Gustavo y sus secuaces

Más por comodidad que por razones políticas, quienes estuvimos expuestos al fenómeno —escribo esto y tengo la imagen de un furtivo gigante comunista con un gabán rojo, que entreabre a la vista de los escolares inocentes para exhibir sus vergüenzas— llamamos muñequitos rusos a todos, fueran polacos, alemanes, checos, húngaros o efectivamente rusos. Estaban los muñequitos a secas, esto es, la producción de la factoría Disney y similares, y los Otros. Los primeros estaban bien dibujados, eran ágiles y divertidos; los segundos, planos y soporíferos.

Imagen: La Jiribilla

Ha tenido que pasar mucho tiempo y cambiar de color demasiados mapas para comprender lo que perdimos. Los cartoons americanos, extraordinarios donde los haya, modelaron unidireccionalmente nuestro gusto, esto es, lo que no se parezca a ellos está mal hecho, y sólo la entrada a la palestra de Asterix, Elpidio, los manga y tantas otras manieras de la animación contemporánea dejó claro que los rusos eran una alternativa tan válida como cualquiera. De hecho, son más modernos ahora.

Mis favoritos son Los Chapuceros, de factura checoslovaca, y el polaco Gustavo. Los primeros son absolutamente universales: esos dos tipos corrientes, solteros o cuyas mujeres han salido, da igual, que de pronto se levantan creativos e intentan poner en práctica soluciones caseras a problemas sencillos; el invariable resultado es el caos, o mejor, la resignada convivencia con él. Si algo les sobra a los chapuceros es ímpetu, espíritu de lucha, pero son inútiles en todo —como su primo tropical, el Chapucio de Zumbado— y una iniciativa tras otra los conduce a habitar un paisaje después de la batalla.

Al igual que los chapuceros, Gustavo no hablaba, o al menos el idioma constituía un elemento más del paisaje sonoro, cuya comprensión no resultaba imprescindible para seguir el hilo de la historia. Gustavo era un filósofo; recuerdo el episodio clásico en que empieza a pintar de negro una pared, pero cada vez que está a punto de terminar derrama unas gotas sobre la superficie adyacente; llegado ahí, el tipo opta por la solución más expedita, pintar también el área afectada. Así, la casa, y luego la ciudad —que vemos en vista aérea como una especie de mapa— se va cubriendo de negro, y la mancha que crece remeda la evolución de una epidemia…

Imagen: La Jiribilla

Hubo otros, como los inefables Bolex y Lolex, el húngaro Aladar Meszda y su perro ilustrado, el ruso —¡este sí!— Nú, pagadí (más conocido por Espera que ya verás o simplemente La Liebre y el Lobo)… Como en todo, había mucha basura en los animados socialistas, pero no poco que merece salvarse. Ya he conseguido y abrigado en casa más de dos horas de Los Chapuceros; si alguien tiene algo de Gustavo, llámeme enseguida.

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