Del Caney no solo las frutas

Marta Rojas • La Habana, Cuba

Mis primeros recuerdos de El Caney y de la playa Siboney, situada en ese mismo municipio, provienen de las excursiones escolares que hacíamos a los escenarios muy bien montados de la guerra hispano-cubano-norteamericana (hispanoamericana, se decía entonces) y de la Colonia Infantil del Caney, un centro interno de veraneo para escolares humildes. Los recursos eran limitados para una estancia de tres meses, pero a los niños santiagueros nos encantaba visitar aquella casona señorial entre frutales e historias que, aunque parecían fantásticas, eran verídicas.

Los maestros nos hacían ver la importancia de aquel paisaje en la historia patria, y la lección la aprendíamos in situ, bastante bien, lo que nos provocaba emociones inolvidables. Nos llevaban al fuerte El Viso, en el Caney, a la loma de San Juan, a Daiquiri y a Siboney. Nos contaban que los cubanos, al mando del jefe mambí Calixto García, habían llevado el peso de la guerra “hispanoamericana” cuando ya prácticamente el colonialismo español estaba derrotado; que con la conquista de El Viso —este mismo fuerte donde nos encontrábamos—, el aniquilamiento del mayor general español Vara del Rey en las afueras del Caney, y la captura de la loma de San Juan —donde estuvimos antes— toda la zona del sureste y la mayor parte del este de Santiago de Cuba quedaron liberadas. Después relataban el doloroso epílogo del sitio de Santiago y de la negativa del general William Rufus Shafter a permitir la entrada de las tropas mambisas a la ciudad, derecho que se habían ganado, a tiro de fusil, mucho antes que los yanquis. En la plaza de Santiago se arriaba la bandera española el 17 de julio de 1889; se izaba la americana (y no la de la estrella solitaria) sin la presencia mambisa.

Los límites del municipio del Caney eran entonces: al oeste, Santiago de Cuba; al norte Alto Songo; al este, Guantánamo, y al sur, el Mar Caribe con sus playas y ensenadas (Sardinero, Siboney, Juraguá, Daiquirí, Sigua y Baconao). Y entre los barrios y poblados más importantes: los de Sevilla, Dos Bocas, Barajagua, Majaguabo, Los Naranjos, Zacatecas y El Caney como cabecera del término municipal. La geografía nos la enseñaban indisolublemente ligadas a la historia en estos casos. Aquellos maestros de la Escuela Anexa a la Normal llevaban los mapas a las excursiones.

El Caney en La Habana

Años después, como estudiante, en La Habana, tuve conciencia de otros símbolos del Caney que habían pasado inadvertidos en mi infancia: el pregón sobre frutas del Caney, tan deliciosas como el mango de biscochuelo que se goteaba de las matas por El Viso y San Juan, y los de mamey o corazón, y los pequeños de toledo que comíamos igual, sin ley ni orden, hasta aburrirnos. En la capital podía encontrarlos, algunas veces, en El Camagüey, un café de la calle Galeano especializado en hacer batidos con frutas del Caney: de mango, anón, caimito, cañandonga, níspero, zapote y mamey, estos últimos identificados erróneamente en el habla habanera.

Pero también veíamos los biscochuelos, en su temporada, en la exhibición y venta de frutas cubanas de altísima calidad en un exclusivo restaurante, enclavado en Prado y Neptuno, en los bajos de un salón de baile popular frecuentado por estudiantes orientales, sobre todo los sábados y domingos por la tarde, cuando las mejores orquestas amenizaban las fiestas que se ofrecían allí al principio de la década del cincuenta.

Prado y Neptuno, por muchas razones, era una esquina interesante. El maestro Jarrín la inmortalizó con su cha cha chá La engañadora. Pero, además, allí se producía un empalme de situaciones propias de lo real maravilloso de un relato carpenteriano: el rico y casi exclusivo (por sus altos precios) restaurante Miami, con sus puertas y ventanas de cristal, y la gran vidriera donde se exhibían no solo las frutas del Caney, sino que se dejaba ver (un tanto como exhibición) la flor y nata de la alta sociedad burguesa. No podían faltar los oficiales norteamericanos vestidos de impoluto uniforme blanco, continuadores de la obra del general William R. Shafter, iniciada en El Caney de Oriente.

