La nostalgia heterodoxa y otros argumentos

Joel del Río • La Habana, Cuba

Nunca me ha convencido del todo aquella sentencia de que la nostalgia es por esencia reaccionaria, paralizadora, y mucho menos creo, porque me lo demuestra día a día la práctica, que todo sentimiento de añoranza por un pasado mejor implique postración, retroceso, inercia. Cuando se alcanza la edad que tenemos todos los escribientes en este dossier se comprende, solo entonces, que refocilarse en la memoria afectiva implica, también, insubordinarse contra un presente indeterminado, dubitativo e inseguro. Los buenos recuerdos parecen esperar por nosotros, a la sombra y al sereno, para servirnos de resguardo cuando lleguemos cansados, sedientos, y hartos de lidiar con un mundo empeñado en sumirse en el caos, la locura, el crimen y la desigualdad. Por eso hay tanta gente de mi generación que casi desfallece de nostalgia cuando se le habla de los muñequitos rusos, porque, aunque la protesta sea inconsciente, adorar a Pulgarcita, El antílope dorado o Máshenka, siempre implica un acto de inconformidad con el afeamiento, la vulgaridad y la estulticia de nuestra cotidianidad.

Imagen: La Jiribilla

Para empezar por el principio, valga aclarar que los llamados muñequitos rusos no eran solo rusos, sino polacos, húngaros, alemanes y checos preferentemente. Además, había escuelas de animación en todas, o casi todas las repúblicas que entonces integraban la Unión Soviética, de modo que, en vez de rusos, tal vez estábamos viendo, sin distinguir las diferencias, animación moldava, kazaja o ucraniana. Como hace mucho, mucho tiempo superé la etapa de ingenuidad en que me sentaba delante del televisor Caribe a darme una tanda de lo que viniera, y el conocimiento adquirido siempre ayuda incluso a modular la nostalgia, quiero advertir que en este artículo me referiré a los muñequitos rusos de verdad, y especialmente a los producidos por Soyuzmultfilm, uno de los más importantes estudios de animación en el mundo, sobre todo a finales de los años sesenta y principios de los setenta.

Nunca estuve entre los entusiastas de Me las pagarás, con aquel lobo babeante, tosco, que parecía más deseoso de violar que de comerse a la coquetona y refinada liebre (por cierto, la conejita ¿era hembra, macho o travesti?, con aquellas pestañonas y aquel balanceo de caderas…) en fin, lo importante es que siempre, incluso niño, la serie me resultó simplona y aburrida. La misma opinión me suscitaba el paradigma “original”, es decir, Tom y Jerry, en cuyos corretajes se inspiraba la tontaina del eterno acosador y su escurridiza, nunca alcanzada, víctima. A mí me gustaban los cuentos clásicos, rusos y extranjeros, y como los animados de Disney habían desaparecido de la televisión cubana (se veían muchos otros procedentes de EE. UU.: Betty Boop, Porky, Las Dos Urracas, El Pájaro loco y muchos otros) porque al parecer nos habíamos tomado demasiado al pie de la letra el ensayo Para leer al Pato Donald, pues entonces solo nos quedaba la didáctica bellamente ilustrada de los muy imaginativos y profesionales creadores soviéticos.

En este momento de mi vida no me interesa en lo más mínimo determinar si la facturación soviética (manual, con escasa tradición y menos recursos) era mejor o peor que la acuñada con sello exclusivo por la factoría Disney. Recuerdo mi deslumbramiento, ya mayorcito, en las salas de cine, con Pinocho, Cenicienta o La bella durmiente, pero los animados que veíamos a diario, en la televisión, los que nos inspiraron valores, ética, y cierto sentido de la belleza y del humanismo, aquellos que marcaron nuestra infancia, allá en los lejanos años setenta, o principios de los ochenta, fueron los soviéticos.

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Uno de mis recuerdos más antiguos se relaciona con este tipo de cuentos. Tenía tres o cuatro años, y con alguna frecuencia me dejaban quedarme algunas tardes en el enorme caserón de los bajos, donde vivía una vecina solterona, con vicio de guardarlo todo, y cada rincón se desbordaba de fruslerías, adornos viejos y muchos libros, incluso de cuentos. Había uno que, según me cuentan, y yo recuerdo remotamente, reclamaba todos los días. Era una historia de Piotr Yershov, en verso (todo esto lo supe después gracias a Wikipedia) inspirada en los cuentos populares rusos. Lo que sí evoco con nitidez, porque volví a verlas cinco o seis años después, en la televisión, eran las imágenes del joven, sagaz y rubicundo zarevich Iván, ayudado por un caballo pequeño y jorobado, que tenía poderes mágicos o algo así. También había un pájaro de fuego y unos corceles blancos, deslumbrantes, con las crines al viento. Al final, el héroe tenía que zambullirse en unas cazuelas de aceite hirviendo, creo que para casarse con la princesa. Y por supuesto salía indemne de todas ellas.

