Una niña llamada Alicia
(3ra y ¿última parte?)

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba
"Solo Lewis Carroll nos ha mostrado el mundo tal y como un niño lo ve, y nos ha hecho reír tal y como un niño lo hace”

Virginia Woolf

Imagen: La Jiribilla

En una de las funciones de estreno del espectáculo Alicia (En busca del conejo blanco), de Teatro de Las Estaciones, ofrecidas los días 17 y 18 de agosto, en la Sala Pepe Camejo, en Matanzas, se me acercó una niña de ojos brillantes y rostro pecoso. Me regaló un dibujo sobre nuestro montaje. Su visión sobre nuestro imaginario mundo de títeres deja ver unas menudas flores, la mesa de té y café del sombrerero loco y la liebre chiflada, y debajo, tímidas, las barajas 5 y 7 de corazones. Pensé enseguida en lo que nuestro colega de la prensa Yuris Nórido, del semanario Trabajadores, escribió en su trabajo “Alicia viene con Las Estaciones”, publicado el pasado 20 de agosto:

“Alicia, el célebre personaje de Lewis Carroll, le viene de maravillas a Teatro de Las Estaciones. Es más, uno se pregunta cómo es que no lo habían asumido antes.”

La mirada interrogadora de la pequeña con su bosquejo de nuestra obra pintado en un papel, me devolvió una y otra vez a los momentos iniciales del laboratorio que precede siempre a nuestros estrenos. ¿Por qué no había acudido antes a una protagonista de cuentos clásicos tan atractiva y tentadora como Alicia? Solo Caperucita Roja, presente en el texto de Modesto Centeno que inicia la dramaturgia cubana para títeres, en 1943, le había hecho la competencia, en tanto heroína femenina, al Gato con botas, el Patico feo y Pinocho. Dos seres zoomorfos y dos antropomorfos le dan la bienvenida a la chica ideada por Carroll en el siglo XIX, que vive entre el sueño y la realidad en una región donde no hay reglas ni edictos que coarten ningún suceso. Todo sucede porque sí, conforme a las leyes que rigen una obra de arte volviéndolo todo intemporal.

—¿No te gusta?, me preguntó la nena ante mi mutismo momentáneo, a la vez que me señaló la imagen de Alicia, con sus motonetas coloridas, su vestido azul, junto al conejo blanco, la Duquesa, su bebé puerco y el gato de Cheshire. —Sí, me gusta mucho. Le respondí como otro muchacho más, enredado en esa madeja de sensaciones en que hemos trabajado durante largos meses. “Es un cuento sin sentido”, me dijeron algunos de mis compañeros de profesión, que estaba demasiado permeado de simbolismos, y de cosas que no gustaban a los niños. Hubo más, que si era un cuento demasiado cruel, con una Reina déspota y malgeniosa cortadora de cabezas y que era una historia muy extraña. Pensé mucho en ese entonces en las pocas oportunidades escénicas que ha tenido esta infanta en nuestro país. El susto de quien se sabe en peligro volvió a recorrerme el estómago a la vez que encendía mi afición por la aventura. Cuentos, canciones y poesías de origen anglosajón conviven en los dos libros de Lewis Carroll sobre Alicia (“Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas” y “A través del espejo y lo que Alicia encontró allí”), animales, objetos y personas de un atractivo fantástico intenso, algo raros sí, pero nunca aburridos ni descoloridos.

No le pregunté a la chiquilla si le había gustado la representación, toda vez que era su segunda visita al teatro en menos de dos días. Su respuesta era aquel esbozo de nuestra selección de personajes sacados de dos libros abundantes en seres disparatados y mágicos. Me señaló en el papel a la Reina, la oruga voladora de nuestra versión y los gemelos. No había pintado a la madre ni a la puerta ¿por qué? Inquirí: —Las madres siempre son de verdad y las puertas no tienen ojos.

Imagen: La Jiribilla

El trabajo periodístico de Nórido respondía a la vez mi auto cuestionamiento:

“…toda esa fantasía desbordada de las historias de Carroll (fantasía con ciertos toques de delirio) tiene mucho que ver con el estilo interpretativo y la visualidad del conjunto.”

Corroboré entonces que nuestro grupo, como Alicia, ha estado siempre a la caza de una ilusión, por muy difícil de atrapar que esta sea. El descenso al submundo que nos propone Carroll, donde, el sueño y la intemporalidad acompañan a personajes y espectadores, es también una manera de romper con algunos códigos de la formal estructura escénica para contar una historia y la posibilidad de armar nuestro propio universo de fantasías, como si de volver a la infancia se tratase, uniendo, como en la música, disonancias con armonías tradicionales.

Definitivamente los niños y niñas son una caja de sorpresa. Nunca llegamos a conocerlos lo suficiente. Desgraciadamente los adultos olvidamos demasiado pronto esa etapa inocente y feliz de nuestras vidas. Hasta nos olvidamos, como yo, de preguntarle su nombre a un ser candoroso como esta pequeñuela, que me obsequió su percepción pictórica de nuestra puesta en escena de forma espontánea. El espectáculo comienza a vivir ahora su verdadera existencia. Ojalá consiga de otros este gesto tan hermoso que hasta hoy me mantiene conmovido y a la expectativa. Imagino el nombre de esta chica, no puede ser otro: Una niña llamada Alicia.

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