A las estrellas no se sube por caminos llanos

Martes, 20 de Agosto y 2013 (12:17 pm)

Cuando por fin, entre tanta tupida vegetación, mostraron su cara más reluciente las celdas solares de la Aguada de Joaquín, uno creía que lo peor ya había pasado, sobre todo porque había dejado atrás ocho kilómetros que, traducidos en escalones «naturales» e interminables, nudosos pasamanos, caprichosas raíces, repentinos acantilados, descensos que hielan la respiración..., parecían infinitos.

Lo sabían bien los muy estropeados músculos, que dolían como si estuviesen recibiendo puñetazos todo el tiempo, sin apenas darse chance para coger un aire. Era lo único que podían hacer, según el consejo del experimentado guía Anatoli Martínez, quien había propuesto estar sobre la una de la tarde, como máximo, a 1 374 metros sobre el nivel del mar; hora en que, por cierto, los mosquitos, las moscas y otros insectos atacan como misiles, sin importarles la impresionante altitud.

Tal vez esa haya sido, más allá de la sabia sugerencia de Anatoli, la razón principal para que de los 27 que debían escalar los otros cinco kilómetros que los separaban del Pico Turquino —uno por cada año de la Asociación Hermanos Saíz (AHS)—, 26 permanecieran con los ojos «pelados», aguardando por mi demorada llegada, mirando con impaciencia hacia el camino que desemboca en la Aguada de Joaquín, después de pasar por el Alto de Lima, la Loma del León y Aguada de Palma Mocha, tramos que hay que vencer antes de poder cumplir con la primera meta.

Cierto que uno ha escuchado muchas veces esa frase martiana que reza: «Subir lomas hermana hombres», pero no lo comprende a cabalidad hasta que lo vive en piernas y pulmones propios. También lo entendieron este jueves mucho mejor la doctora Beatriz Barreiro y su asistente para esta sui géneris circunstancia, Janet Giselle, cuando los promotores culturales Léster García y Jorge Félix Díaz, decidieron aliviarnos del peso de nuestras mochilas, mientras Raulito Pupo prefería dejar a un lado su entrenamiento futbolístico, para tender la mano en el instante en que su cámara no estaba empeñada en retratar esfuerzos y bellezas naturales.

Quizá debí renunciar a la idea desde el mismísimo momento en que se resolviera por la dirección nacional de la AHS escalar nuevamente la cima más alta de Cuba, una tradición que nació en los años 80 del pasado siglo, y que esta organización retomó desde hace un lustro. Creo que en el fondo no lo hice porque siempre estuve consciente de que nunca me dejaría atrás alguien como Oylé Álvarez, un superpráctico de la zona y subdirector del Campamento de Pioneros Exploradores Ramón Paz Borroto, de Santo Domingo, inaugurado por Fidel hace tres décadas, que nos sirvió de hogar y refugio.

De cualquier modo, pocos poseen la capacidad de no dejarse convencer por el presidente de la Asociación, Luis Morlote Rivas, quien acude a todo su arsenal y fluidísima labia para arrastrarte a una «locura» que él endulza asegurándote que perderás la oportunidad de encontrarte con el paraíso, sin que de ninguna manera a él se le escape que, de forma simultánea, descubrirás el «infierno» que provocan la fatiga y los persistentes dolores. Y porque ya casi habían pasado 30 años de que yo realizara esa hazaña, admito que accedí, con ciertas dudas, cuando me dijo que esta escalada saludaría el venidero II Congreso.

Pobre de mí que, a pesar de una experiencia que debió ser inolvidable, me dejé arrastrar por el entusiasmo juvenil, negándome a ver lo que estaba clarísimo ante mi espejo: gordo, sedentario, fumador empedernido, casi cincuentón... Con ese pensamiento andaba también a cuestas, lo que sin dudas hacía más pesado el trayecto, especialmente cuando Reynaldo Pérez Labrada, con la preparación física que dan tantas carreras para que salgan al pie de la letra 23 ediciones del camagüeyano Almacén de la imagen, me pasó por el lado con la rapidez de la brisa de la Sierra Maestra, cuando se suponía que yo, al menos por la edad, debía superarlo.