Como hace tiempo tuve que dejar atrás la afición al abandonado éxtasis que provocan las películas, porque vivo de verlas, promocionarlas, explicarlas, hablar sobre sus defectos y virtudes, supe que mi deslumbramiento —primero con el libro y luego con el animado— estaba más que justificado. El caballito jorobado en versión animada es tal vez la obra maestra de Iván Ivanov-Vano, a quienes algunos críticos llaman el Walt Disney soviético. El primer dato que ofrece la Enciclopedia del Arte Soviético sobre Ivanov-Vano es que fue nombrado Artista del Pueblo en 1969 y desde 1951 militaba en el Partido Comunista. Después, añade que se especializó en la adaptación de cuentos folclóricos rusos como el ya mencionado, con una primera versión en 1948, pero la mala suerte hizo que se estropearan los negativos. El genial dibujante que fue Ivanov-Vano tuvo que empezar todo otra vez y en 1976, ya anciano, entregó un remake de El caballito jorobado (el que tantas veces pasó por la televisión cubana).

Ivanov-Vano también versionó, con el mismo dibujo preciosista y elegancia en la línea, Los cisnes salvajes (1950), una especie de oda al amor fraterno de una muchacha, quien debe sobrepasar pruebas terribles para salvar a sus hermanos de un hechizo que los convirtió en una manada de cisnes salvajes. Y también versionó, entre varios otros, La niña de nieve o Snegurochka (1952), un relato que, a decir verdad, yo no conocí en su versión animada, sino a través de un libro mil veces releído en mi infancia: Oros viejos, de Herminio Almendros.

Los animados soviéticos no solo redimensionaron lo ruso tradicional sino que asimilaban relatos de otras culturas. Recuerdo El antílope dorado (1954) que cuenta una historia de la India, basada en un cuento de Rudyard Kipling. Hay un malévolo, y muy ambicioso rajá, que intenta aprovecharse de la amistad entre un niño pobre y un antílope maravilloso, de ingrávido trote, que expulsa monedas de oro cuando golpea el piso con sus patas traseras. Cuando el rajá termina enterrado en el barro de su propia codicia, concluye una de las denuncias más sinceras de la avaricia —junto con El camaroncito duro, de La edad de oro— que pude apreciar en un tiempo en que entendía muy poco sobre la avaricia, y mucho menos sobre el valor del oro en el mercado. El director de El antílope dorado, Lev K. Atamanov, también condujo el destino de Soyuzmultfilm durante muchos años. Ignoro las virtudes o defectos de su gestión burocrática, pero sí estoy seguro de que supo aplicar su fe en la generosidad y la clemencia en esa obra, de líneas definidas en el más puro estilo art decó, que es La reina de las nieves (1957), inspirada en un cuento de Hans Christian Andersen, e incluso defendió el sacrificio o la inmolación que reclama la belleza en El ladrón de los colores (1959) en el cual un tubo de tempera negra, que es el malvado, rapta a todos los demás colores, y lo pinta todo (es decir la tienda donde viven los tubos de pintura) de azabache. El héroe, un tubo de pintura azul, en un acto suicida, se vierte completo, y muere, asegurando que el cielo siempre será celeste. Está claro que el “mensaje” del sacrificio por los otros, para lograr un futuro mejor, inundaba el arte soviético, desde El ladrón de los colores, hasta el ballet Avanzada y la película de Bondarchuk Ellos se batieron por la patria. Pero hasta donde llegan mis conocimientos de historia, la inmolación de alguien para tratar de cambiar el porvenir dista de ser una obsesión partidista soviética, y forma parte del progreso humano desde los tiempos de Sócrates, Jesucristo y Juana de Arco.

Acepto que muchos de aquellos dibujos animados, y en particular las obras de Atamanov carecen por completo de la ligereza que cualquier espectador esperaría de un entretenimiento concebido para niños, pero tampoco puede negarse que el artista lograba comunicar, de manera sencilla y muy pulcra, conceptos filosóficos y valores inmarcesibles sobre lo difícil, y dolorosa, que puede resultar la existencia. Tenía una amiga que achacaba su pesimismo, traumas y depresiones recurrentes al excesivo consumo de muñequitos rusos de estos sombríos y desencantados. Pero su problema siempre fue otro, que no viene a cuento ahora. Uno de los más realistas, y hasta desalentadores, es la obra maestra de Atamanov: La pastora y el deshollinador (1965) sobre dos miniaturas que cobran vida, y ella quiere escaparse del estatismo por la chimenea, sorteando mil peligros, para ver “el ancho mundo”. El pobre y romántico deshollinador la carga, la protege y la encumbra. Cuando ya están en lo más alto de la chimenea, a la pastora le da una crisis de pánico, de frivolidad, se siente sucia y cansada, y le exige a su incondicional enamorado que la regrese a la quietud aburrida e inerte de la consola, donde ambos seguirán congelados para siempre en una pose galante. Es sencillamente sublime, porque entre otras cosas, descubre la razón de tanto romance fracasado: el insoslayable abismo que separa a dos enamorados cuando uno quiere quedarse inmovilizado en el anaquel, y a otro se le cansa la mirada de tanto desear el horizonte.

