deslumbramiento, lo contempla con una expresión de intransferible complacencia. Magda nunca parece feliz de dar felicidad, lo de ella es un triunfo perenne, un decirse y decirle que todo valió la pena. Algo muy soberbio en su interior, o muy culpable. Cuando Amelia se recostaba a él jamás lo tocó nada lascivo, como si se tornara un capullo buscando refugio y dándolo. No, Magda no puede mostrarse contenta, ni cariñosa, es algo demasiado elemental para ella. Tampoco reirá bebiéndose el verano; su sonrisa es siempre un fulgor velado en la noche. Se oprime las sienes pidiendo una tregua a sus constantes paralelos. Y escucha la voz que pregunta como si ordenara.

—¿Venado, al fin?

Asiente, con ese aire gris de enfermo con el que siempre regresa. La expresión de ella es ahora profunda, sus ojos han adquirido un matiz más sosegado, un matiz que aplaca la inquietud de fisuras que tan bien conoce, como si aquietara a un niño temeroso de la noche, sustituyendo la ternura por el razonamiento: ya ves que no son gemidos, solo las hojas de la enredadera. Y le murmura, siempre prometiendo más:

—Estamos solo comenzando, mi amor. Nos queda medio mundo por recorrer y en todas partes hay castillos convertidos en restaurantes, como este, y en posadas y en refugios.

Qué tonto se siente, cuántas cosas que no sabe ni imaginó. ¿Y cuál será el medio mundo recorrido y cuál el por recorrer? Acaso todo sea igual a esta especie de vetusta maqueta con luces de neón que surge de sus antiguos libros de texto, como si de pronto se le presentaran, corpóreas, las postales de un olvidado álbum de viajes.

—¿Qué te ocurre? —se arriesga al fin Magda, siempre en amable guardia ante su ausencia.

Sonríe sintiéndose más estúpido aún. Y cree llegado el momento de acariciarle el rostro, desde el nacimiento del pelo, tan bien cuidado, hasta el lóbulo endurecido por un arete de oro, en forma de hoja de diseño esquemático, muy moderna, como la que lleva en la pulsera.

—Nada. Solo pensaba un poco.

—Pensar no vale la pena cuando se puede vivir.

—Es una gran verdad.

Lo dijo convencido. Sí, seguramente él podía vivir.

Magda se ocupó de ordenar la cena, hablaron de las retículas de calles que ensamblaban el otro lado de la ciudad y que recorrerían al día siguiente; miraron la sorda rudeza de las paredes que la ambientación había apenas apaciguado para mantener la autenticidad del palacio, la abadía, el templo o la mazmorra donde estaban cenando.

Ella muy hermosa, se entronizaba bien en aquel medio con su vestido de terciopelo grueso, tan retrotraído como el clavicordio pulsado por un mancebo que parecía recién caído de un fresco, allá en un ángulo ligeramente abovedado.

Magda buscó sus pupilas, quizá demasiado ausentes, con las suyas tal vez demasiado ansiosas. Sonrieron, brindaron, degustaron los platos en que su sabiduría de caminante lo estaba iniciando. Disfrutaron los muros y la música espaciada, apenas una insinuación vibrátil.

Fue entonces que en el vidrio mojado, transitado por venas y riachuelos de lluvia, se asomó el verdadero y único guía de aquel espejismo de arenas solidificadas o de piedras desgranables. Un estremecimiento cimbra su espíritu ante el repentino temor de perder a Magda. ¿Por qué renunciar, por qué negar la atracción de esta jaula magnífica? Y el imán de ella misma, de su piel diluida en el terciopelo oscuro o el oscuro relumbrar de sus hojas doradas o de sus labios húmedos. El muchacho no hizo un solo gesto. Se limitó a mirarlo desde unas oquedades donde el mar borboteaba silencioso.

Salió sonambuleando, sin mirar atrás, sin saber si Magda lo seguía, lo llamaba o se quedaba en la mesa observando con pena y burla su huída. Cuando saltó del falso foso al nivel de la playa, percibió el temblor de la última nota rajada del clavicordio como si toda la edificación también reverberara un instante antes de deshacerse.

El muchacho lo acompañó de regreso. Antes de entrar, le devolvió la llavecita reluciente.

Sabiendo que iba a huir, le atrapó el brazo con un movimiento rápido. El escolar de las conjugaciones perdidas sonrió por primera vez y se soltó de su puño dejándole en la mano el húmedo y ríspido contacto de un puñado de algas. Pero en vez de echar a correr, lo escucha murmurar:

—No me deje esperando en la carretera.

