Entrevista con Juan Carlos Travieso, realizador del largometraje Al borde de la vida

Una apuesta por la verdad

María Carla Gárciga • La Habana, Cuba

Asistí a la presentación del documental Al borde de la vida, del realizador Juan Carlos Travieso, con cierta curiosidad. Existen tópicos necesarios e importantes en las agendas mediáticas cuya excesiva reiteración termina por apagar la magia y el atractivo de su grandeza; sobre todo cuando se siguen patrones esquematizados y fórmulas facilistas que producen en los receptores apatía e indiferencia, incluso tratándose de programas tan humanos y dignos como el Convenio de Salud Integral Cuba-Venezuela.

Por eso me preguntaba si Travieso, al asumir la realización de este largometraje, apostaría por el riesgo de encarar una fórmula diferente para lograr el objetivo primero de su producción: hacer partícipe de la historia a un público que, según él mismo reconoce, tiende a rehuir y predisponerse ante estas temáticas.

Para ello, y frente a las situaciones que prácticamente lo exigían, el realizador apeló a las historias de vida explotando el recurso emotivo, tan eficaz y acertado en los productos audiovisuales. La imagen de los sujetos develando sus más íntimas emociones (miedos, tristezas, esperanzas) aún se emplea con frecuencia en el género documental por la estrecha comunidad que suele producir entre protagonistas y espectadores.

Pero Al borde la vida se arriesga y busca más: huye de los idealismos y persigue la realidad del tratamiento médico cotidiano, exponiendo la victoria sobre la muerte, pero también la derrota. Así, somos testigos de experiencias que van desde el prodigio del restablecimiento en casos muy complejos, hasta la defunción imprevista en las situaciones aparentemente más sencillas.

Producido por La Villa del Cine, de Venezuela; el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) y la Productora Caminos, del Centro Memorial Dr. Martin Luther King Jr., de Cuba; con el auspicio del Convenio Integral de Salud Cuba-Venezuela, el largometraje realiza el seguimiento de seis humildes venezolanos que, al borde de la vida, deciden venir a Cuba y recibir atención médica gratuita con el anhelo de curar sus padecimientos.

Juan Carlos Travieso, periodista y realizador de destacada trayectoria en la dirección de programas para la Televisión cubana, cuenta con una filmografía donde se distinguen Historia de una flor (2001); Frank Delgado, una nueva trova (2002); Con las cuerdas de la vida y Wemilere tradición y vida, ambos del 2003, y A pesar de todo, estrenado el pasado año. Pero, según confiesa, con Al borde de la vida se enfrentó por primera vez a la producción de un largometraje, “trabajo que para cualquier realizador constituye una camisa de fuerza, más cuando se trata de un tema tan abordado”.

¿Cómo surgió el proyecto del filme?

El ICAIC me solicitó la realización de un documental sobre la colaboración médica Cuba-Venezuela. Este es un tema complicado que imagino muchas personas no quieran asumir, por tanto el ICAIC buscó fuera de sus límites alguien con experiencia dentro de la TV para trabajar con la agilidad y rapidez que requería el proyecto, pensado para estrenarse en el contexto de la campaña electoral de Chávez. Nos propusimos luchar contra la predisposición que incluso parte del equipo podía tener y asumir el trabajo con todo el rigor que requería para obtener un resultado digno.

El proceso de producción hizo imposible que el documental estuviera listo para la campaña por la complejidad del tratamiento de los pacientes. Nosotros pensábamos que ellos llegarían a Cuba y se operarían al momento, pero los doctores nos explicaron que debían realizarse análisis e investigaciones para llegar a los diagnósticos, luego el tratamiento, las operaciones y finalmente el periodo de recuperación.

¿Qué objetivos se plantearon para hacer un documental distinto y atractivo, sabiendo que se trataba de un tema bastante abordado?

Lo primero que nos propusimos fue evitar todo discurso. El documental tenía que alejarse del panfleto para llegar a la gente desde el punto de vista humano. Este es un tema maltratado en muchos casos en la TV y otros espacios. Desde el inicio le planteé al ICAIC y La Villa del Cine la necesidad de buscar historias personales que nos permitieran contar lo que era el Convenio Cuba-Venezuela a través de la vida de los pacientes.

Pero no solo me interesaba mostrar la parte humana, sino además el entorno del que provenían estas personas: la geografía, la familia, los ambientes que les rodeaban. También era importante que la gente viera el desarrollo del seguimiento médico al paciente de principio a fin. El documental está jugando todo el tiempo con la capacidad que tenemos los seres humanos de enfrentarnos a las dificultades y a la vida misma que es tan compleja.

Nuestro propósito es que a través del largometraje otras personas se sumen a esta iniciativa y logremos romper el cerco y la manipulación que existe en torno al tema en Venezuela y otras partes del mundo.

¿Cómo se desarrolló la producción, teniendo en cuenta los diversos escenarios?

Hice un viaje inicial a Venezuela de 15 días para preparar el guion, investigar, conocer a los pacientes, visitar las locaciones. En ese momento trabajé con los músicos: el cantautor cubano Mauricio Figueral y el colectivo venezolano La Cantera, realicé el contacto con la productora venezolana y fui a La Villa del Cine, pero para la investigación había una serie de permisos que no estaban listos en esa fecha, por tanto, no pude conocer a los pacientes que quería filmar ni acceder a ninguna información sobre ellos. Entonces me dediqué a consultar libros, escritos documentales y materiales que ya se habían hecho sobre el tema para no repetirme.

