La Antorcha, las sociedades mutualistas
y el teatro cubano

Cira Romero • La Habana, Cuba

El título del artículo pudiera ser confuso. ¿Sociedades mutualistas y teatro? ¿Cómo se acoplan ambos? Veamos.

La existencia de sociedades mutualistas (o de ayuda mutua, como también se les conoce) tiene en Cuba larga data. Asociaciones gremiales de diferentes oficios, o instituciones de salud surgidas por la voluntad de asociación, alcanzaron gran relevancia entre los emigrados españoles, así como cooperativas variadas, que dieron lugar al nacimiento de centros que fueron emblemáticos a lo largo de toda la Isla: Hospital de los Dependientes, al cual tenían derecho los afiliados a ese oficio (bodegueros, cantineros, etc.); la Quinta Covadonga, para naturales de Asturias; la Quinta Canaria, para los de las islas de ese nombre; La Benéfica; La Castellana… todos de La Habana.

Se extendieron a lo largo de la Isla las llamadas Colonias Españolas, que propiciaron también el surgimiento de hospitales.  Pero no fueron solamente clínicas —término que en Cuba, por cierto, ha ido perdiendo vigencia, sustituido por el de hospital— las que surgieron gracias a esas uniones.

También sociedades, llamadas muchas veces (en el siglo XIX) de “instrucción y recreo”, como la Filarmónica Santa Cecilia, de La Habana, (fundada en 1829, y en 1844 fue convertida en el Liceo Artístico y Literario)  que desempeñó una activa vida cultural. Posteriormente los hubo en Regla y en Guanabacoa. O El Pilar, del Cerro, y los centros sociales como los Gallego y Asturiano, para los nacidos en esas áreas geográficas de España. Algunos con edificios de arquitectura impresionante, otros más modestos.

Se idearon también panteones colectivos como el de los Naturales de Ortigueira, en el cementerio Colón, el cual todavía es mantenido por sus asociados. Estos dan cuenta, entre muchísimos ejemplos, de la voluntad de los españoles emigrados de aunarse bajo diferentes pretextos.

Aunque ya estén algo atenuadas hoy estas sociedades, se mantienen, por ejemplo, iniciativas como los círculos sociales obreros en las antiguas sedes de sociedades aristocráticas, pertenecientes en la actualidad a diferentes sindicatos.

Como dato curioso, a finales del siglo XIX  radicó en las cercanías de la caleta de San Lázaro una Sociedad Espírita de Cuba, que agrupó a los que se sentían dotados de esa facultad extraterrena. Igualmente, los orígenes raciales también compulsaron la existencia de sociedades para negros, para mulatos y para chinos, entre las más extendidas.

En la actualidad, la Sociedad Yoruba de Cuba desempeña un papel social y cultural relevante en la vida de nuestro país. Se han publicado no pocas investigaciones sobre el tema, que tiene numerosas aristas de interés a lo largo de nuestra historia.

Lo expresado no es más que un somero bosquejo de lo mucho (y bueno) que hubo y hay en Cuba, teniendo como principio fundamental la asociación de intereses comunes que sin dudas crecerá a la luz de nuevas motivaciones surgidas al calor de las transformaciones económicas que vive el país.

Hubo en La Habana, a mediados del citado siglo, una Asociación de Beneficencia Domiciliaria integrada por mujeres, la cual tuvo entre sus misiones visitar enfermos, ayudar económicamente a los más necesitados, vender papeletas para rifar canastillas y fundar escuelas de enseñanza elemental para niños pobres.

Dicha asociación, fundada a mediados de 1855, creó al año siguiente una publicación llamada La Antorcha, “Periódico de literatura, costumbres, teatros, ciencias y artes, dedicado a las distinguidas señoras que componen la Asociación de Beneficencia Domiciliaria de La Habana”.

Este medio —pudiera parecer extraño, pero así fue—, no lo dirigió una mujer, sino un señor llamado Rafael Pitaluga y Delgado, que fungió como editor y redactor.

En julio salió el primer número y al mes siguiente la muerte sorprendió a este emprendedor hombre, de quien no se tienen más noticias.

Fue sustituido de inmediato por otro que sí tiene historia en las letras cubanas: José Agustín Millán, de quien se sabe nació en La Habana entre 1810 y 1820, pero se desconoce el año de su muerte. Millán fue, ante todo, un hombre de teatro y con él entró en la escena cubana, al decir de Rine Leal, “el imperio del sainete”.

Si bien pudiera tildarse su carrera actoral como poco reluciente, debe destacarse su connotado sentido del humor, además de tener una labor dramatúrgica muy prolífera, pues dejó impresas veinte piezas en un acto y una comedia en tres.

Al decir del citado crítico, su mecanismo teatral fue pobre, como pobres eran sus recursos dramáticos, que copiaba de una obra a la otra. Pero, advierte el autor de La selva oscura, “es el mejor cronista que ha quedado de este período, el retratista más fiel de una sociedad que mostraba con evidencia sus males mayores, con excepción por supuesto de la esclavitud”.