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Hans Christian Andersen también aportó la materia prima original para Pulgarcita (1964, Leonid Amalrik) mucho antes de las versiones japonesa (1983) y norteamericana (1994), que son las primeras y a veces únicas, fichadas en internet cuando uno está tratando de llenar sus lagunas informativas, y de ponerle nombre y circunstancia a estas pompas maravillosas que constituyeron principalísimos pasatiempos en una época, cuando llenábamos con muchísima imaginación la ausencia de playstations y DVDs. La historia de la muchachilla hermosa y diminuta era más lírica y masoquista en su versión rusa, pero contaba básicamente lo mismo: ella es robada, y luego pretendida en matrimonio, por un sapo holgazán, después un escarabajo presuntuoso, y finalmente por un topo cicatero, hasta que encuentra su felicidad en un muchachito alado y diminuto, en el reino de las hadas, adonde la había llevado en vuelo maratónico una golondrina agradecida, a quien Pulgarcita había salvado de la hipotermia. Verdadera epifanía para los sentidos provee el final, porque si bien la historia es parecida en todas las versiones, la rusa remarcaba la sucesión de calamidades y equívocos que debe enfrentar la pequeña, presentada como personaje trágico, con un destino que no le deja opciones, y bastante mal ojo para elegir pareja, o más bien mala suerte para ser elegida.

Y mucho antes de Balto, uno había llegado casi hasta las lágrimas con la fidelidad y el amor de Kashtanka (1952), inspirada en un cuento de Chéjov, sobre una perra separada de sus dueños, y adoptada por un payaso triste, que la pone a trabajar en un circo. En una escena terrible, ya al final, el adorable animal tiene que resolver las lealtades divididas y opta por abandonar al solitario clown y regresar a su verdadero y único hogar. Y si Kashtanka me dejaba destruido, igual me impresionaron otros títulos que apenas he podido rastrear en internet (nunca aprendí ruso por más que lo estudiara durante meses en Radio Rebelde), y cuyo significado apenas podía colegir siendo niño. Tal vez me impresionaron justamente por no comprenderlos a cabalidad. Nunca entendí muy bien el masoquismo y la enfermiza inocencia de Fantito, quien insistía en regar la espina y en dejarse acosar por Tusa Cutusa, que era un animal feroz; tampoco pude identificarme con otro que contaba el recorrido de un límpido arroyuelo, personificado, en su viaje en busca del mar, hasta que unos sapos deciden represarlo e impedir su libre fluencia.

De la misma manera que algunos animados soviéticos me dejaban medio desolado, hubo otros que disfruté muchas, muchas veces, aunque tampoco he logrado localizar información al respecto. A juzgar por los atuendos y las costumbres, al parecer procedían de los pueblos que habitaban la taigá soviética, y del sur, de influencia más islámica. Me refiero a La hija del sol y a una hermosa leyenda sobre la valentía bajo presión cuyo título se me escapa y que seguramente procedía de Armenia o Georgia. Me fascinaba La hija del sol, con su diseño geométrico y su fábula sobre un superhéroe que contiende con los espíritus malignos e invernales, y logra liberar de su encierro a una muchacha luminosa, la Primavera, que garantiza la derrota del frío, la abundancia y la alegría. El otro animado, tal vez colindante con el mundo de Las mil y una noches, trata sobre un genio o brujo maligno, gordo y barbudo, que encierra en una cueva al mayor de dos hermanos con su rebaño de ovejas. El hermano menor, que todavía es un niño, debe sacar fuerzas y robarle al malvado Ashtajá (solo recuerdo con claridad el nombre del genio malo) un anillo mágico que contiene los poderes. El niño no solo tiene que robar el anillo y dejar sin fuerzas al malvado, sino que debe romper las gemas del anillo contra las piedras de la cueva que le cierran la salida a su hermano. Por suerte, este cuento tenía final feliz.

