Entrevista a Roberto Burgos Cantor, Premio Casa de las Américas

A la luz de Cuba

Anneris Ivette Leyva • La Habana, Cuba
Fotos: Yander Zamora

Quien se acerca con la mayor humildad a solicitarle una entrevista al escritor colombiano Roberto Burgos CantorPremio de Narrativa José María Arguedas de Casa de las Américas en el 2009—, al instante titubea entre dejar el comedimiento a un lado, por innecesario, o duplicar la cortesía ante un hombre que recibe con aplastante sencillez —y hasta algo tímido— la admiración merecida y declarada.

Imagen: La Jiribilla

Este escritor, nacido en 1948 en Cartagena de Indias, es autor de más de una decena de títulos pero no solo asiente con una amabilidad que perturba, sino que se adelanta en agradecer la oportunidad del intercambio. Mientras se pacta hora y día del diálogo proyectado, va quedando fuera la pregunta que intentaría revelar su excepcional técnica de literato. Es obvia: Roberto Burgos Cantor, es un hombre que escudriña el entorno y lo explica de un modo que pocos dominan, desnuda las esencias humanas y las clasifica con las palabras más exactas, las menos aprehensibles. Eso es lo que más tarde plasma en el papel, el resultado de una observación e interpretación privilegiadas.

Así, con ojos como escalpelos y hablar pausado, que le permiten ver más profundo y calibrar con precisión el peso semántico e hilvanado de cada idea, va desgranando las interrogantes de La Jiribilla.

Usted ha expresado que la literatura caribeña está impregnada del Realismo Mágico de nuestras culturas pero también de un constante descubrimiento ¿Todavía piensa que tenemos cosas por revelar o, como también planteaba en otro momento, “por aprender a nombrar”?

Definitivamente, el cómo nombramos nuestros contextos es un reto fuerte para la persona que escribe de ficción. Hay ciertas cosas en las literaturas de muchos años que están resueltas como un código, un guiño entre quien escribe y quien lee. Pero aquí en nuestra región toca subrayarlas, ya que, a fuerza de vivirlas de una manera desapercibida, nadie las ve realmente.

Por ejemplo, una de las cosas que más me ha impresionado en mi regreso a Cuba —pues la había olvidado—, es la luz intensa que hay la mayor parte del tiempo ¿Cómo plasmar eso? Por otra parte, me da la impresión de que denominar como “mágico” todo lo que nos rodea y no podemos explicar con las categorías tradicionales, es una manera fácil de resolver el problema y de hacerlo con los códigos de Occidente.

La Historia (por procesos de investigación), y la Literatura (a través de la intuición en la construcción del relato), están revelando aún nuestra enorme complejidad. Saber nombrarla es un desafío que no hemos concluido.

Esas historias que nos preceden (las escritas por los cronistas de Indias), eran producto de un estado de encantamiento, donde confluía la maravilla con la ignorancia. Así, de repente, confundían los mangos con las manzanas de oro, o un manatí con las sirenas. Desmontar todos esos códigos y demostrar que hay belleza en lo que “es”, y no solo en lo imaginado por los “maravillados ignorantes”, devela un mundo riquísimo que ha estado medio enterrado.

Reconocer esto equivaldría a un acto de justicia: es preciso atribuirle al realismo mágico lo que le corresponde, y a la historia, lo propio...

Exacto. Te lo explico por lo que pasa en mi país: un alcalde se roba el dinero de un acueducto, otro funcionario se apropia de los fondos para un hospital donde van los niños a vacunarse, y lo único que se le ocurre a nuestro Periodismo interesado es justificar estas barbaridades con el Realismo Mágico.

¿Qué ocurre entonces con ese muchacho que en la escuela está leyendo Cien años de soledad, que está conociendo a Carpentier, o que se encanta ante Cortázar? Cuando le dicen que ese acto criminal es el Realismo Mágico, le están quitando la posibilidad de sancionarlo como lo que es, lo están cubriendo con un fatalismo cultural, o sea, con un “somos así”.

Por eso me agradó tanto ver cómo en el Coloquio del Festival del Caribe —celebrado el pasado mes de julio en Santiago de Cuba— se corregían esos prototipos de los caribeños alegrones e irresponsables... Nos toca a los lectores y a quienes escribimos no permitir que ese poder del arte y la literatura, ese don subversivo de la belleza, sea expropiado de una manera tan interesada y convertido en una producción amansada, con bozales.

