Presentación de La Gaceta De Cuba
(Julio-Agosto de 2013)

Ambrosio Fornet • La Habana, Cuba

Empiezo por disculparme, porque se supone que estoy aquí para  presentar la última Gaceta y resulta que no voy a poder hacerlo. Déjenme explicarles: todavía no había leído la mitad del material incluido en la revista  cuando empecé a sospechar que la tarea sobrepasaba mis fuerzas. La sospecha era ya una dramática certidumbre cuando terminé la lectura, porque ¿cómo resumir en unos párrafos la satisfacción que sentí, como lector –y también como editor, lo confieso—al ver que aquel abigarrado mosaico de temas y géneros tenía tal coherencia, la que le daba el nivel de cada uno de  los textos?

La idea de la fiesta portátil se asocia al vagabundeo y la bohemia en espacios urbanos privilegiados, pero ustedes se pueden dar el lujo de disfrutar de una experiencia semejante con solo recorrer sin prisa el espacio que forman esas 64 páginas atrapadas por Michele Miyares y Alejandro Arango entre  imágenes que se autodefinen como  desobedientes. Ustedes pueden darse ese lujo, en efecto, pero yo, como  presentador,  ¿qué podía hacer? ¿Iba a dar cuenta, en quince o  veinte minutos,  del placer  que depara una lectura así? ¿No correría el riesgo de simplificar, o aun de pasar por alto el mérito real de, por ejemplo, esos poemas de Ahmel Echevarría, Teresa Fornaris y Edwin Reyes que ganaron el premio y las menciones del último concurso de la Gaceta? ¿Y quién garantizaba que no iba a ocurrirme  lo mismo con “El arte de roncar”, el cuento enviado desde la República Dominicana por José M. Fernández Pequeño, o con las críticas y reseñas de David Leyva a Escritores olvidados de la República –supongo que lo han visto: el volumen de un colectivo de autores recién publicado por Ediciones Unión--, o la de Javier Negrín a un  poemario de Rafael Carballosa, o la de Yanetsy Pino al último número de la revista Amnios? ¿Iba a hablar del texto de Corina Matamoros dedicado al centenario del Museo Nacional de Bellas Artes  sin mencionar también su impresionante rescate de la obra de Raúl Martínez, que todavía leemos y hojeamos boquiabiertos?

Por un momento creí que podría disimular mi torpeza  con un acto de magia, haciendo un rápido inventario de colaboraciones, por ejemplo, y concentrándome acto seguido en sólo dos puntos: la sección de homenaje a la memoria de Alfredo Guevara y el “Monólogo de Haydée”, la novedosa transcripción de una charla filmada por Manuel Herrera en la que Haydée Santamaría cuenta dramáticas experiencias personales, sobre todo de la última etapa de la lucha clandestina. Sabía que tampoco esto sería fácil: dijera lo que dijera, nunca iba a poder trasmitirles lo que ese  testimonio tiene de conmovedor, su palpable autenticidad, un tono de intimidad y frescura que lo hace realmente excepcional. Lo que yo pensaba hacer era limitarme a las anécdotas, contarles, digamos, por qué aquel joven precoz llamado Abel Santamaría, que no odiaba a nadie, odiaba tanto a Batista –al Batista anterior al golpe, quiero decir--, y la razón es que se sentía políticamente frustrado: soñaba con tener un dirigente como Guiteras  y para ese entonces aquello  era –o parecía ser —imposible…, por culpa precisamente de Batista, el asesino de Guiteras. Uno se percata de la forma en que  van construyéndose las identidades entre esos jóvenes que se forjan a sí mismos a imagen y semejanza de sus modelos. Y podemos palpar las diferencias y matices que existen entre aquellos a quienes --por estar distantes en el tiempo y ya revestidos de mármol--  solemos imaginar como iguales y de una sola pieza. Es el caso de Abel y Frank País, por ejemplo.  Abel era de una alegría contagiosa; Frank, no. “Frank –recuerda Haydée–, hasta cuando sonreía era triste.” Una personalidad compleja, sin duda, en la que se mezclaban el militar y el artista. Solía sentarse al piano a interpretar de memoria pasajes de música clásica –o eso parecía—y resulta que eran improvisaciones o piezas compuestas por él mismo.

