En el cajón… y con Norberto al bate

El deporte, como tantas esferas de la vida, es fuente y consecuencia literaria. Presentar un libro de Norberto Codina, venezolano de nacimiento, ciudadano del mundo y cubano por convicción, no es tarea fácil. Y no puede el cronista menos que admirar la difícil conjunción derivada de un alma poética vinculada al béisbol, que se desdobla en conocimientos heredados, adquiridos y fomentados en el quehacer cotidiano.

Como buen cirujano de las letras, de la pelota se nutre y con el bisturí busca entrañas, no de bolas y strikes, carreras o larguísimos jonrones, sino cual sabio de la antigüedad, en un acercamiento definitivo con la cultura en su más amplio espectro antropológico, de matices psíquicos, sociológicos y hasta filosóficos. Codina es un hombre de la literatura hacia el béisbol, ¿o se trata de un hombre del béisbol llegado a la literatura? Tal vez haya de lo uno y de lo otro.

Con prólogo de Omar Valiño, Cajón de Bateo (Algunas claves entre béisbol y cultura), texto de 255 páginas, publicado por Ediciones Matanzas en el 2012, constituye un monumento a la cultura de este país, a través de su deporte nacional. Pero no encontrará el lector solo pasajes recordados, a veces maltrechos, deformes, pues el autor ha sabido unir confesiones autorizadas, para elevar la obra al rango científico, deportivo y cultural. Con una cubierta evocadora de épocas pasadas y eficiente edición, salvo algunos deslices en la corrección.

Después de la breve y necesaria introducción, destaca al deporte de probabilidades, lleno de anécdotas y números, donde recuerda a Edel Casas con su memoria de elefante. Hay abundantes criterios de especialistas y hombres de la cultura, en desafíos sin límites de tiempo y su relación con el arte. Quizás por ello afirma: “Desde los antiguos, tiene el deporte con el arte y la literatura una relación visceral. Suelen también mirarse con recelo y como dos universos vecinos pero extraños…” Y acto seguido, con el filo de la navaja: “En la tradición cubana, está por saldar parte de la gran deuda que existe en reflejar el rico tejido que imbrican el béisbol y la cultura de la Isla…”.

No rehúye la polémica y toma partido por la “injusticia” contra Rey Vicente Anglada y su posterior reivindicación social. Un tema aún sin dilucidar del todo, donde convergen criterios y oídos sordos. Ello demuestra el filo inquisidor del autor, que a continuación incluye pinceladas como aquella del jugador que al batear corrió por la tercera base, un momento idóneo para que bajen las aguas y cargar las baterías para nuevos momentos, como el sentido homenaje a los dos mejores narradores de esta Isla, y bien allá: Felo Ramírez y Bobby Salamanca, así como la referencia a dos poetas-peloteros, como Carlos Esquivel y Miguel Terry Valdespino, orgullos de la actual generación.

Nos lleva de la mano con Hemingway y su célebre diálogo en el Viejo y el mar, donde no toma partido por Adolfo Luque, o Miguel Ángel González, y el autor aprovecha para destacar la obra de varias figuras inmarcesibles del béisbol cubano. Con ello abre el camino para caer en la música, la poesía y el celuloide norteamericano, con Whalt Whitman, Bob Dylan y Steven Spielberg.

Dedica un entrañable espacio a Enrique Núñez Rodríguez, en su relación con la pelota cubana y de las Grandes Ligas, el mismo que llamó a Conrado Marrero “el Lezama Lima de la pelota cubana”, para acto seguido reconocer la figura del longevo Guajiro de El Laberinto.

Con remembranzas de su llegada al mundo en 1951, cuando los Leones de Caracas, su ciudad natal, (¿un símil con los del Habana, rojos entonces, azules hoy?), se enfrentaban a brazo partido contra los Navegantes de Magallanes, para profundizar en la historia de la pelota en su país de origen, donde Cuba, que acogería a Codina más tarde, jugó un papel activo. No oculta su orgullo por la victoria de Canónico sobre Marrero en la Serie Mundial Amateur de 1941, y omite, ¿casualmente?, la revancha de El Premier ante El Chino un año después, que devolvió la cima a Cuba.

Recuerda su concomitancia vital con Honor y Gloria, la vida de Roberto Ortiz, de Ramón Peón (1952) y En tres y dos, de Rolando Díaz: “El béisbol sigue siendo una asignatura pendiente en nuestra filmografía…” En el espacio de tiempo entre ambos filmes, llegaría el autor a Cuba, para convertirse en hijo adoptivo de esta patria, y reconocer que en los juegos de solares yermos comenzó a forjarse su amor por la pelota y las postalitas de los jugadores: “¡Oh, pelota manigüera, yo te saludo!”.