Puede sonar arbitrario, pero creo que eso fue lo que se logró con la pintura al encerrarla en un museo, donde se convirtió en algo sagrado, rodeado de alarmas. Imagina qué experiencia tremenda sería disfrutar del cuadro de “Los fusilados”, de Goya, en medio de una plaza.

Imagen: La Jiribilla

Para usted, el reto de un escritor latinoamericano y caribeño debería consistir en desacomodar nuestras conciencias colonizadas ¿Cómo opina que han contribuido a este empeño los exponentes de la literatura en los últimos tiempos?

Creo que se ha manifestado algo de irreverencia y desacralización de la realidad, esa realidad codificada por los “maravillados ignorantes” que elaboraron nuestra concepción del mundo, porque América se terminó (volviendo lo que decían estos señores) después de devastar las culturas originarias con sus habitantes. También los viajeros a quienes tanto les debemos por sus aportes, como Humboldt, vinieron con una visión europea de la ciudad que querían.

Lo que queda ahora es atreverse a mirar sin esos códigos, los cuales han venido  sumando máscaras sobre máscaras. La intuición literaria apuesta a eso, y se ha demostrado que otro tipo de relato funciona cuando resulta a la vez un buen producto estético.

Creo que la literatura está cumpliendo un papel inevitable en la descolonización subjetiva, porque la naturaleza del arte es libertad, y esa libertad aplicada a la escritura termina por proponer un cambio en las miradas tradicionales, que se acoge masivamente o no, pero remueve.

Hubo un momento en Nuestra América en que se reunieron esos “monstruos en la casa”: Carpentier, Lezama Lima, Borges, García Márquez, Vargas Llosa, Sábato, Onetti… Ahora observo que las literaturas en nuestras regiones tienen más el encanto de los vasos comunicantes: hay mucha búsqueda. No existe un modelo de novela o de cuento, sino que nuestros autores están obligados a renovar porque se rompió el espejo de la realidad unificada, y eso es muy enriquecedor tanto para escritores como para lectores.

¿Sigue creyendo que un escritor siempre está “pretendiendo” serlo?

Lo que sigo sintiendo es el poder de venganza de las palabras: en la vida uno siempre tendrá que responder por lo dicho. Yo aseguraba, por ejemplo, que “escritor es quien escribe”, pues me molestaba un poco la actitud de algunos compañeros, quienes siempre hablaban de una novela que iban a escribir y nunca lo hicieron. A la vez sufría, pues me preguntaba si algún día  sería así. Para evitarlo, me propuse andar todo el tiempo con libretas donde pongo cualquier cosa, lo que va a germinar y lo que no. Trato de ser leal a esa relación con la literatura, como un buen amor.

¿Podría Roberto Burgos amar un libro suyo por encima de otro?

Creo que un escritor tiene la misma debilidad de las madres, aunque quizás llamarlo debilidad no sea tan justo. Y es que siempre se está protegiendo, e incluso sobrevalorando, al más reciente. También uno distingue: mi primer libro de cuentos Lo amador, me genera cierta emoción porque salvó mi vocación literaria. Pero a los títulos más recientes uno siente que debe acompañarlos un rato, son sentimientos encontrados.

¿Se encuentra inmerso en la gestación de una nueva criatura?

En abril salió el libro de cuentos El secreto de Alicia, y ahora estoy escribiendo una novela, género que me hace tender al recogimiento. Casi no vengo por el temor a interrumpirla, pero hay sobradas razones para estar en Cuba cada vez que sea posible.

¿Podría su reciente experiencia en nuestro país formar parte de ese proceso creativo?

No sé si será un pretexto, ya que realmente tenía que curarme las culpas por dejar mi novela atrás, pero en el viaje me percaté de que esta era una oportunidad especial para alimentarme mucho, porque hay algo aquí que no está en otro sitio del mundo: esa luz... Me voy con toda esperanza de que me acompañe.

Comentarios

Me gustó esta entrevista y qué orgullo nos hace sentir Roberto a los latinoamericanos por su humanismo y por su inquebrantable vocación literaria.

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