Sus sainetes, impresos en dos tomos en 1857, ofrecen una miscelánea escénica que lo convierte en un sucesor directo de otro célebre de las tablas, Francisco Covarrubias.

Capaz de captar la sensibilidad del pueblo, Millán cubrió la escena cubana con títulos como Un velorio en Jesús María, Un concurso de acreedores, El camino más corto, La guajira o Una noche en un ingenio y El cometa del 13 de junio, para solo citar unos pocos títulos.

El tema central de su teatro, como apunta Leal, fue “el dinero, la búsqueda del oro, la necesidad del capital”. Para Millán el dinero era “la cosa más moral que había en el mundo” y obtenerlo, bien sea por trucos, matrimonios convenientes o préstamos con usura, eran vías propicias.

Este hombre de las tablas soñó y llevó a escena representaciones donde aparecían minas de oro en la California de aquellos años (que vivía, precisamente, la “fiebre del oro”) con ruinas, quiebras, venta de acciones, prestamistas, herencias...

Como costumbrista que fue, su teatro —surgido cuando el capitalismo había comenzado a establecerse en la Isla aún bajo la condición de una Cuba colonial— es reflejo de ese momento.

Afirma rotundamente Leal que “el teatro de Millán es fundamental en el proceso de creación progresiva del cubano, al enfocar aspectos que hasta su momento permanecían en penumbras y porque a pesar de su superficialidad, su optimismo y su choteo, coloca al dinero como centro de la vida y motor de las acciones y pasiones”.

Este fue el escritor que pasó a dirigir La Antorcha y por ello es que en el subtítulo del periódico se lee que fue periódico “de teatros”, y él mismo publicó en sus páginas algunos cuadros de costumbres.

Como estaba dedicado a las damas, también aparecieron poesías, artículos, epigramas y otros trabajos de interés general. Millán, por entonces una figura muy conocida, nutrió su cuerpo de redactores con dos nombres, uno de ellos conocido y otro no. El primero fue Felipe López de Briñas, el segundo R(amón?) F(rancisco?) Valdés. López de Briñas (1822-1877), habanero, poeta, se dio a conocer desde 1840 como versador y periodista en Faro Industrial de la Habana y La Prensa y fue vicesecretario de la Sección de Literatura del Liceo de La Habana, que lo nombró socio de honor y auspició la publicación de sus Poesías. Fue director, con José Fornaris, de una importante revista literaria, Floresta Cubana, y colaboró en numerosas revistas de la época. Su obra está incluida en varias antologías poéticas, como Flores del siglo (1846), Cuatro laúdes (1853) y América poética (1854).

Uno de los poemas más conocidos de López de Briñas es Al descubrimiento de América por Cristóbal Colón (1855). Aunque fue pródigo en incorrecciones y descuidos, no carecía de temperamento lírico, pero un crítico tan atinado como Aurelio Mitjans comentaba que “arrastrado por la imaginación y atendiendo solo al efecto musical del verso, suele escribir frases disparatadas”.

En La Antorcha publicó “Canto sáfico”, su composición más conocida, incluida en diversas antologías, entre ellas la debida a José Lezama Lima, sacada a la luz en 1965. Como muestra de sus “disparatados” versos, Max Henríquez Ureña cita el poema “La flor y las estrellas”, donde figura el socorrido y afectado modo de rimar dos gerundios:

Y la flor de pasión, de orgullo llena,

        iba palideciendo

y en la extensión de la floresta amena

        la vio el cielo muriendo.

Otros colaboradores de La Antorcha fueron el costumbrista Francisco de Paula Gelabert, Antonio Enrique de Zafra y el pintor y grabador español Víctor Patricio de Landaluze, a quien se debe la publicación de Tipos y costumbres de la isla de Cuba por los mejores autores de este género (1881), ilustrada por él mismo y también una obra teatral en un acto: Doña Toribia.

El vínculo de Millán con este famoso artista venía no tanto por su apreciable labor pictórica y como grabador, sino por la afición teatral del español,  realmente poco o nada conocida.

Igualmente Zafra, natural de Sevillla, fue también un hombre de teatro, aunque cultivó la poesía. Como el citado artista, descubrió a Cuba a través de lo pintoresco y lo superficial y, al mismo tiempo fue opuesto a la independencia de la Isla. Su autotituló autor de dramas “nuevos”, aunque su obra en el género bufo es la que más se aprecia en las diversas historias del teatro cubano.

Como se constata, José Agustín Millán convocó para trabajar o colaborar en La Antorcha a hombres que, como él, estuvieron vinculados al teatro y ello se documenta en los apenas ocho ejemplares publicados (el último en octubre del propio año 1856) pues además de los citados géneros aparecidos, la Revista, sin ser órgano de esa manifestación, sí llevó a sus páginas momentos de la escena cubana de esos años —etapa nombrada por Rine Leal como de “nacimiento de un teatro”, que había cobrado mayores dimensiones con figuras como José Jacinto Milanés y Joaquín Lorenzo Luaces.

Queda La Antorcha como una publicación apenas conocida, pero donde pueden evaluarse nombres notables y temas de interés referidos, sobre todo, al teatro del momento.

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