Diez gigas de “muñequitos rusos”

Para Guidito y Adrián, Lolek y Bolek

Me escuchó decir “Koniek” para dar por terminada la conversación que sostenía con una amiga. Sin ser interpelado, se metió en medio del diálogo solo para argumentar que podría estar discutiendo conmigo más de una hora sobre “el valor filosófico de los muñequitos rusos en la ideología cultural cubana” y sobre por qué había usado una frase en ese idioma para terminar mi parlamento.

Estábamos en una cola. Él me había pedido el último unos minutos antes. Por eso mi acompañante se quedó tan atónita ante el raro ofrecimiento. También porque las dos sabemos bien que la semiótica y la filosofía son dos de las ciencias que carecen de más sentido en una cola.

Ante mi silencio, medio ofendido medio en broma, el retador dijo que me negaba al debate porque yo no había visto muñequitos rusos más que en la pantalla de mi computadora. Él sin embargo, en sus 42 años, sí había crecido con un conejito alias “orejitas a cuadro”, con Cheburashka dando saltos en la pantalla de su televisor. Había amanecido muchas veces traumatizado por culpa de un gato que viajaba a la vía láctea solo para buscar leche, o pensando en un deshollinador muy terco y una interminable lista de otros héroes de papel y peluche.

Es cierto, le dije, no tengo la menor idea de quién es Cheburashka. Y comenzó a darse a sí mismo la razón en voz muy alta.

Imagen: La Jiribilla

Recordé entonces que yo misma había bautizado como Lolek y Bolek a los dos hermanos con los que jugaba todas las tardes frente a mi casa. El menor era rubio e intranquilo; el mayor, de pelo negro, era capaz de hacer una linterna con dos baterías viejas y un cable de teléfono. Los tres vivimos, desde nuestra plena capacidad de fantasear, las más locas aventuras que nos proponían aquellos dos personajes de animados infantiles que estaba segura (y aún sospecho a veces), eran ellos mismos.

A mis compañeritos de aula les decía “ñipacachi” cuando querían que hicieran silencio. Así, con un sonido que comienza suave y se corta de repente, sin saber cómo se pronuncia realmente ni cómo se escribe (aún a estas alturas), solo porque la fonética de la expresión era la que más se me parecía a aquella frase que usaba la liebre para callar al lobo en algunos de sus episodios.

Por supuesto que también repetí “deja que te coja” cada vez que intentaba comer una ficha de mi hermana en el juego de parchis. Y me acordaba del perrito Reksio cuando, en las mañanas, se viraba mi vaso de leche sobre la saya recién planchada del uniforme.

Aceptarle a aquel hombre que me dijera que no conocía desde pequeña a los muñequitos rusos (que casi ninguno era de Rusia y sí de otros países de la Unión Soviética), era confirmarle que yo había nacido después de 1991, era negarme la escasa experiencia de los años 80, era cambiarme por otra persona que no soy y negar los recuerdos de una niñez afortunada sin cartoon network. Aceptarle que no conozco desde niña a los muñequitos rusos, era un problema de identidad.

Iba a comenzar a soltarle al intruso mi ráfaga de recuerdos y pruebas personales cuando sonó el timbre de mi teléfono móvil… ”Ha, ha, ha, hayyy”, el sonido de los músicos de Bremen me obligó a hacer silencio para concentrarme en el nombre que la pequeña pantalla me anunciaba… Ño, mi socia no tenía peor momento para llamarme. “Dime Matri”, le contesté mientras el hombre se ponía al tanto de esta nueva conversación.

“Ella se llama Esperanza”, le dije al intruso cuando colgué el teléfono al cabo de los 29 segundos exactos, “pero le decimos Matri. No por la película de ciencia ficción, sino porque es redondeta y bonita como una de aquellas Matrioskas con las que tanto nos gustaban jugar de pequeñas”.

Él no dijo nada más. La cola nos permitió avanzar y separarnos un poco de su reto. Pero ya la tarde no tenía remedio. En la cabeza solo me daba vueltas la idea de salir corriendo rumbo a mi computadora, para buscar entre mis recién copiados 10 gigabytes de muñequitos rusos quién era ese Cheburashka del que nunca antes había oído hablar.

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