El Argumento, Periódico Teatral

Cira Romero • La Habana, Cuba

Desde finales del siglo XVIII La Habana fue “puerto seguro” para las compañías de ópera, de teatro, y más tarde de ballet; pues en la capital encontraron siempre, o casi siempre, buena acogida. Contaba con un Coliseo —inaugurado en 1775, y primero en el tiempo habido en la Isla— el cual era constantemente visitado, pero al deteriorarse, según refiere  Buenaventura Pascual Ferrer en su artículo “Cuba en 1778”, provocó que:

“Desde esa época, se puede decir que no hay representaciones en la Habana. Muchos de los Cómicos pasaron a México y los que se quedaron, representaban en el Arrabal, en una choza harto indecente. Pasáronse después a la ciudad donde fabricaron un teatro provisional, en el que he visto muy pocas comedias, pues la gente que concurre es la más ordinaria del pueblo, y los actores son malos, a excepción de los que quedaron del Teatro antiguo”.

Pero la lamentable situación comenzó a ceder con el tiempo, sobre todo a partir de 1838 con la apertura del Teatro Tacón (momento en que nace el teatro cubano); aunque la presencia de compañías extranjeras alternaba con las piezas de teatro —tragedias, comedias, dramas, zarzuelas, melodramas, sainetes, juguetes cómicos y líricos provenientes de autores del patio— entre los cuales la trilogía José Jacinto Milanés-Geretrudis Gómez de Avellaneda-Joaquín Lorenzo Luaces ganaba la preferencia.

Durante la guerra de los Diez Años el teatro cubano fue desplazado de los escenarios. Muchas compañías cubanas emigraron y fueron sustituidas por las españolas, francesas e italianas que representaron óperas y zarzuelas con mayor o menor éxito.

Tenores extranjeros como Juan Prats, tiples como Eliza Zamacois e incluso coristas contratadas venían desde la península, por tal de no utilizar a las cubanas que fungían como extras.

La bufa francesa se abrió paso en los escenarios habaneros, pero quienes ganaban la escena eran las óperas con cantantes como Irma de Murska, Nataly Testa, Jorge Ronconi y Rossi Galli.

El precio de los palcos del primer y segundo piso alcanzaba los 300 pesos para doce funciones y la luneta cuatro pesos por noche, mientras en la manigua se luchaba por la libertad de la patria.

Subieron a escena obras de Víctor Hugo, Shakespeare, Echegaray, Scribe, Schiller y otros autores famosos. Asimismo, la italiana Adelaida Tessero vendió los argumentos de las obras en español para facilitar su comprensión.

A comienzos de la década del 80 del siglo XIX  la capital tiene siete teatros: Tacón, Albisu, Payret, Jané, Torrecillas, Cervantes, el teatro chino de Zanja; y se adelanta en la construcción del llamado Teatro de Verano, en Dragones y Zulueta.

Si bien 1883 es calificado por Rine Leal de “tétricos aspectos” debido a que la crisis económica tocó fondo (“mientras los espectadores se muestran huidizos y los artistas desesperados o abandonando la capital”), fue ese el año escogido por Domingo Figarola-Caneda para dar a la luz, el 9 de octubre, su Periódico teatral El Argumento, dedicado precisamente a publicar los argumentos de las óperas que se escenificaban en los teatros Tacón y Albisu, además de dar a conocer los elencos que actuaban en las mismas. Este aparecía los días de función en ambos escenarios.   

¿Quién era Domingo Figarola-Caneda? Un habanero nacido en 1852 y fallecido en 1926. Había guardado prisión, con otros compañeros, en el proceso seguido contra los estudiantes de medicina, carrera en la que estaba matriculado pero que abandonó para dedicarse a las letras.

Desde muy joven se inició en el Periodismo y colaboró con Francisco Calcagno en su importante obra Diccionario biográfico cubano. Interesado por la bibliografía, su primer trabajo en este campo data de 1877.

Viajó por España, Francia y los EE.UU., donde conoció a Martí y colaboró en Patria. Después del fin de la guerra estallada en 1895 perfiló sus estudios bibliotecológicos en París y Londres

A su regreso a Cuba realizó notables trabajos con manuscritos de la Biblioteca Nacional como las Memorias inéditas de la Avellaneda (1914) y la preparación y publicación de los tres primeros tomos de la obra Centón epistolario de Domingo del Monte (aparecidos entre 1923 y 1926).