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Entre las virtudes formales de los animados soviéticos, por lo menos de los mencionados aquí y ahora, se cuenta el hecho de que utilizaban muchos más dibujos por película de lo acostumbrado. A diferencia de la animación japonesa, e incluso de la norteamericana concebida para televisión, con un promedio de cinco dibujos por segundo, los soviéticos muy pocas veces utilizaron menos de 12 dibujos, y en algunas ocasiones, hasta llegaron a utilizar 24. Esa abundancia le confiere una riqueza de movimiento, una fluidez en los gestos, de la cual carecen la mayor parte de las producciones occidentales contemporáneas. Y si en los años sesenta y setenta, en otros países, los sicólogos y estudiosos se aprestaban a denunciar la tremenda violencia de ciertos dibujos animados, debe reconocerse que en la Unión Soviética se prescindía casi por completo de la acción trepidante, que impidiera pensar, y de exhibir acciones físicas que fueran crueles o intimidantes.

Al mundo de los títeres y las marionetas, más que al de los dibujos animados, pertenecía La llave dorada, un clásico de 1939 realizado por Alexander Ptushko, y mucho más contemporáneo, pero en ese mismo estilo, estaba Máshenka (1980) protagonizada por una niña de larga trenza que logra escapar del secuestro de un oso feroz. En una versión simplificada de La bella y la bestia, sin sexo incluido, la niña logra amansar al oso y engañarlo con la treta de sugerirle al oso que les lleve a sus abuelos un saco de panecillos. La niña se mete en el saco pero le hace creer al oso que lo vigilaba desde lo alto de los árboles, para que no se zampara los panecillos. El buenazo del oso termina cargando a la espalda a la pícara Máshenka, quien además lo abandona y regresa con sus abuelos. Recuerdo que muchos cubanos, cuando queríamos advertir de que no era el momento oportuno para hacer algo reprensible, repetíamos aquel estribillo de “cuidadito, oso, no seas goloso, que desde aquí arriba, Máshenka te mira”.

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Y si Máshenka era mentirosa y trapisondista, pero solo porque deseaba volver a su casa, hubo varios caracteres francamente antiheroicos, que muchas veces se enmendaban hacia el final del cuento, como le ocurría a la casquivana, tramposa, superficial y volandera princesa protagonista de Plumita de oro (1964) quien se encuentra con una viejecilla muy pobre, y la lleva al palacio para darle de comer. Por pura maldad inunda la sopa de sal y pimienta, Luego, nos enteramos que la señora es una especie de bruja buena, que decide aleccionar a la malcriada princesita. A todas estas, no recuerdo cómo, la muchacha había logrado el milagro de poder volar, y un súbito ventarrón se la lleva a un lejano palacio, donde hay servido un banquete, pero nada se puede comer, porque todo tiene demasiada sal y pimienta. Así, la princesita aprende su lección de vida, y es salvada del encantamiento que la mantiene volando y del palacio encantado por un piadoso muchacho, encargado de las cuadras de caballo. Juntos parten, al final, a los montes verdes, donde la vida es más natural y espléndida que en los vanidosos palacios de la nobleza. Puro realismo socialista, es cierto, y también moralejas útiles para todos.

Lo curioso de Plumita de oro es que muchísimos cubanos nos sabíamos de memoria los parlamentos en aquel español “eslavizado” impuesto por el doblaje de Soyuzmultfilm. Constantemente usábamos, con distancia irónica o doble sentido, aquello de “volar vuela, pero bajar no puede”, “viejuca, dame de comer”, “ahora ya sabes lo mal que saben la sal y la pimienta, que este cuento te sirva de amarga y útil lección”, o “¿adónde vas? A los montes verdes…”, y estas frases se transformaron, durante un tiempo, en matracas que nos servían para comunicarnos, para trasmitir un código compartido de valores que parecían impostados, artificiales, pero que finalmente adornaron la educación moral y sentimental de más de una generación.

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Parafraseando a Carlos Varela, no tuve Blancanieves de Disney, tuve Plumita de Oro. Y aunque me acusen de conservador, dudo de haber perdido mucho en el cambio. Hay una razón para decir lo que digo: ya crecidito pude acceder a todo Disney (que ahora se televisa constantemente, en todas sus etapas y variantes) y puedo elegir, pero conozco que existen millones de norteamericanos, europeos, latinoamericanos, africanos y asiáticos que crecieron a golpe de Perro Pluto y Mickey Mouse, y que no tienen ni la menor idea de que en un país llamado Unión Soviética se hicieron, alguna vez, dibujos animados donde lo bello y lo útil te seducían en cada cuadro. Y no importa que muchas veces terminaran mal. Imposible e impracticable sería listar, en este momento, la inmensidad de excelentes obras literarias, teatrales y fílmicas cuyo epílogo es infeliz. En esa liga clasificaban algunos de los animados soviéticos. Y juro que la nostalgia no es mi principal argumento.

Comentarios

Muy buen artículo , gracias, sobre todo por destacar los valores positivos y artísticos que ciertamente tiene esa obra cinematográfica. Gracias

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