El caso Paret o la muerte como espectáculo

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Ver morir a un semejante en la pantalla doméstica se ha convertido lamentablemente en un lugar común. Las emociones fuertes, así sean macabras, forman parte de la industria del espectáculo en los medios masivos de comunicación. No hablo de los ríos de sangre de las películas de acción ni de las reconstrucciones dramatizadas de los cada vez más frecuentes programas dedicados a vulgarizar la ciencia forense, sino de la muerte real a la vista de todos.

Una información difundida este verano por la agencia de noticias italiana ANSA trajo a mi memoria un dato: el primer hombre literalmente masacrado durante una trasmisión televisiva en vivo fue un cubano, el boxeador Benny Paret.

Imagen: La Jiribilla

El recuerdo se avivó a partir de las declaraciones del púgil italiano Nino Benvenutti, quien lamentó el deceso sin gloria a fines de julio de 2013 de Emile Griffith, victimario de Paret  en una pelea librada el 24 de marzo de 1962 en el Madison Square Garden, de Nueva York.

Paret, un fornido joven de 25 años de edad, natural de Santa Clara, nunca debió combatir ese día. Tres meses antes había recibido una soberana paliza a manos del norteamericano Gene Fullner, de una división superior. Los manejadores del villaclareño  y él mismo, apremiado por deudas contraídas, pactaron ese encuentro que todos sabían desigual. Paret descendió del encerado con los ojos vidriosos y durante las semanas subsiguientes padeció de fuertes dolores de cabeza.

Pero había que seguir adelante. A toda costa y a todo costo. Se imponía la terrible máxima quevediana: poderoso caballero Don Dinero. Las entradas para la función del Madison estaban vendidas y los organizadores contaban con los suculentos dividendos de la cadena ABC que trasmitiría el enfrentamiento entre Paret y Griffith a lo largo y ancho del país.

El morbo estaba servido. Paret era el campeón mundial de los wélter y mucho debió pasar para llegar al título. Primero derrotó a Don Jordan el 27 de mayo de 1960 por la conquista de la faja, pero Emile Griffith lo sorprendió con un violento uppercut en el asalto 13 y lo despojó de la corona.

Griffith se convirtió en una obsesión para el cubano. Se conoce que a esas alturas algunos amigos le recomendaron regresar a casa, pero que este, envenenado por el deseo de venganza y por el entorno de su manejador Manuel Alfaro —gente que le decía que a la Cuba de los comunistas no podría volver jamás—, decidió fajarse nuevamente con Griffith.

La revancha aconteció el 30 de septiembre de 1961 y Paret salió triunfante por puntos en un combate muy parejo, de furiosos intercambios.

¿Satisfecho con la victoria? Nada de eso. Los directivos del deporte rentado,  y los apoderados de ambos púgiles querían mucho más. El desmedido afán de ganancias —el boxeador, claro está, con la menor cuantía— puso a Paret frente a Fullner y luego nuevamente ante Griffith ya hecho trizas.

Cientos de miles de televidentes asistieron a la tragedia desde sus hogares. Griffith se ensañó con Paret, pero este, sacando fuerzas de lo imposible, tiró al suelo a su rival en el sexto capítulo. La campana salvó al retador.

Griffith se recuperó y al minuto del duodécimo asalto arrinconó a Paret en una esquina neutral y le propinó una andanada de 18 golpes consecutivos, la mayoría de ellos en la cabeza desprotegida. El árbitro permaneció impasible y esperó a que el cubano cayera sobre la lona sin sentido. Fue sacado del cuadrilátero en camilla, ya en estado de coma y diez días después falleció en un hospital de Nueva York, a consecuencia de daños neurológicos irreparables.

El célebre escritor norteamericano Norman Mailer publicó en abril de 1962 un artículo en Sports Illustrated bajo el título “El insulto mortal” en el que se hizo eco de los supuestos motivos que llevaron a  Griffith a golpear sin piedad al cubano. Se decía entonces que Paret solía espetarle a Griffith en español el calificativo de “maricón” y que este llegó a conocer el significado del vocablo. Griffith lo corroboró años más tarde y admitió el temor a perder prestigio en un medio sumamente machista, pues, a fin de cuentas, Paret tenía razón. En 1977, ya retirado, pobre y olvidado, Griffith reconoció que era homosexual y no debió nunca negarlo.

Pero la verdadera causa de la muerte del cubano fue la maquinaria infernal que rodea al boxeo profesional donde la muerte, insistimos, es un ingrediente del espectáculo. El poeta negro Nicomedes Santa Cruz escribió por la época del suceso el poema “Muerte en el ring”, con una verdad por delante: para vencer el hambre, el estigma del color de la piel y llenar las arcas de otros, Paret murió.       

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