A las estrellas no se sube por caminos llanos

Martes, 20 de Agosto y 2013 (12:17 pm)

Cuando por fin, entre tanta tupida vegetación, mostraron su cara más reluciente las celdas solares de la Aguada de Joaquín, uno creía que lo peor ya había pasado, sobre todo porque había dejado atrás ocho kilómetros que, traducidos en escalones «naturales» e interminables, nudosos pasamanos, caprichosas raíces, repentinos acantilados, descensos que hielan la respiración..., parecían infinitos.

Lo sabían bien los muy estropeados músculos, que dolían como si estuviesen recibiendo puñetazos todo el tiempo, sin apenas darse chance para coger un aire. Era lo único que podían hacer, según el consejo del experimentado guía Anatoli Martínez, quien había propuesto estar sobre la una de la tarde, como máximo, a 1 374 metros sobre el nivel del mar; hora en que, por cierto, los mosquitos, las moscas y otros insectos atacan como misiles, sin importarles la impresionante altitud.

Tal vez esa haya sido, más allá de