¿Cómo no ceder a la tentación de abrirles una pausa a esas contradicciones?  Van a reaparecer después, a otro nivel –ya lo veremos–, cuando Julio César Guanche y Manolo Pérez recojan documentos y testimonios inéditos de Alfredo. Pero ahora permítanme volver  sobre los dos puntos en que pensaba concentrarme para simplificar mi estimulante, aunque abrumadora tarea. Ambos puntos estaban curiosamente entrelazados desde sus orígenes, como lo estuvieron Alfredo y Haydée  en sus respectivas trayectorias como dirigentes de aquel memorable binomio compuesto por quienes formaban –me gustaría poder decir: “formábamos”—lo que solíamos llamar  entonces, con todas sus letras, la vanguardia artística y política de la Revolución. El registro fílmico de la  charla  de Haydée –un material en bruto, cuyos setenta-y-tantos minutos de duración nunca fueron sometidos a las exigencias técnicas y artísticas del documental—fue una tarea que Alfredo le asignó a Manuel Herrera con el único fin –cuenta Rebeca Chávez—de que quedara constancia viva del momento. Es magnífico que la Gaceta, quizás sin proponérselo, haya vuelto a reunir simbólicamente al fundador del ICAIC con la fundadora de la Casa de las Américas, y con ellos a esos dos organismos emblemáticos que lograron traer a medio mundo hasta nosotros y llevar lo mejor de nosotros al resto del mundo.

Entrelazadas  también por el  dinámico eslabón del cine están las dos primeras secciones de este número, la  del homenaje a Alfredo y la titulada “Un nuevo mapa del cine cubano”, que incluye resúmenes de enjundiosas ponencias presentadas en la Tercera Muestra Temática del Cine Pobre a las que el tiempo, por cierto –datan de 2010—no les ha restado actualidad. A ellas se añaden incisivos y polémicos artículos de críticos y cineastas, a los que volveremos. La posibilidad de “acercarnos” a la personalidad de Alfredo  se anuncia desde el título mismo de la segunda sección y se materializa gracias a los buenos oficios de Julio César Guanche, Manuel Pérez Paredes,  Kiki Álvarez y Luis Ernesto Doñas. Me da no-sé-qué tener que repetirme, pero no me queda más remedio que hablar de la imposibilidad –o más bien de mi incapacidad—de  reducir esos reveladores testimonios al ridículo espacio de media página. Por suerte, Guanche nos sumerge en el tema de las personalidades complejas a través de un solo rasgo y una sola fractura ideológica del personaje. ¿Por qué Alfredo Guevara, que siempre usaba saco, se  lo echaba sobre los hombros  y nunca se lo ponía como Dios manda? Porque detestaba tanto las guayaberas como los dictados de la rutina; el saco indócil –dice Guanche— era sólo una risueña metáfora. ¿Por qué aquel joven anarcosindicalista se hizo marxista y luego “comunista libertario” y después –después del Moncada--  abandonó el PSP?  Porque se dio cuenta de que la política del PSP no conducía a ninguna parte  y porque la orientación  cultural soviética no lo convencía. (Era lógico: él  --“como nosotros después”, podríamos añadir—soñaba con la irrenunciable posibilidad  de  “un socialismo renacentista”.)  Manolo Pérez, por su parte,  comenta que en 1957, después de pertenecer durante más diez años a la Juventud Socialista, Alfredo dejó el Partido; seguía considerándose marxista, pero ya no marxista-leninista, porque –según creo entender-- una cosa es operar con leyes generales y otra con teorías surgidas en contextos muy específicos y situaciones muy concretas, no aplicables a todos los países por igual. Kiki Álvarez y Luis Ernesto Doñas nos muestran, a través de experiencias personales, de qué modo ejercía Alfredo entre los jóvenes su singular magisterio. Vemos en un caso cómo el criterio que parecía anunciar  un conato de  censura se convierte en un reclamo de autenticidad que permite remodelar la poética de un filme; y en el segundo, cómo una experiencia de trabajo de equipo autoriza a definir al personaje como un hombre con vocación de maestro, un forjador de núcleos intelectuales (núcleos a los que, por lo visto, Alfredo  aplicaba la socorrida etiqueta de think-tanks).