Regresé más adelante y comenzamos de inmediato la filmación. Cuando llegábamos a los lugares pedía un tiempo antes para conversar con los pacientes, conocernos y tratar de ganarme su amistad y confianza en pocos minutos.

Tuvimos que dividir el equipo de filmación en dos para que nos diera tiempo porque teníamos muy pocos días de estancia y los trayectos entre un lugar y otro eran muy grandes. La geografía venezolana es amplísima y a veces los viajes por carretera demoraban de diez a 12 horas porque eran distintos estados y ciudades: Maracaibo, Apure, Lara y Caracas. También la complejidad de filmar allá estuvo dada por la peligrosidad que significaba sacar en la calle una cámara de alta tecnología; era un riesgo y fueron momentos realmente tensos. En una semana filmamos a todos y después volvimos y nos incorporamos con ellos en el avión hacia Cuba.

¿Qué criterios siguieron para la selección de los pacientes?

La selección fue en colaboración con Darlis Amaya, la productora venezolana. Debían ser pacientes que vinieran en el vuelo del siete de septiembre y que presentaran enfermedades visibles, o sea, que pudiéramos mostrar visualmente todo el proceso de tratamiento al que se sometieron: la operación, rehabilitación, etc. Tuvimos en cuenta los sexos, las edades y los distintos lugares de procedencia para recrear diversas atmósferas. Fue un trabajo de mucha incertidumbre porque existía la posibilidad de que algunos de los pacientes aprobados para el viaje se arrepintieran y no se presentaran al vuelo.

Como no los conocíamos, tuvimos varias experiencias inesperadas. Por ejemplo, el caso de Francisco Omar e Iraida, que son una pareja. Habíamos escogido a Francisco, pero cuando llegamos a su casa y lo filmamos nos dimos cuenta de que hablaba muy poco, prácticamente en sílabas, con frases cortas, no cerraba las ideas, por lo que fue muy difícil entrevistarlo. Cuando terminamos el diálogo, su esposa Iraida, que es una conversadora innata, me dice: “Yo también voy en el vuelo, pero no de acompañante, sino como paciente”. Eso lo descubrimos allí en plena filmación, entonces la invitamos a sentarse y comenzamos a hablar. Después ella se llevó el protagonismo de la historia y la incluimos como una paciente más: son cosas que no previmos al no poder tantearlos antes.

El documental tuvo un guion muy abierto, ya que chocamos y descubrimos muchas realidades que adaptamos o desechamos en la producción. Varias veces, cuando ya teníamos algo armado, volvíamos a reestructurarlo para buscar otras aristas en la manera de decir.

¿Cómo afrontaron las situaciones del paciente que murió y del que desistió del tratamiento? ¿Pensaron en algún momento no incluir estas historias porque podrían afectar la intencionalidad del largometraje?

Desde el principio sabíamos que nos estábamos enfrentando a pacientes con enfermedades complejas. Cualquiera de ellos podía fallecer en el camino de la filmación y nos sorprendió que fuera el que menos pensábamos.

Cuando nos dieron la noticia me afectó mucho, más en lo personal que en cuanto al significado para el documental, porque todos ellos se convirtieron en personas muy cercanas con las cuales entablamos una amistad; nosotros éramos su familia en Cuba.

En relación con el destino de la historia, la productora venezolana y yo dialogamos y nuestra decisión fue dejarla. Estos casos hay que contarlos también porque hacen más realista el documental y le otorgan veracidad a la historia; además, producen un alto nivel de emotividad. Estoy convencido de que ningún otro material realizado por encargo para resaltar los valores del proyecto ha incluido un fallecido, y el hecho de hacerlo da un toque de distinción y objetividad. Lo más difícil fue convencer a la familia porque estábamos hablando de un dolor personal muy fuerte y reciente.

En el caso del otro paciente, cuando nos dijo que si le iban a amputar la pierna prefería hacerlo en Venezuela, mandé un equipo a filmarlo para que explicara eso en cámara. Lo mantuvimos en el documental porque fue otra arista importante en las historias de los personajes: la libertad de elegir por la vida, la capacidad de decidir si estás de acuerdo o no.

¿Qué es lo que más valora de esta experiencia?

La misma vida, el hecho de tener una razón, cualquiera que sea, para luchar por ella, porque cuando te enfrentas a la muerte de esta manera empiezas a recapacitar sobre los momentos que desaprovechas al no decirle a quienes te rodean “te quiero” o “qué feliz me haces”. Tengo una niña pequeña y se lo digo todos los días, porque hoy estamos y mañana no. Entonces, más allá de lo que aprendí realizando el documental, técnicamente o con el equipo cubano y venezolano, lo fundamental es lo aprendido en lo personal, como ser humano.

Comentarios

hago este comentario en honor a quien honor merece, el señor juan Carlos travieso, estuvo en mi casa, aquí en caracas, filmando unas escenas de este documental y fue impresionante la experiencia vivida, sobre todo la situación de Yraida y Francisco mis amigos y hermanos de la vida, pareja, donde ambos pasaban por momentos penosos de su vida y salud, y aunque hoy ya no siguen juntos, siguen estando al borde de la vida, con esas ganas de vivir que los caracteriza, espero tener la oportunidad del ver el film aquí en mi caracas, y le reitero muchas felicidades señor juan Carlos; y llorar juntos de nuevo al vivir estas escenas, pero esta vez de alegría por tan hermosa realización.-

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