Admito que después de una «vergüenza» como esa, apenas podía disfrutar de puntos asombrosos que se suceden uno detrás de otro, en cuanto se arranca desde el Alto del Naranjo, donde nos propusimos marchar unidos y donde nos dimos el primer abrazo colectivo. Y no obstante, cuando el cerebro dejaba de notar que el corazón me quería abandonar, pude deslumbrarme con El bosque de la siguapa, Teatro de nubes, Colores que vuelan, sitios muy especiales por donde antes pasaron como flechas, a pesar de las promesas de la espera, el periodista Pedrito Moya con su cámara Sony Z1; Indira Fajardo, también representando a la Brigada José Martí; el roquero Darién Blanco, los artistas de la plástica Yosleiby Fernández, «Yoslo»; Liésther Amador, Rubén Aja y el diseñador Rubiel García, en su condición, además, de vicepresidente nacional de la AHS.

Y así, aunque otros se «inmolaron» por mí acompañándome, tuve que conformarme con decirles un «hasta unas cuantas horas más tarde» no solo al ágil Alfredo René —lógico, siendo el más bisoño de la tropa—; Pedro A. Franco, ansioso por regresar a su Matanzas para estrenar Semen con su grupo El Portazo; Yunier Riquenes, absorbiendo el aire puro pero pensando en su proyecto Claustrofobia; Samuel Fonseca, Rafael González y a Yanset Franga, ansiosos todos por llegar a su tierra para contar esta historia de no cejar, aunque tiemblen las piernas; y sobre todo avergonzarme con la agilidad de las féminas que campearon por su respeto entre esos verdísimos follajes que palidecieron de envidia ante tanta muchacha hermosa.

Porque con bravura tremenda, Karina Pardo, practicando su inglés para las próximas Romerías de Mayo; Heidy Cepero, dándole clases de musicología a las empinadas palmas, e Iraida Williams, enseñándole afinación al ruiseñor, pasearon todas las distancias y pusieron además el aroma que se extrañó de las orquídeas, que en esta época del año aún no han florecido. Y eso que tales parajes no pudieron ver a Isaily Pérez y Anay Reboso, quienes se quedaron con pesar en el campamento asegurando la retaguardia, porque alguien tenía que encargarse de la logística y eso les tocó a ellas, y al escritor Jorge Luis Rodríguez y al músico Dayron Fonseca, con sus asociados de Granma, expertísimos tanto en darle el mejor punto al puerco asado en púa, como en vencer las impresionantes alturas, como lo demostraron Léster, Yarima, Yusniel (Charly) y María, cuatro de los anfitriones que garantizaron, en todos los detalles, nuestra travesía.

En fin, que al filo de la una de la tarde de ese larguísimo jueves 15 de agosto, 26 mochilas ya recargadas de la fresca agua (casi congelada) del manantial de la Aguada de Joaquín, esperaban solo porque apareciera de una sola vez la que quedaba retrasada, para subir a su portador, aunque fuera en parihuelas, hasta el Pico Turquino.

Cuentan Rafael, Pedro Franco, Alfredito, Yoslo y Liésther que 25 minutos antes de que el sol marcara las cuatro, el azul de la Bandera cubana se confundía con el del cielo. Y así uno a uno se fueron sumando hasta esperar que este servidor pudiera entonar también las notas de nuestro Himno Nacional, en la cumbre máxima de esta increíble Isla.

A 1 974 metros de altura sobre el nivel del mar, donde se pueden tocar las nubes y únicamente reina el busto del Apóstol, Luis Morlote Rivas habló del presente y del futuro, y del compromiso del artista, y del modo en que ser cubano es ser solidario, y amar lo bello y defender la Patria.

De Fidel y de Raúl habló, y de la gesta del Moncada y de la Revolución que nació en la misma Sierra hace más de cinco décadas, y de cómo este II Congreso de la organización de jóvenes escritores y artistas cubanos, que coincidirá con la jornada en que se canta a la cubanía, tendrá que ser la demostración del compromiso de continuidad de la más nueva generación.

Y allí, frente a «ese misterio que nos acompaña» que nos hiciera notar Lezama, todos, fundidos en un abrazo que es también el abrazo de la Patria joven, de la Patria toda, volvimos a tener la certeza de que, como dijera Martí, "a las estrellas no se sube por caminos llanos".

Comentarios

Todos vivimos un momento extremadamente grandioso e inolvidable.

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