Ustedes no podían  darse cuenta, porque todavía no han visto el número, pero lo he  venido cartografiando en marcha-atrás como una simple maniobra para aplazar el ingreso a su primera sección, la que despliega –a lo largo de casi veinte páginas– el ya citado “nuevo mapa” del cine cubano. Lo de nuevo alude aquí a un territorio en disputa a propósito del cual se dirimen las relaciones existentes  entre los cineastas y lo que la Gaceta llama “el sistema institucional de la cultura”. El tramo inicial del recorrido lo cubren las ponencias presentadas en el Tercer Festival de Cine Pobre, cuyo director, Sergio Benvenuto Solás, cedió a la revista este notable documento. La mesa redonda estuvo organizada por nuestro recordado Rufo Caballero y no creo simplificar demasiado sus preocupaciones si intento resumirlas en una pregunta: la práctica independiente del cine –o del audiovisual en su conjunto-- ¿garantiza la puesta en práctica de un  nuevo lenguaje, de una nueva estética? Rufo invita a los panelistas –primero a Mayra Pastrana y Joel del Río, después a Inti Herrera, Kiki Álvarez, Sergio Benvenuto  y Arturo Arango—a exponer su criterio sobre el modo en que los cineastas, por un lado, y la industria, por el otro, han maniobrado dentro de esa vorágine donde ahora se pone en discusión la dialéctica entre lo individual y lo colectivo, entre el talento de cada cual y los recursos materiales y financieros disponibles.  Lo único que puedo decirles del debate es que no se lo pierdan. Se trata de un documento imprescindible para entender los términos del conflicto, al que sólo falta añadirle –si aspiramos a una auténtica visión de conjunto—el otro punto de vista, el de la industria. Porque, como bien dice Rufo al concluir el debate, la independencia siempre se define en relación con algo, y aquí ese algo se llama ICAIC. Y “¿quién conoce cuál es la línea del ICAIC –se pregunta Mayra--. ¿Hay un pensamiento ICAIC?”. Joel, por su parte, aunque  reconoce los méritos de la institución, opina que atraviesa una crisis  desde  hace mucho, desde la época de Video de familia, el filme de Humberto Padrón que abordaba  “los temas más delicados y novedosos de la sociedad cubana en ese momento”. Era –sostiene Joel—“la película que el ICAIC tenía la obligación de hacer y no hizo”.