En los altos del restaurante estaba el alegre y populachero salón de baile —con la entrada por la calle Neptuno—, de tinte subido de negros, mulatos y blancos muy humildes. En la acera opuesta a la entrada de ese salón, había una fonda pequeñita y barata (El Cuchillo de Neptuno), donde el único postre de frutas posible era en conservas, pero no del Caney. Del otro lado del Prado, los marines yanquis, siempre en grupo, hurgaban en las tiendecitas de los portales en busca de los souvenirs de piel de cocodrilo o muñequitas rumberas. Por esa banda, se hablaba en inglés y se oía música americana: lo más importante era “agradar” a los marines. Frente a esa acera estaba el Parque Central, y en el centro de éste la estatua de José Martí, rodeada de limosneros y buscavidas, entre los que no podían faltar los músicos ambulantes. En la voz de uno de ellos, seguramente oriental, se escuchaba —creo que por primera vez, fuera de la radio— el pregón de Félix B. Caignet Frutas del Caney:

"Frutas, quien quiere comprarme frutas/ mangos de mamey y/ biscochuelo / Pina, piña dulce como azúcar /cosechadas en las lomas del Caney./ Vendo rico mango de mamey/ Piñas que deliciosas son como labios de mujer/ Caney de Oriente, tierra de amores/ cuna florida donde vivió Siboney/ Donde las frutas son como flores/ llenas de aromas y saturadas de miel/ Caney de Oriente, tierra divina/ donde la mano de Dios echó su bendición./ Quién quiere comprarme frutas sabrosas/ marañones, mamoncillos del Caney".

El Caney aborigen

El Caney fue el escenario donde terminó la dominación española en América. Caney es nombre primitivo: era un asiento aborigen, claramente de cultura siboney, aunque en las grutas del lugar han sido hallados vestigios taínos, incluso cráneos aplastados. En El caney primitivo se cultivaba el mejor tabaco. Fue el que primero fumarían los conquistadores españoles, imitando a los Indios de Cuba.

Además, en la llamada Cueva del Muerto, en el barrio de Siboney —la primera explorada arqueológicamente por el científico norteamericano Mark Raymond Harrington (1925)—, fueron encontrados pedazos de pedernal con la característica de la punta de algunas flechas, y en el suelo y subsuelo de la gruta habitaciones —sin duda un hogar o fogón—, flechas, raspadores, morteros y utensilios de cuarzo blanco, parte de una lezna y una cuenta hecha de pedazos de huesos cóncavos, los primeros en su estilo encontrados en la Isla de Cuba; se hallaron, además, el famoso cráneo aplastado y algunos cascos presumiblemente taínos.

Vienen los franceses

Pero El Caney no había sido (ni sería) conocido solo por sus frutas y su encanto bucólico, con cercanas brisas del mar en sus 759 kilómetros cuadrados de superficie, hasta la reciente división político-administrativa del país. Allí se habían producido numerosos acontecimientos históricos a lo largo de las dos guerras de independencia y en la república.

Atravesada de oeste a este por la cordillera de la Sierra Maestra, con dos grandes promontorios dentro del municipio —bastaría mencionar Sierra Limones y La Gran Piedra—, esta porción del territorio cubano acogió, para dar abrigo y riqueza, a los colonos franceses que huyeron en la Revolución de Haití. Es en esa amplia zona de El Caney donde se desarrollaron grandes cafetales y se erigieron espléndidas residencias de estilo francés, sobre todo en la zona de la Gran Piedra. Los elementos de esa otra cultura europea que perviven en nuestra nacionalidad echaron sus raíces, fundamentalmente en Santiago de Cuba, Guantánamo y El Caney.

Siempre la historia

En 1869 El Caney vio entrar, sin apenas o ninguna resistencia española, al general Máximo Gómez, y el 2 de abril de 1895, las fuerzas mambisas al mando del coronel Valeriano Hierrezuelo desarmaron a los voluntarios españoles que protegían aquella estratégica plaza. Tres años después, el 1ro. de julio de 1898, se libraría una de las más grandes y definitivas batallas del final de la guerra, en El Viso…

“[…] El sueño estuvo ausente por completo, y los claros del día nos anunciaron que nuestros barcos se hallaban frente a la rada de Siboney, lugar este de nuestro destino. La travesía se había efectuado sin que nos diéramos cuenta. Un mundo nuevo iba a empezar para nosotros.”