Se destacó por sus compilaciones bibliográficas, así como por la divulgación de nuestras figuras literarias, pero la obra que más lo distingue es su Diccionario cubano de seudónimos (1922), de gran relevancia para estudiosos de la cultura cubana.

Volviendo a El Argumento, Figarola-Caneda puso en esta revista sus mejores empeños para llevarla adelante y, como una de sus principales motivaciones era divulgar la obra de autores nacionales, el número correspondiente al 14 de noviembre de 1883 estuvo dedicado a rendir homenaje a José Jacinto Milanés, con motivo del vigésimo aniversario de su muerte. Publicó noticias sobre música y poesías debidas a Diego Vicente Tejera, José Socorro de León y Teodoro Guerrero, entre otros. 

En un artículo publicado originalmente en la revista El Museo, titulado “La ópera bufa francesa” (reproducido meses después por El Argumento), se lee —a propósito de la “excitante” Luisa Theo, estrella del espectáculo—:

“Una actriz desarrapada, en el más correcto garbo de mulata, que se adelanta serpeando a decir que es “candela”, o que baila y cabecea al impulso simulado de la movible mano de un actor distante, para que el público sepa “cómo se empina el papalote”, no es, si se quiere, sino una escena de provocación y desvergüenza. Pero nada hay en ella tan indecoroso y ofensivo como la escena de las alcobas en La jolie perfemeuse; nada tan obsceno como los retruécanos que se oyen sin cesar en La Mascotte, y en términos generales, en todo el vocabulario de las óperas del género; nada tan repugnante, en fin, como la lección dada a una mujer en La timbale d’argent, para que avive los deseos y enardezca la sangre y fortalezca los nervios de su abstinente esposo”.

El comentario crítico, estás firmado por “Un chercheur cubain” [“un investigador cubano”, por su traducción del francés], uno de los seudónimos utilizados por Figarola-Caneda, entre los muchos a los cuales recurrió.

La revista, quizás para hacerla más amena, repasaba sucesos teatrales notables de años pasados, como la rivalidad existente, en el plano operático, a finales de la década del 50, entre las sopranos Marrieta Gazzaniga (de cuyo apellido, modificado por el pueblo,  se deriva nuestro familiar dulce de harina llamado gaceñiga) y Erminia Frezzolini, quienes se disputaron la temporada lírica de 1857-1858.

La Gazzaniga, desde su debut con La Traviata, se había convertido en la más excelsa figura de las tablas, y era aclamada como representación del arte más puro y de mejor gusto. Se decía en la época que “no cantaba con la garganta, sino con el alma”.

Su rival fue la Frezzolini, quien debutó con La Sonámbula. Desde ese momento se desató una verdadera fiebre de entusiasmo por una u otra y se crearon bandos que las defendían.

Según refiere Rine Leal, “el paroxismo llegó a tal grado que la prensa tuvo que protestar de los bastonazos con que el público histéricamente aplaudía y rompía lunetas y puertas de palcos, así como las luces de las candilejas al lanzar ramilletes de flores a la escena, que a veces golpeaban a los inocentes músicos”.

Lluvias de poemas escritos en seda y papel caían sobre cada una cada vez que salían a escena, en medio de una ovación y de gritos histéricos. Hasta pájaros y palomas se lanzaban al escenario. Pero lo cierto fue, como se lee en el artículo reproducido por El Argumento, que la Gazzaniga venció a la Frezzolini esa temporada.

El dramaturgo español José Zorrila, que pasó por la isla en medio de la pugna entre ambas, escribió en su obra Hojas traspapeladas de los recuerdos del tiempo viejo:

“¿Qué había entre aquellas dos mujeres? La política americana. La Cruz representaba y era sostenida por los españoles: la Gazzaniga representaba las estrellas de la bandera yankee: los separatistas, los filibusteros, Cubita libre [...] El estado del teatro era genuina expresión del estado de la isla”.

Este clima de fiebre operática tiene gran espacio en la revista, que se deleitaba en trasladar al papel noticias de los regalos que recibían las cantantes —pulseras, prendas adornadas con costosos brillantes, coronas de laurel con bellotas de oro, bandejas de plata, álbumes con retratos—,  pero El Argumento no se caracterizó, en líneas generales, por ser una revista de “hablillas” sobre las grandes artistas, sobre todo extranjeras.

Domingo Figarola-Caneda era un investigador serio y un hombre de reconocidos méritos como para no permitir que su publicación se inundara de superficialidades. Por eso El Argumento, desaparecida en noviembre de 1883, debe tomarse en cuenta a la hora de recorrer la escena cubana de la octava década del siglo XIX.

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