Diestrov contra el lobo:

El comienzo de la rebelión

Ernesto Pérez Castillo • La Habana, Cuba

Una vez, en los primeros setenta, llegué con mi familia de noche al Capitolio. Yo tendría unos seis años, así que no recuerdo mucho ni recuerdo bien, pero sé que nos habíamos vestido todos con la ropa “de salir” (teníamos una muda para “andar”, una muda “para por las tardes” y una tercera “para salir”) y si nos permitíamos tanto lujo esa noche era porque visitaríamos la “exposición soviética”.

De toda aquella muestra de los logros del socialismo en la URSS (creo que era la segunda vez que un evento tal se desarrollaba en La Habana), lo único que recuerdo, por la tremenda impresión que me causó, fue que allí vi, por primera vez, un televisor en colores.

Me impresionó doblemente: porque las imágenes no eran en blanco y negro, cosa que nunca antes habría podido imaginar, y encima eran de unos dibujos animados en los que un conejo (después supe que era una liebre) maltrataba hasta la saciedad, con maldad, ensañamiento y alevosía, a un pobre y sufrido lobo.

Aquel fue el primer “muñequito ruso” que vi.

Imagen: La Jiribilla

Hasta entonces la televisión cubana transmitía muñes norteamericanos: el indiecito Pow Wao (Pow Wao is indian boy…), el gato Félix, el Súper Ratón, Betty Boo, las dos urracas y otros, entre ellos unos que eran los peores, que eran “de palo”.

Y de pronto, todos fueron desterrados, y aparecieron los muñes rusos… y ya no hubo más persecuciones interminables en la pantalla, ni personajes que golpeaban a otro con un martillo, o le ponían una bomba, o le pasaban por encima con una aplanadora. Nada de eso. En su lugar, los animados soviéticos narraban los mitos y leyendas populares de los cosacos, de los armenios, de los kazajos, y de ahí para allá…

Los vi todos, uno por uno, una y otra vez (porque tampoco es que fueran tantos, y se repetían y se repetían y se repetían) y solo hace muy poco es que supe que cuando llegaron a nuestra pantalla ya tenían más de veinte años, pues en su mayoría se trataba de realizaciones de la década del cincuenta.

Había uno en especial, que es el que me hizo pensar que algo raro había ahí… se trataba de una competencia entre Diestrov y, qué casualidad, un lobo. Sí, creo que era un lobo, pero lo importante es que cada uno debía fabricar su propio auto y llegar a la meta con él.

Imagen: La Jiribilla

Diestrov era correctísimo, inteligente, hábil, trabajador, esforzado. El lobo era un desastre: chapucero, torpe, vago, bruto y tramposo. Y por supuesto, Diestrov ganaba la carrera. Ok.

Pero siempre, siempre, siempre, la una y mil veces que vi aquel muñequito, me daba pena del lobo. Sentía, sentía profundamente, que prefería al lobo, que el lobo me gustaba más, que el lobo era pícaro y, sobre todo, que el lobo era creativo, y daba su batalla con ganas, con imaginación, con indisciplina, contra el disciplinado, correcto, correctísimo Diestrov. Perdía, eso sí, pero hacía lo que le venía en ganas.

Otro caso que va cortado por la misma tijera, era el de un niño (mejor dicho: un pionero) que en la clase deja de atender al pizarrón y dibuja en su cuaderno una maquina fenomenal: una mezcladora, se metía a sí mismo en ella, junto a un caramelo de chocolate, y salían ambos de allí fundidos, y el pionero se lamía los brazos para saborear el chocolate. Y así, no recuerdo con que más se mezclaba y se mezclaba, pero cada mezcla disparaba mi imaginación, hasta que la maestra lo descubre y lo echa a la maquina junto a un libro de texto.

El niño sale de la máquina (el pionero), consciente, conscientísimo, estudioso, vanguardia nacional, hasta con espejuelos. ¡¡¡Horror!!! Todavía me corta el aliento el final de aquel animado.

Imagen: La Jiribilla

Y otro aun: Cheborashka. Ve pasar a los pioneros (marchando) y quiere integrarse, pero le rechazan. Para lograr que él y el cocodrilo Guena sean aceptados en las filas, deberán ayudar a los pioneros a recoger materia prima… y para ello el cocodrilo y su amigo se roban incluso el ancla de un barco surto en la bahía.

Una y otra vez los contraventores eran presentados, a ratos sutilmente, a ratos de manera descarnada, como el deber ser. Claro que entonces no lo vi así, pero sí sentía, inevitablemente, que algo olía mal en Moscú. De ahí ese llamado a la indisciplina.

Quizá fui solo yo pero no lo creo, y aquello, sobra decirlo, era pura intencionalidad de los realizadores. Puros y sanos deseos de salirse de la norma, de reclamar individualidad, de sembrar en el corazón de los niños frente a la pantalla la semilla de la rebelión.

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