No vacila en las comparaciones, tales como aquella equidistante entre Orestes Kindelán y Rafael Palmeiro, por los jonrones, a pesar de que a estas alturas pesan sobre el big leaguer las acusaciones de doping. Y se declara partidario de Santiago, equipo al que arriba sin filial geográfica y le mereció el señalamiento del recordado Rufo Caballero: “Un revistero nato, como el mismísimo Norberto Codina, alguien con el único defecto de no ser industrialista; pero bueno, nadie es perfecto…” Asimismo reafirma su predilección por el Marianao profesional, donde militaban Miñoso y los tigres de Salgari. Sus primeras crónicas juveniles fueron sobre béisbol.

Entonces se sumerge en figuras admirables, como Rómulo Gallegos en el Gran Stadium de La Habana, y otros detestables que buscaban privilegios políticos, cual Carlos Prío y Batista en la misma instalación, donde alguna vez se “cocinó” el infortunado golpe de 1952. Codina rinde honor, una vez más, a las acciones del estudiantado en el Estadio del Cerro, donde lució inmenso el árbitro Amado Maestri, en defensa de los jóvenes, a riesgo de cualquier represalia.

Con su oficio de prologuista en El béisbol en los sesenta. El alma en el terreno, de Leonardo Padura –quien no se esconde para declarar: “Me hubiera gustado mucho ser recordado como un gran jugador de béisbol-, y Raúl Arce, reclamó la necesidad del enlace béisbol-cultura y la condición de cubano, para apoyarse en Raúl Roa (padre e hijo), Pablo de la Torriente Brau, el historiador Pedro Pablo Rodríguez, José Zacarías Tallet, Guillén y el almendarista-industrialista Rodríguez Feo, con su perenne palco en el Cerro; Lezama, Ciro Bianchi Ross, el no deportista Eliseo Diego y la admiración al Bambino, así como su concuño Cintio Vitier, quien admiraba “los ojos arrugados por el sol de Adolfo Luque”. Un momento de lujo en este acápite le dedica al escritor Abel Enrique Prieto, en la relación Lezama-béisbol y su postura contra la injerencia extranjera en nuestro deporte nacional, más la admiración por Roberto Ortiz.

No pudo faltar una dedicatoria al musicólogo Helio Orovio, “tan pelotero como músico”, y entra al mundo de bien combinar los sonidos y el tiempo, con Benny Moré en el dugout del Club Habana profesional. Algunos se sorprenderán cuando sepan que el slugger y violinista René González fundó la orquesta Aragón en 1939, pero más pudieron en él las bolas y los strikes. Alude a Bartolo Portuondo y su Omara, al pelotero semiprofesional Cueto, el de los Matamoros, y de allí salta a Pacho Alonso con sus Bobucos en los sesenta, animando a los equipos del oriente del país, incluido el juego decisivo en la Serie de los Diez Millones. El recorrido es amplio hasta llegar a los Van Van en los graderíos. Más allá, Rubén Blades y Gilberto Santa Rosa se declaran peloteros frustrados.

Llama la atención declaraciones de Arturo Arango, donde entrelaza en sentimientos la poética de una bella canción con la atmósfera de un final de campeonato. De ahí, el autor se introduce en el tema de las Ligas Negras Norteamericanas, llamadas eufemísticamente Ligas Independientes de Color, destacando el papel del cubano Alex Pompez, primero con los Cuban Stars y después con los New York Cubans, del Polo Ground de New York, hoy miembro del Salón de la Fama de Cooperstown, junto a otros cuatro cubanos; todos negros.

Aborda la fundación de aquellas lides y la utilización de nuestra patria en el nombre de varios equipos, desde el Cuban Giants del siglo XIX hasta los Habana Red Sox. Aquellas ligas segregadas significaron un hecho denigrante, que también lo había sido en el siglo XIX en Cuba, hasta la temporada de 1900. Alude al gran Silvio García, que pudo jugar primero que Jackie Robinson en las Mayores, pero se negó a dejarse vejar por los hombres.