Es una grata sorpresa encontrar, al final del dossier, el “Acta de nacimiento” –así como los fundamentos de su creación--  de un núcleo sólidamente estructurado, el Grupo de Trabajo permanente de los cineastas, cuyas posiciones y demandas –que empiezan subrayando la necesidad de una Ley de Cine-- tienden a consolidar y renovar a la vez la práctica cubana del audiovisual, desatendida por el ICAIC en los últimos años, a juicio de los demandantes. De ese abandono  y del surgimiento del  Grupo habla serenamente Magda González Grau en “Rescatando la confianza”, y a  la necesidad de actuar se refiere implícitamente Hamlet Fernández en una  amarga reflexión sobre el status de los críticos de cine, reflexión   cuyo subtítulo equivale a un programa: “¿Cómo cambiar las reglas del juego?” Si lo he entendido bien,  parecería  que la única respuesta posible es “cambiando el sistema”,  porque la crítica, para ser realmente crítica, tiene que ser libre, como dice el autor, y eso difícilmente puede lograrse en un medio como el nuestro, donde la prensa depende del gobierno, sigue estando  --cito—“monopolizada por el poder estatal”. (Sólo se me ocurre comentar, parafraseando un comentario célebre: “!Pobres críticos…, tan cerca de la UPEC y tan lejos de Google!”) Pero no hay que desanimarse: muchos piensan –pensamos-- que se pueden cambiar las reglas del juego dentro del sistema. O al menos es lo que deduzco del texto de Magda, ya citado, que alude al poder de convocatoria del Grupo de Trabajo de los cineastas; dentro de él ya están todos, críticos incluidos, “es decir –cito— todos, un retrato de familia del cine cubano actual en el que no falta nadie”.  Esa abarcadora imagen, por cierto, parece ser un trasunto de esta misma Gaceta, porque en lo que se refiere al cine --al audiovisual--,  la cosa no termina ahí: se prolonga en recuentos como el de Berta Carricarte sobre la duodécima Muestra Joven del ICAIC  --digno de formar parte del dossier--, y en críticas y comentarios como los de Angel Alonso sobre La piscina (el filme de Eduardo Machado Quintela); de Juan Antonio García Borrero sobre Melaza (el filme de Carlos Lechuga); de Justo Planas sobre Mapa (y otros documentales de Damián Saínz),  y de Pedro R. Noa sobre  audiovisuales de Alejandro Arango. Es curioso --aunque aquí esté muy lejos de parecer casual-- que la reseña de Celia Rodríguez y Nils Longueira sobre la exposición de Adrián Fernández en la Galería Servando se titule  risueñamente “Sweet Habana”.

Ahora veo con alarma que mis temores no eran infundados. Ya a estas alturas, cuando pensaba que, mal que bien, había llegado al final del camino, me doy cuenta de que he pasado por alto dos componentes insoslayables del número: de un lado,  las notas necrológicas --el emotivo  obituario que Alex Fleites dedica a la memoria de Vicente Rodríguez Bonachea, por ejemplo, y aquellas en que la propia revista consigna la pérdida de intelectuales, artistas y funcionarios culturales de grata e incluso de ingrata memoria--; y del otro, las ilustraciones: imaginativos dibujos del propio Bonachea, uno especial  de Diana Montero, la espléndida muestra  iconográfica de Mola en la que los inquietos y locuaces cineastas –algunos reconocibles a simple vista, otros no—se congelan como regocijantes caricaturas sobre la página. A quienes padecemos del síndrome de Gutenberg y otras manías tipográficas nos suele ocurrir con las ilustraciones que no las vemos o no las registramos: es como si se naturalizaran al contacto con el texto, como si formaran parte de las resmas de  papel y vinieran así de fábrica. Craso error… y mucho más tratándose de la Gaceta, que ha hecho del diseño –tanto de cubierta como de planas—una de sus propuestas más renovadoras y desafiantes.

Una aclaración: tratando de no caer en el obsesivo ritual de las efemérides  decidí pasar por alto la malvada insinuación de Norberto cuando me dijo, como quien no quiere la cosa, que esta presentación de la Gaceta coincidía con el aniversario 52 de la fundación de la UNEAC. Pero no es justo que pasemos eso por alto, así que ya lo saben: esta presentación de la Gaceta coincide con el quincuagésimo segundo aniversario de la fundación de la UNEAC.

Sólo me queda disculparme de nuevo –esta vez por extenderme más de lo previsto—y rogarles que no tomen mis improvisadas opiniones como dictámenes. Aun a riesgo de ser acusado de plagiario, me permito sugerirles que adquieran el número –cuesta cinco pesos, pero los vale--, que lo lean con calma y que saquen ustedes mismos, entonces,  sus propias conclusiones.

Muchas gracias.

22 de septiembre de 2013

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