Esto escribió el más joven de los ayudantes del mayor general Calixto García Iñiguez y su posterior biógrafo, el capitán del Ejército Libertador Aníbal Escalante Beatón. Trasmitía así a las generaciones futuras el estado de ánimo de las fuerzas mambisas que desembarcaron del Álamo para darle la última batida al colonialismo español en América. ¿Acaso no sería idéntico el sentimiento de los jóvenes de la Generación del Centenario, cuando se encontraban en la granjita de Siboney, muy cerca de aquella playa, horas antes del Asalto al Mondada, el 26 de Julio de 1953? También un mundo nuevo iba a empezar para la patria.

El desenlace de los acontecimientos del 26 de Julio y lo que sucedió en los días siguientes, convirtieron al Caney y sus alrededores no en escenarios de combates, pero sí de crímenes por una parte y, por otra, de solidaridad de los pobladores hacia los jóvenes combatientes en retirada.

Los caminos de Siboney y El Caney, en diferentes zonas, se transformaron en un cementerio atroz, debido a las ejecuciones de prisioneros, y porque en ellos se colocaron los cuerpos de los combatientes sin vida desde el Moncada. Gran parte de los levantamientos de cadáveres los realizaron médicos forenses de El Caney, al ser encontrados los cuerpos en ese territorio.

Como contrapartida humanitaria, vecinos de estas zonas dieron refugio y sirvieron de guías a los jóvenes moncadistas que pudieron alcanzar las montañas, entre ellos a Fidel. El joven negro Esmérido Rivera Rua, descendiente de mambises, fue uno de ellos. Este lo acompañó un largo tramo sabiendo que se jugaba la vida. Solo hace un año que falleció Esmérido.

En la Cueva del Muerto, donde los arqueólogos hallaron a principios de siglo tantas muestras valiosas de asentamiento aborigen en El Caney, se refugiaron dos asaltantes del Moncada, Ciro Redondo y Marcos Martí, protegidos por la familia Campanal, vecina de Siboney. No lejos de allí también se refugió Julito Díaz.

En el cementerio de El Caney originalmente se le dio sepultura a un grupo de jóvenes asesinados por la soldadesca del Moncada, entre ellos a Boris Luis Santa Coloma; luego aparecerían otros cadáveres en Juraguá. En la carretera de Siboney fue asesinado alevosamente el prisionero Marcos Martí. El mando del Moncada inventaba, cada día, supuestos combates en Siboney y otros barrios de El Caney para justificar sus horrendos crímenes.

Presencia de Frank

En julio de 1955 el valeroso militante revolucionario santiaguero Frank País, tan convencido como decidido a luchar por el derrocamiento de la tiranía, organizó un asalto armado a la estación de policía de El Caney, el cual no tuvo el éxito esperado, pero fue otra clarinada de presencia revolucionaria para Santiago y El Caney, que continuó tan beligerantemente como la capital oriental. Antes, en los años 30 del siglo XX, el revolucionario Antonio Guiteras, verdadero héroe del Gobierno revolucionario de los 100 días, también tuvo en el cuartel del Caney un objetivo tras el derrocamiento del presidente Gerardo Machado.

La segunda y total independencia

Otras acciones ocurrieron en estos territorios, por los mismos caminos mambises, durante la lucha insurreccional encabezada por Fidel hasta el triunfo del 1ro. de Enero.

En la antesala de la entrada triunfal de los rebeldes a Santiago de Cuba, hecho que reivindicó la vergüenza y el dolor sufrido por Calixto García y sus hombres, El Caney volvió a ser escenario de un acontecimiento extraordinario: En la loma del Escandel, ubicada en aquel municipio, el Comandante en Jefe Fidel Castro dirigió las operaciones rebeldes previas a la irrupción victoriosa en Santiago. Allí se reunió, por última vez, con el mando militar batistiano y dictó los términos de la rendición incondicional de las tropas del Cuartel Moncada. La guerra había sido ganada y, esta vez, sus protagonistas, herederos del glorioso Ejército Mambí, sí entraron en Santiago de Cuba.

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