Codina se introduce a partir de la página 132 en una temática ardiente y toma partido por el “primer juego oficial”, el 27 de diciembre de 1874, a pesar de reconocer que se debió jugar antes, algo ya dilucidado por la ciencia. Aquel desafío no pudo ser oficial, porque no existía ninguna institución, ni torneo que lo oficializara, solo fue un juego de ocasión con las virtudes de la publicidad con el primer box score. El mérito histórico lo carga el 29 de diciembre de 1878, cuando se enfrentaron Habana y Almendares y ganaron los primeros, en los terrenos de Tulipán.

Al mundo del celuloide le dedica un sinnúmero de documentales y escasos filmes en la patria (solo 2). El autor blande espadas por Fuera de Liga, de Ian Padrón que ha hecho las delicias de los azules y cualquier otro color, para detenerse en la impronta del Duque Hernández con su desarraigo. Y rememora una obra de 2008 sobre la época del béisbol femenino, con destaque para Viyaya, Luisa Gallegos y tantas otras.

Así avanza hasta El hijo perdido de La Habana (2008), de Ernesto Pérez Zambrano, sobre alguien que paseándose por el Parque Central se acercó a la Peña Deportiva y de sus ojos brotaron lágrimas cuando un rato después fue reconocido. Era Luis Tiant Jr., el pitcher cubano más ganador de las Grandes Ligas. Este pasaje, solo, merece un monumento a la desmemoria reconquistada.

Al final acude a filmes norteamericanos, como un SOS a guionistas, productores y directores en la Isla. Solo recordar que, sin menosprecio alguno por la temática, a ella se han acercado rostros del cine como Kevin Costner, Robert Redford, Tim Robins, Robert De Niro, antes Gary Cooper, y tantos otros. Y no solo por popularidad y ansias financieras, también en varios de ellos se observa el respeto por su deporte nacional, que también es el nuestro.

Para cerrar, incluye textos antológicos que van desde la pedagogía y la historia del béisbol, hasta cuentos y crónicas populares, así como una entrevista cardinal a Marrero; las primeras transmisiones televisivas de la pelota en Cuba y la versión de Gabriel Molina: Béisbol y Guerra Fría, una de las más objetivas, entre tantas otras de acá y allende los mares, sobre el fin del profesionalismo en la Isla.

El béisbol es el deporte nacional cubano y, como tal, ha ejercido una influencia determinante en la consecución de la cubanidad, desde que nos llegó de los vecinos del norte, en un franco proceso de transculturación, que nos ató de pies y manos a concepciones mercantiles, con el espaldarazo definitivo a la conformación de la Pelota Profesional Cubana, una derivación dependiente de las ligas profesionalizadas de Norteamérica, descarnadamente expuestas a través del Pacto de 1947 con el Béisbol Organizado, que elevó, entre otras, la voces reivindicativas de Lezama, Dihigo, y Guillén. Todo ello sin menospreciar los momentos sublimes y populares que se conservan en la memoria histórica.

En este libro encuentran espacio, además: Alejo Carpentier, Julián del Casal, Tucídides, Elio Menéndez, Eladio Secades, Abelardo Estorino, Fernández Retamar, Peter C. Bjarkman y Mark Rucker, Julio Cortázar, García Márquez, Eduardo Galeano, Jorge Luis Borges, Daniel Chavarría, Félix Julio Alfonso, Roberto González Echevarría, y tantísimos otros. También jugadores insignes: Mickey Mantle, el inefable Yogi Berra, Hank Aaron, Antonio Muñoz, Adolfo Luque, Alarcón, Pedro Chávez, Roberto Ortiz, Sandy Amorós… muchos más.

Y no puede uno menos que envidiar en silencio, que este hombre se regocije con la amistad de Minnie Miñoso, un símbolo viviente, desconocido hoy en su patria, por obra y gracia de la desmemoria. Al compás de Cuando Miñoso batea, verdad, la bola baila el cha cha cha, soltaron sus pasillos el célebre jugador, Juan Formell y Codina, en un salón de Chicago, bebieron ron y jugaron dominó.

De polémicas, desgracias, buenaventuras, jolgorios y velorios, se nutrió y nutre nuestra pelota, la misma que el autor lleva desde el nacimiento en la Isla, hasta la asunción hace más de medio siglo de Series Nacionales. Él reconoce, como pocos, que para comprender estos tiempos hay que profundizar en aquellos. Por eso, paso la bola a Norberto Codina Boeras, quien ha demostrado, una vez más, que nada podrá separarlo del ámbito cultural, ni siquiera un deadball sobre las noventa millas.

Y nos “amenaza” con una obra superior. ¡Cómo si fuera posible!

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