Kleiber, el director completo,
según Carpentier

Josefina Ortega • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

"Kleiber era el director completo, a quien nada, en el mundo de la música, —al decir de Alejo Carpentier— le era ajeno. Cuando le tocaba estrenar la partitura de un compositor joven de nuestras tierras, estudiaba su obra con tanto amor, con tanto rigor, como si se tratara de una nueva creación de Stravinsky o de una olvidada sinfonía de la Escuela de Manheim [...]."

Nacido en Viena, el 5 de agosto de 1890, Erich Kleiber, quien estudió en el Conservatorio de Praga, dio su primer concierto en Cuba en el teatro Auditorium, el 25 de marzo de 1943. Y dirigió como titular, durante tres años, la Orquesta Filarmónica de La Habana, a la que elevó a planos estelares en esa época.

Ya para entonces el músico vienés era reconocido como uno de los más eminentes directores en el mundo. Se afirma que su genio estaba hecho, a la vez, —según el autor de “El siglo de las luces”— de pasión y de mesura, de conciencia y de ardor, de ciencia y de sensibilidad. "El director "aclaraba el propio Kleiber— debe ser una suerte de médium, una suerte de 'transmisor' del pensamiento de los maestros".

Cierto día, —ustedes tal vez conocen la anécdota—, mientras Carpentier paseaba por el Bosque de La Habana, en vísperas de una ejecución de la Novena sinfonía, Kleiber le preguntó:

—¿Sabe usted cuántas veces he dirigido la Novena en mi vida? ¡198 veces!... Pues bien, creo que solo ahora comienzo a dirigirla bien. Antes, estaba demasiado enamorado de la partitura para poderme dominar ante ella. Me dejaba arrastrar. Ahora conservo toda mi sangre fría. Puedo dirigirla “objetivamente”. Ése es el secreto del arte de todo director: obtener un rendimiento exacto, consciente, medido, de toda materia sonora. Estar pendiente del pensamiento del compositor, sin dejarse llevar por los arrestos personales…

Con apenas 33 años, fue director de la Ópera de Berlín, cargo que era, sin duda, uno de los más importantes que pudieran ofrecerse a un músico entre las dos guerras. No obstante, en 1935, lo abandona por desacuerdo con el régimen nazi, al que se niega, desde un comienzo, a dejar de interpretar las composiciones de los autores judíos. Su atrevimiento en ejecutar sinfonías de Mendelssohn le costó enfrentarse incluso al mismísimo Goebbels, "permitiéndose el peligroso lujo de modificar sus programas a última hora, para dirigir alguna partitura prohibida por la estética del régimen".

Esta conducta suya lo obliga a marcharse de Alemania en 1935, y al llegar a la Argentina, adopta de inmediato la nacionalidad de ese país latinoamericano, donde acaso pensaba acabar sus días y tenía una única propiedad: “su remanso”, como la llamaba.

Ya en La Habana, luego de un trabajo memorable en el teatro Colón de Buenos Aires, Kleiber, al frente de nuestra Filarmónica, —fundada en 1924, por el músico español Pedro Sanjuán—, contribuirá a forjar una de las orquestas más importantes de América en su tiempo. Con ella dará a conocer buena parte del repertorio sinfónico universal, así como también estrena obras de autores nacionales, como La rumba, de Alejandro García Caturla y, Sinfonía en Do (II y III Movimientos), de Julián Orbón, (hijo de español y cubana, nacido en Avilés, Asturias, y avecindado en La Habana). Asimismo desfilan solistas notables, el violinista Yehudi Menuhim, el flautista Roberto Ondina y el pianista José Echániz, entre otros.

A propuesta suya, en noviembre de 1944, se inician los conciertos populares de los domingos, "que —en el recuerdo de Carpentier— desafían la falta de vehículos y las confrontas de media noche para escuchar música sinfónica con religioso recogimiento".

"Pronto podré ejecutar aquí 'La consagración de la primavera' —declara el director vienés. Cuando una orquesta llega a poder ejecutar correctamente la partitura de Stravinsky, puede decirse que ha alcanzado la madurez…".

Sin embargo, su sueño no puede realizarse. Ciertas diferencias de orden estético con el patronato de la orquesta, lo llevan a renunciar a su puesto poco después. Su partida es una pérdida considerable para la Filarmónica de La Habana. (Al respecto, léase en “Temas de la lira y del bongó”, de Letras Cubanas, la carta abierta a José Aixalá, de Carpentier, donde este fija posiciones sobre este lamentable suceso.)

Por cierto, durante su estancia en Cuba, Kleiber, quien era huésped del hotel Presidente, sito en Calzada y G, en el Vedado, muy próximo al Auditorium, —sede habitual de los conciertos de Pro-Arte Musical—, asistía a todas las funciones de los compositores jóvenes, elogiando sin cautelas o criticando con dureza. Un día —lo cuenta Carpentier— preguntó a varios músicos nuevos, cuyos ideales estéticos parecían discutibles, cuál era la causa de una cierta comunidad de estilo que observaba en sus obras:

—Queremos —le argumentaron— librar nuestra música de los males traídos por el romanticismo.

—Hijos —les respondió el maestro— la música contemporánea es fruto de la unión de un padre, que se llama Clasicismo, con una madre que es el Romanticismo. ¿Cómo van a renegar de una herencia que les corresponde por ley ineludible? [...] Por suerte, ustedes son jóvenes: ¡Ya tendrán tiempo de curarse de su jacobismo musical!

Kleiber regresó en 1954, ocasión en que dirigió varios conciertos, entre los días 8 y 28 de enero, fecha del último que diera en nuestro país. Murió en Zurich, Suiza, el 27 de enero de 1956.

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