Asennehen en el recuerdo

Josefina Ortega • La Habana, Cuba

La noticia de su fallecimiento ocurrido el pasado 4 de junio impactó a los cubanos. Fuimos varias generaciones que admiramos su arte, lo mismo en el teatro, que en la radio, la televisión, el cine o el cabaret.

Tenía 79 años. Como actriz se desdoblaba entre la comedia y el drama. Algunos hoy la califican de diva, sin embargo, creo que había algo en su forma de ser que la hacía muy cercana al público. Tal vez porque en ella latía lo popular, las alegrías y angustias de su pueblo. En su comunidad desarrolló una significativa labor con los más jóvenes a quienes formó e incluyó en el universo de las artes.

Imagen: La Jiribilla

Yo la recuerdo cuando a teatro lleno, con su bata blanca y roja, recitaba los últimos versos de la “Balada del güije” de Nicolás Guillén: “¡Ñeque , que se vaya el ñeque/ ¡Güije, que se vaya el güije!/ ¡Ah, chiquitín, chiquitón,/ pasó lo que yo te dije!”

Nunca pude olvidar esa actuación suya. Igual que cuando en las tablas fue una “Platanito” criolla, pícara y chispeante, que en contoneo y gracia —como dijera la colega Ilse Bulit— nos acercaba a la genial francesa. Para Asenneh Rodríguez era un orgullo que Josephine Baker en persona la vio interpretarla. “Ella estaba de visita en Cuba. Y se presentó en mi camerino, yo temblaba. Recuerdo que me dijo: usted es una gran artista. Esa noche no pude dormir”.

Nacida el 20 de junio de 1934, en Sagua la Grande, en la hoy provincia de Villa Clara, sus primeros años transcurrieron de solar en solar. “Todavía creo escuchar el rurrú del tren. Papá había muerto y mi madre con sus tres hijas —contaba Asenneh— venía a La Habana a abrirse camino. Con apenas tres años yo cantaba y bailaba y la gente me regalaba medios, que aliviaban el hambre de las cuatro. En la escuelita pública recitaba, cantaba, bailaba, y participaba en la banda. ¡Era tremenda!”

Fue en un programa radial de la CMQ, de Monte y Prado, donde hizo su debut a los 9 años. Allí conoció la discriminación racial. “Aquel era un programa infantil competitivo. Recité un poema muy largo y al final me dijeron que no había ganado”.

Alentada por su madre, a los 12 años se presentó en una prueba en la emisora Mil Diez, del Partido Socialista Popular, y la aceptaron. Trabajó allí en la Ronda infantil, hasta que la tiranía clausuró la planta. “ !Qué día más triste para mí!”.

Junto a sus estudios de magisterio en la Escuela Normal continuó presentándose en diferentes radioemisoras. En 1956 se inició en la televisión. Tampoco fue fácil, la discriminaban por el color de su piel.  “Por ejemplo, cuando hacía un programa me dejaban para lo último, aunque fuera la mejor. El negro tenía pocas posibilidades de desarrollo”.

En febrero de 1958 su vocación por la actuación la condujo a la Sala Prometeo, una de las trincheras del teatro de arte en aquel entonces. Le fue bien. “Yo adoro el ambiente que se respira en los escenarios. El artista de verdad tiene que demostrarlo allí, frente al público y sentir su respuesta”.

El triunfo de enero de 1959, al que contribuyó colaborando con la lucha clandestina, le permitió a Asenneh desarrollar su talento. Llegó a ser una de nuestras más versátiles actrices, querida y respetada por su pueblo.

En el teatro de los sesenta, con el Conjunto Dramático Nacional, marcó un hito con su interpretación como la nodriza de la obra Romeo y Julieta, de William Shakespeare, montada por el director checo Otomar Krejcha. Fue comediante en el Teatro Musical de La Habana y del Grupo Buscón.

En varas películas ha quedado su huella como Un día en el solar, Patakín, María Antonia, Retrato de Teresa, Guantanamera, Las Profecías de Amanda y Aunque estés lejos.

Junto a su colega y amigo Alden Knight difundió con indiscutible maestría los poemas de Nicolás Guillén y de otros grandes líricos cubanos, e incluso declamó en portugués la obra de Agostinho Neto en plena guerra de Angola.

De su intenso quehacer en la pantalla chica quedaron en la memoria colectiva, entre otros, la “Lola” de El Viejo espigón y la madre de Los papaloteros. Por cierto, fue con este tierno personaje con el que intentó jubilarse, luego de 35 años como profesional y más de diez en calidad de aficionada, mas, como era de esperar, para esta espontánea y carismática  mujer —que confesaba como su mayor orgullo las dos nietas jimaguas— su arte continuó en ascenso.

Vinieron largos años de aplausos y de un público fiel que la seguía donde quiera que se presentara y no se perdía ni una sola de sus actuaciones en las telenovelas y teleteatros, destacada labor que la hizo merecedora del Premio Nacional de Televisión por la obra de la vida.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato