Serafina Núñez en su secreto cauce lírico

Lunes, 19 de Agosto y 2013 (10:50 am)

Nació Serafina Núñez de Villavicencio allá por el año de 1913, en nuestra capital. Hace 100 años. Fue injustamente olvidada tanto tiempo, casi treinta años sin publicar, que no esperaré ni un minuto más sin traerla a estas páginas, para que los jóvenes lectores puedan seguir descubriéndola.

En otros trabajos, hemos hablado de la huella tan impresionante que dejó el gran don Juan Ramón Jiménez, en su primera visita a La Habana, invitado por ese otro grande Fernando Ortiz, de sabia intuición.

Como diría nuestra Fina García Marruz, fue “auroral” la llegada del gran poeta andaluz a la Isla. Ocurrió su venida en la década del treinta del siglo pasado, tristes años en la historia Patria: la muerte de Rubén Martínez Villena, el criminal asesinato de Julio A. Mella, la caída de Pablo de la Torriente Brau en tierras españolas, ensangrentadas por una feroz Guerra Civil, entre otros hechos trascendentales.

Aquel fue momento crucial para la poesía y las artes en nuestra tierra. Esa mirada hacia adentro, hacia nuestras profundas raíces, elevó más aún el alma de la Patria, esta Patria soñada por José Martí, extendida a Nuestra América y a la humanidad toda. Llama la atención Fina, de la curiosa relación que aparece en nuestros poetas de aquellos años, entre la naturaleza de la Isla y su proceso histórico.

Este fue el tiempo excepcional donde aparece Serafina Núñez en la historia lírica, con su poesía desnuda, suya para siempre.

Era una mujer amanecida entre los lirios de la poesía, una creadora junto a nidos, astros, ruiseñores y sueños.

Quiso Juan Ramón, al llegar a la Isla, escuchar las voces más jóvenes que emergían en la Patria y escuchó, entre otros, a Serafina.

Aquella joven leyó aquellos sus primeros versos de largo título: “Canción desesperada de la armonía presentida” ante don Ramón, “ese señor del rocío y sus rituales”, como posteriormente lo llamó. 

Voy a liberar el canto de mis estrellas videntes

con la voz empapada en la angustia morada

de las voces que no hallan su cauce….

¡Un gran golpe de golondrinas asustadas

me ha cruzado la vida!

Y así la escuchaba don Ramón, con toda atención y respeto. Para él, esta “esperadora cubana”, como la denominara “tiene, impulso de fina palmera sola que sube en surtidor de tronco plata, cuaja en verdes senos apretados y se derrama en danza de espinas”.

Cuando apenas tenía la cubana veintitrés años y había concluido sus estudios en las Escuela Normal de Maestros, aparecen sus primeras estrofas en la colección: La poesía cubana en 1936 con prólogo y apéndice de Juan Ramón Jiménez y en 1937, el poeta le costea su poemario Mar Cautiva. Después, Serafina publica Isla en el sueño en 1938, en la editorial Hermes.

Seguía leyendo sus versos y escribiendo a lo largo del siglo con aquella azucena y el agua fresca que le cruza su delirio cósmico.

Tiempo después, se anuncia la visita a Cuba de Gabriela Mistral, esa chilena, merecedora posteriormente del Premio Nobel de Literatura. Hacia el puerto con toda humildad, intensamente emocionada, marcha Serafina con su libro Isla en el sueño. Se lo entrega a la admirada viajera que le promete leerlo lo antes posible.

En el Anfiteatro de La Habana se le hace entrega a Gabriela de “Las llaves de la Ciudad”. Serafina no quiere perderse ese momento. El frío es intenso. Gabriela se quita el abrigo y le pide que se lo ponga, —usted se refriará, no está acostumbrada al frío como yo—, le dice. Generoso gesto que la poeta cubana no olvidaría nunca.

Contaba Serafina que Gabriela no era muy dada a las frivolidades sociales. Estaba alojada en el Hotel Park View en el Prado habanero. Por ese emblemático Paseo, caminaron juntas muchas veces.

Almorzaron en ocasiones. Había momentos, que Gabriela no sentía deseos de comer.

Le gustaba mirar al mar y según la joven cubana, en aquellos tiempos veía como la chilena permanecía silenciosa observando el paisaje y las corrientes de agua. Le llamó la atención a Serafina que Gabriela siempre vestía chaqueta o falda grises o verde oscuro que correspondía con el tono de sus ojos.

Cito textualmente la opinión de Serafina sobre la gran chilena: “Fue una mujer excepcional, uno de esos seres que existen solo una vez en un siglo, una lección viva por su lealtad a los principios de existir de la esencia del ser humano”

Antes de partir de nuestra Isla, la Mistral le entregó una carta a la muy joven creadora cubana que salió publicada en la revista Ellas, en febrero de 1939 y que copio íntegramente: 

Cara amiga

El libro suyo fue leído y releído. Su alma se merece toda la atención, el cuidado y el escrúpulo.

Vienen ustedes las nuevecitas, vienen ya muy maduras. ¡Nosotras verdeábamos todavía a los 25 años! Saben ustedes mucho del alma y del arte difícil.

Quiero completarle lo que solo comencé a decir otro día: Sus elegías me han sobre-entusiasmado.

Le decía yo que las mujeres, algunas veces, no podemos (el caso mío); pero además, nunca debemos hacer poesía demasiado intelectual y vea usted la ilustración de mi juicio que parecía tonto: esas elegías de usted son lo mejorcito de su libro. Queman en la mano y bueno es que quemen. Luego vienen esos Poemas y aquí la brasa triple es mejor.

Tiene mucha nobleza el juego de la pasión, cara Serafina, cuando lleva en vez de la llamarada hermosa de las antiguas pasionales románticas, la llama azul-verde o azul-blanca de estos grandes y austeros poemas suyos. Digo austeros, porque anda no sé que geometría culebreando y ellos en zigzag a la geometría.

Tal vez su vía, Serafina aquel otro de la geometría ardiente, mi Blaisse Pascal a quien venero y a quien no sigo.

Le repito pues, que la he leído varias veces con respeto, es cosa seria su arte y dan ganas de decirle pasando su ¡Aleluya!, si le digo y además un ¡Alabado!

Mucho me ha gustado también verle esos éxitos fulgurantes de los Poemas breves e intensísimos. Parecen clavos de olor y también nuez moscada o pimientos quemadores.

¡Lindo libro! ¡Bella vida, Serafina!

Ahora no se eche en los laureles. Trabaje y viva.

                                         Gabriela Mistral

En 1941, con 28 años, Serafina saca a  la luz su poemario Vigilia y Secreto que prologó don Juan Ramón Jiménez, texto que precede a Al Sur de mi Garganta, de Carilda Oliver Labra y Viaje al sueño, de Rafaela Chacón Nardi.

En 1956 publicó Paisaje y Elegía. Tenía 43 años. Más tarde, el silencio y soledad llena de brumas sus creaciones. No se escuchan críticas importantes. Sus sonetos habitan en su granada aurora.

Del soneto “Estancia de lo Eterno”, sus dos últimos tercetos: 

Amor de ti era sollozo ardiente

mordiendo  el rostro de mi triste tarde

ahora  te sello: ¡Oh huésped diferente!

Tu lluvia me desciende olor temprano,

tierno misterio entre mis venas arde

y  es ya tu sombra el único verano.

La propia Fina García Marruz se preguntaba sobre los destinos de la obra, e imaginaba cuántos poemas inéditos de Serafina estarían envueltos en la sombra del olvido.

Fue a partir de 1992, que el inolvidable Luis Suardíaz le publica Los Reinos sucesivos. Ya Serafina tiene 79 años. Sus versos, ahora con mayor madurez superan la existencia y fluyen aún más presurosos sobre los cauces de sus ríos poéticos. En 1993, Vitral del tiempo y Moradas para la vida,en 1995. En este mismo año gana el Premio Nacional de la Crítica.

Mirta Yáñez, con su aguzado juicio, señaló en el prólogo al Álbum de poetisas cubanas, en 1997 refiriéndose a Serafina: “Sus versos intimistas, de galas metafóricas que exhiben residuos modernistas ya dentro de un lenguaje de compatibilidades vanguardistas proponen temas de desazones existenciales que las generaciones siguientes descuidaron, por desgracia, a favor de un falso exteriorismo que se avergonzaba de las profundidades del alma humana”

En 1998, se publica su poemario En las serenas márgenes y después, El herido diamante. Ahora Serafina tiene 85 años y mantiene en su alma de cantora, aquellas palabras de Cintio en su Antología Cincuenta Años de Poesía Cubana: “Un doloroso júbilo, un ansia alucinada, una vibración emocional que se consume en su propio remolino de exaltación y vértigo, le dan ese carácter al mismo tiempo frágil e inconfundible, agudamente femenino”.

Roberto Fernández Retamar tampoco la olvida y la incluye en su  tesis La poesía contemporánea en Cuba, en 1954.

Es Serafina, la voz más tarde crecida, de aquella muchachita que distinguió y apoyó Juan Ramón Jiménez, aquella joven que le entregó su libro a Gabriela y que recibió un día la memorable carta; aquella poetisa que buscaba dar a sus versos una sonoridad nunca oída y que hizo decir al gran humanista mexicano don Alfonso Reyes: “Sus libros deleite puro, me trajeron toda la luz de su hermosa Isla. Es usted poeta de altísimo vuelo lírico. De voz singular y entrañable. Muchos de los poemas de estos libros merecen sitio de honor en la más rigurosa antología en lengua nuestra.”

También la cubana, escribió décimas. En el 2000, Ediciones Capiro de Santa Clara ofreció un conjunto de ellas en un texto con el título de Rosa de mi Mansedumbre. Cuba está presente en la poesía de esta creadora como afirma la prologuista de este libro, la investigadora literaria Mayra Hernández Menéndez.

Isla en su luz

Qué paraíso me entrega

tu luz naciente, inviolada,

que quimera imaginada

—oro y fuego— en olas llega

cuando la inocencia juega,

entre verdor y frescura,

tornar la vida locura

de ciprés amanecido,

y es la mañana un olvido

de  alas, para la aventura?

Murió Serafina en el 2006. Tenía 93 años.

Hoy, en el Centenario de su nacimiento, la Cultura Cubana le rinde sentido homenaje de recordación.

Serafina Núñez, con su voz afilada de cósmicos delirios, regresa a su ciudad de luna que la habita, para mantenerse entra nosotros con sus “incendiados planetas” buscando el sueño, hasta el último reino de su luz.

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