—No ocurrirá.

La brisa, el olor del mar, la placidez del cielo reinstalan lo habitual y lo ve alejarse por el senderito de grava hacia la tapia de su casa, balanceando una sarta de cangrejos recién atrapados.

Hay que impedir estas peligrosas escapadas nocturnas, piensa. Después, regresa al lecho. Amelia parpadea, le dirige una semisonrisa y sigue dormitando, mientras él se queda con los ojos abiertos, mirando los cristales inundados de luna... La misma luna alta, redonda, limpia, que se vierte sobre la casa de la colina, baña sus techos, atraviesa el ventanal del dormitorio y roza los cabellos de Magda, sueltos sobre la almohada.

¿Qué está pasando? —se pregunta. Todo marchaba bien, como debe ser en una relación que se ha ido cultivando con esmero, en su justo decorrer, sin precipitar ni retardar nada. Era el amor de su madurez, cuando tenía todos los dones de la vida y los brindaba con la única generosidad que conocía, la de dar para recibir.

Se levanta inquieta, enciende un cigarrillo y se asoma para escudriñar una vez más la noche, deseando descubrir, al fin, los faros que suben la cuestecilla. Pero solo hay luz de luna sobre el césped. Desalentada, recuesta la frente en el cristal y se dice que ni siquiera el gran plan del viaje le dio la carta definitiva, con su promesa de realización para quien se sentía lastrado por el día a día, viendo pasar posibilidades, y solo entonces se confiesa que en realidad nunca creyó del todo en aquel triunfo.

Prueba de su inseguridad era la angustia soterrada que en los últimos días la obligaba a espiarlo y que cedió justamente esa mañana, cuando lo vio comprar el ramo de flores. Corrió a la casa de la colina donde debía esperarlo, espléndida e invitadora, como casi todas las tardes. Pero no vino. Y al pensar que las rosas no eran para ella, la sacude la rebeldía de su poder desafiado, y algo más, algo como un punto de laceración que le humedece los ojos.

Apaga el cigarrillo e impelida a cumplir un ritual de purificación, abre el ventanal y comienza a desnudarse lentamente, oyendo en la distancia el sordo rumoreo del mar. Cierra los ojos invocando espíritus difusos, en los que nunca ha creído, para que la ayuden a librarse de sus turbias ataduras.

Cuando siente el frío de la noche en los cabellos y en la piel, tantea las ropas y poco después su auto baja la colina, tan lustroso a la luz de la luna como bajo el sol del mediodía. Busca la carretera que la devuelva a la ciudad y la coloque en el umbral de otras vías, porque realizará el viaje sola y acudirá a la distancia y al tiempo para desentenderse de alguien que solo coincidió con ella, transitoriamente, en un desvío. Asiente con pesar. Otra vez las cenas elegantes en viejos castillos con amantes de un día, pero se consuela pensando que el venado siempre será igual de bueno.

El aire le da en el rostro y se siente extrañamente aliviada, tanto por deshacer su dilema emocional como por liberarse de una sensación de culpa que no logra explicarse, como si esta retirada estuviera conjurando algo devastador que, de alguna forma, pesaría sobre ella.

Sonríe un poco melancólica, diciéndose que al fin halló una justificación para no aceptar que la dejara esperando. Aunque, después de todo, esto también puede ser un juego de su obsesión y cuando doble ese recodo, tal vez el auto se proyecte al vacío y, al caer, logre al fin despertar de este sueño frustrante, y con solo extender la mano sienta a su lado el cuerpo de él, como todas estas noches, de todos estos años, mientras en la habitación flote el aroma del gran ramo de rosas que compró por la mañana.

 

Tomado de: La ínsula fabulante. Editorial Letras Cubanas, 2008.
 
María Elena Llana: Escritora y periodista cubana. La Habana, 17 de enero de 1936. Realizó estudios inconclusos de artes plásticas en la Escuela San Alejandro. En 1958 se graduó como periodista, género en el que ha hecho reportajes tanto para medios impresos como para radio y televisión. Autora de los libros La Reja, (1965); Casas del Vedado (1983); Castillos de Naipes (1998); Ronda en el Malecón y Apenas murmullos (2004) y En el Limbo (Letras Cubanas, 2009) Recibió el Premio de la Crítica en 1984 por el libro Casas del Vedado.

 

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