LITERATURA

¿La dolce vita de Eduardo Heras León?

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Cuarenta y cuatro años después del memorable libro La guerra tuvo seis nombres, que fuera merecedor del Premio David, y cuarenta y dos años más tarde de Los pasos en la hierba (Mención del Premio Casa), el escritor, profesor y fundador del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, Eduardo Heras León, vuelve a ofrecer un cuaderno de cuentos tan depurado como aquellos que lo colocaron en la cima de una narrativa de nuevo tipo.

Dolce vita (UNIÓN, 2012), integrado por ocho magistrales narraciones, no solo demuestra la madurez de un autor estudioso y practicante de elaboradas técnicas literarias, cuya edad biológica supera la séptima década de una consagrada existencia, sino que constituye un ejemplo de impecabilidad narrativa.

Escritos a lo largo de veinte años, entre 1990 y el 2010, los cuentos de Dolce Vita recorren pasajes de la vida cubana, vista y vivida (podría decirse que padecida) a través del prisma de un personaje que va madurando a la par del paso del tiempo cronológico y emocional en que suceden los acontecimientos que se narran. Después de todo, es sabido que tenemos la edad de nuestras emociones. El cuaderno abre con un joven recién llegado a la ciudad (Balada para un amor imposible), quien pudiera ser el mismo muchacho de otros cuentos, que más adelante visita a un poeta más que viejo, envejecido,(La visita) o que se deja atrapar en las garras de la sordidez citadina (Amor de ciudad grande), o que se involucra emocionalmente con una mujer de la edad de su abuela (Mercy). 

De igual forma, gracias a la habilidad de un maestro que sabe tejes, manejes, y trucos limpios en el arte de narrar, como es el caso de Eduardo Heras León, podría ser ese mismo joven del inicio, ya con cierta experiencia vital, quien aparece como anfitrión de otros jóvenes (Café a las cinco), o como invitado en circunstancias difíciles (Almuerzo en Santo Domingo), o como padre soltero que debe enfrentarse a la voracidad de sus hijos en momentos tenebrosos del país (La última cena), utilizando como única vez rasgos humorísticos, que, aunque asombrosos en la literatura del autor, resultan efectivos, adecuados.

Por último, el personaje que crece en la medida en que avanza  la lectura (y pasa el tiempo), ya rotundamente anciano, alcanza el clímax de su vencida existencia, para hablarnos en primera persona en el cuento que da título al libro, verdadero súmmum del arte escritural. La narración Dolce vita, dedicada a Julio Cortázar (¿a  quién, si no?), muestra un virtuosismo pocas veces alcanzado en la literatura cubana de los años recientes. Sin dejar de abordar las calamitosas condiciones de sobrevivencia en las cuales estamos todos (todas) sumergidos, logra sobrevolar la inmediatez de la miseria, para asimilar el destino sin oponerse a él. No hay un ápice de estridencia, ni de postura batalladora: todo fluye sin que sea menester emitir criterio alguno; es la vida quien rige los caminos, sin que existan sorpresas ni sobresaltos,  a pesar de la magia de ciertas alucinaciones.  

Poco quedaría por decir del más reciente libro de Eduardo Heras León, salvo sugerir su concienzuda lectura, de forma que además de hacernos cómplices de su voz, logremos aprender la lección de eticidad y de buen gusto que nos ofrecen sus casi ciento cuarenta páginas, ensartadas con el finísimo cordel que suele reservarse a las magníficas hechuras.

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