Nuestros años felices

Mario Jorge Muñoz • La Habana, Cuba

Me creerán loco —quizás el ser zurdo me ha convertido en “rosca izquierda” por naturaleza—, pero pienso que mis hijas hubieran crecido “más sanas” bajo la influencia de los llamados “muñequitos rusos” que con la retahíla de animados violentos y tan poco educativos que hoy proliferan por doquier.

Imagen: La Jiribilla

No quiero decir que sean todos —los hay muy buenos también—, pero es frecuente en la programación infantil de la televisión cubana que un “powerranger” trate de eliminar la amenaza a la que se enfrenta o que una Barbie lo mismo vestida de atleta, de bailarina, de cosmonauta o de candidata presidencial se promocione como símbolo de una belleza y de una cultura que no deja espacios para otros rasgos, para otros cuerpos, para otro color de pelo o de piel.

Quizá la factura no era la más atractiva para nosotros —a veces eran rústicos o feos, mal que trascendió a otras esferas de la vida soviética— y en ocasiones las historias no tenían que ver con el contexto o la idiosincrasia de los cubanos con lo cual también nos aburrimos, pero sin dudas los muñes rusos nos llegaron cargados de enseñanzas, moralejas y grandes valores artísticos.

Con ellos crecimos, también con botas y televisores en su mayoría rusos y en blanco y negro. Recuerdo que esperábamos ansiosos las 6 de la tarde, para sentarnos al televisor y extasiarnos con La Hija del Sol, El Antílope Dorado, El Cartero Fogón o La Pastora y El Deshollinador. Igual corríamos en las mañanas de domingo a los cines de nuestros barrios para poder viajar junto a Lolek y Bolek a los lugares más recónditos del planeta, cada vez que hacían girar aquella bola del mundo y con los ojos cerrados apuntaba en el mapa con el dedo el lugar de su próxima aventura.

Imagen: La Jiribilla

Es verdad que estos últimos no eran animados soviéticos, como tampoco Gustavo (Hungría), con sus respuestas impredecibles y su humor ríspido, que hoy me recuerdan Los Chapuceros. Sin embargo, lo de “muñequitos rusos” se convirtió en una categoría que se fue estableciendo con los años para denominar a todas las producciones de animados infantiles que en aquellas décadas de los 70 y 80 del pasado siglo invadieron nuestras pantallas de cine y televisión, llegados de las diferentes naciones que pertenecían al bloque socialista del este europeo.

Entonces, evidentemente éramos muy ingenuos. Porque me atrevo a decir que fuimos muchos los que disfrutamos con aquellas historias, al punto de que todavía hoy cuento con amigos y amigas que pueden recitar los textos traducidos al español de la liebre y el lobo en Deja que te coja, las peripecias de Cheburashka o del oso goloso que se robaba la miel, mientras que “desde allá arriba Mashenka te mira”.

Puede ser que para nuestros padres, que crecieron rodeados del Pato Donald, Mickey Mouse, Pluto, Superman o el Superatón, los muñes que les tocaron a sus hijos e hijas estaban “en candela”, pero no había otros que ver —salvo algunos reductos de viejos “muñes americanos”, que también se transmitían aunque con menor frecuencia—, en este caso gracias al bloqueo, porque no me puedo creer el cuento de que los cartoons yanquis desaparecieron por haber sido considerados “vehículos de penetración del imperialismo”. Aunque todavía se cuenta, y puede sonar a leyenda urbana, que a Enrique Arredondo, uno de nuestros más grandes comediantes, lo sancionaron por decir al aire, por televisión, que a los niños que se portaran mal los castigarían poniéndoles los muñequitos rusos.

En mis años de estudio en Moscú, colegas soviéticos me criticaban duramente cuando veía sus películas y muñequitos. No entendían cómo podían gustarme. Eran tiempos en que subestimaban sus producciones y se deslumbraban con cualquier parto fuera de sus fronteras. Por suerte, aprendieron la lección.

Imagen: La Jiribilla

En el 2010, Rusia fue el país invitado de honor en la XIX Feria Internacional del Libro de Cuba. Con sus editoriales viajó a La Habana una gran propuesta cultural que incluyó la presentación de las más recientes producciones de la filmografía de ese país. Confieso que por esos días, inconscientemente, la nostalgia tocó a mi puerta y como entonces me senté delante del televisor, ahora junto a Marcela, para disfrutar de los actuales muñequitos rusos. Entonces, las añoranzas echaron a volar mientras escuchaba los diálogos infantiles en la lengua de Tolstói, Dostoyevski, Chéjov y Pushkin. Y reí, y recordé mi infancia, mientras acariciaba el pelo de mi niña pequeña.

Más allá de los numerosos detractores, los muñequitos rusos son parte de la iconografía cubana de una época —de ese país también el vodka y la carne rusa, habituales en nuestros mercados— en la que teníamos poco, casi siempre lo mismo casi todos, pero en la que éramos más felices, a pesar de todos los análisis y estudios de última hora. Al menos, yo así lo siento. Y créanme, cómo los recuerdo.

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