A propósito de las olas y tsunamis de la emancipación en América Latina

Lunes, 26 de Agosto y 2013 (11:20 am)

En el momento de cumplirse 500 años del inicio de una aventura que dio como resultado la constitución del primer sistema-mundo de dimensión planetaria; a 500 años del inicio del mayor genocidio conocido en la historia de la humanidad, la calma provocada por el vaciamiento de sentidos que llegó con el neoliberalismo y el llamado fin de la historia empezó a verse perturbada por rebeliones pequeñitas, variadas, humildes y silenciosas pero imperturbables, que salían de los subterráneos mostrando las huellas de una larga resistencia a la opresión.

Hace un poco más de 500 años América nació como el nudo conflictivo desde donde se fraguaba la globalidad capitalista. Una globalidad que surgía de la combinación de lo diverso, negándolo y sometiéndolo pero nutriéndose de su versatilidad. Una globalidad hegemonizada que derramaba tragedias. La globalidad de la guerra infinita, de las muertes inocentes, del saqueo y la depredación. La globalidad del pensamiento único, de la modernidad y la occidentalización, la globalidad del blanqueamiento.

El libro que nos ofrece Hugo Moldiz relata una larga historia de luchas con tres momentos centrales, que aluden a las distintas modalidades de colonización o sometimiento que se implantan en las tierras del Abya Yala, en las tierras de los mayas, taínos, mexicas, incas y tantos otros pueblos arrasados, aunque no borrados. Modalidades de colonización que alimentan un proceso largo de acumulación, desposesión y lucha en el que el sujeto hegemónico se transforma y cambia incluso de centro geográfico.

“La hegemonía se estructuró sobre una política de exterminio” nos dice Moldiz, “…es completamente falso que los indígenas se rindieron rápidamente por una mezcla de temor y admiración”.

Las luchas de resistencia a la invasión, a la Conquista, al genocidio étnico, al arrasamiento cultural y territorial no han parado desde hace ya más de 500 años, pasando por las guerras de Independencia, que además de dar lugar en muchos casos a una nueva institucionalidad, jurídicamente descolonizada, fueron un escenario continuado de las guerras por una descolonización integral. Tanto los pueblos originarios de esta región del mundo como los pueblos implantados acá provenientes de otras, mayoritariamente de África, después de tres siglos de colonización seguían peleando por mantener sus costumbres, tradiciones y modos de vida. Por vivir de acuerdo con sus concepciones y prácticas, por volver a ser libres y autónomos. Su participación no fue secundaria en las guerras de independencia, fue fundamental; no fue “intuitiva” ―como en algún lugar sugiere el texto―, fue deliberada, a pesar de que el desenlace y la reconstrucción societal subsiguiente correspondió más a los proyectos de las cúpulas del poder arraigado localmente que a las aspiraciones emancipatorias de los pueblos sometidos tanto por esas cúpulas como por los representantes de la Corona.

No se puede desconocer, sin embargo, que las Independencias constituyeron un paso adelante en esa larga lucha por la descolonización y la emancipación plena, de la que Moldiz asegura, parafraseando a Marx, que ocurrirá cuando “se pase del reino de la necesidad al reino de la libertad” y que tiene un nuevo momento de concentración de tensiones y potencialidades transformadoras alrededor del reciente salto de milenio.

La colonización europea fue sucedida paulatinamente por una relación casi de exclusión con Estados Unidos, amparada en la idea de Monroe que definió las políticas hacia el Continente.

El largo siglo XX estuvo caracterizado por la expansión de EE.UU y por su consolidación como la mayor potencia mundial, punta de lanza del sistema-mundo capitalista. El american way of life se fue implantando tanto como el cristianismo en los tiempos de la Colonia, modificando las formas y las concepciones pero manteniendo la política de exterminio como estandarte hasta llegar al momento actual, el del cambio de milenio, en que, de acuerdo con Moldiz, experimentamos una nueva ofensiva imperial mientras, simultáneamente, se levanta una nueva oleada emancipatoria.

Curiosamente la reflexión de Moldiz no da un espacio del mismo nivel a la otra importante oleada emancipatoria que vivió América alrededor de los años 60 y 70.No desperdiciaré la oportunidad que me da este prólogo de ser la primera en discutir con el autor para destacarlo, con cierta sorpresa. No sólo por la relevancia de la Revolución cubana en la historia de Nuestra América, que logró llegar al punto de plantearse la construcción de formas de vida y de gobierno distintas y disidentes del modelo hegemónico, y que por cierto Moldiz reconoce abundantemente, sino porque no fue un caso aislado o particular, como quizá puede afirmarse de la Revolución mexicana a inicios de siglo. Hubo varias experiencias de gobiernos nacionalistas que, guardando las proporciones históricas, habían emprendido una lucha similar a la de algunos de los casos emblemáticos de la actualidad (Venezuela, Bolivia y Ecuador) y un espíritu libertario y guerrillero se extendía por todo el Continente buscando la subversión de las condiciones existentes, tomando como aliciente la experiencia de Cuba.

En un contexto en que golpes de estado recurrentes imponían gobiernos antipopulares marcadamente represivos internamente y complacientes hasta la exageración con los intereses de EE.UU., dos vertientes de lucha, coincidentes en la búsqueda pero diferentes en los caminos adoptados, empujaban hacia una Nuestra América más libre y soberana. Organizaciones revolucionarias emulaban el proceso cubano y lo reinventaban a partir de sus propias condiciones. Había una efervescencia emancipadora absolutamente contagiosa que tuvo en la región del Cono Sur su experiencia más lograda y más ambiciosa con la Junta Coordinadora Revolucionaria (JCR), constituida por el MIR de Chile, el ERP de Argentina, los Tupamaros de Uruguay y el ELN de Bolivia.

Una organización de organizaciones que trascendió las fronteras políticas impuestas en el momento de conformación de las naciones a resultas del proceso independentista, que ganaba terreno y adherentes en la medida que crecía su autoridad moral, y que estuvo a punto de generar una amplia región socialista en América del Sur.

Como sabemos la siniestra Operación Cóndor abortó los sueños libertarios de miles de luchadores que se agrupaban en torno a la Junta. Solamente en Argentina este episodio costó el aniquilamiento de una generación completa y una cifra de 30 mil muertos, que se acompañaban de los de Brasil, Paraguay, Chile, Bolivia y tantos otros lugares donde guerrilleros por la libertad, contra el colonialismo y el imperialismo entregaron sus esperanzas, sus ilusiones y sus vidas intentando construir un mundo mejor. La tremenda derrota que estos operativos coordinados significaron y el vacío que se instaló en cada uno de los fantasmas vivientes que quedaron sobre los escombros, no cancela la apuesta ni la capacidad organizativa que se desplegó, y mucho menos el horizonte utópico que la movía. Las organizaciones revolucionarias más importantes de la época habían logrado crear una organización que trascendía los cercos nacionales impuestos por las clases dominantes y se movía con las únicas fronteras de sus horizontes de lucha, que estaban abiertos al futuro.

La segunda vertiente libertaria de este momento, con características muy distintas, fue protagonizada primordialmente por estudiantes universitarios. Como tsunami planetario inició en Francia en mayo de 1968, en el París de la Sorbona, y se desparramó hacia todos los puntos de la geografía.

El episodio de mayor relevancia en América, tanto por la profundidad y duración de la lucha como por el salvajismo del desenlace, fue el de México. El movimiento creció, se extendió y se profundizó. Los jóvenes reclamaban libertad para pensar, para amar, para circular y opinar; recorrían los mercados y las fábricas en la ciudad, se adentraban en el cinturón rural en diálogo con los campesinos y lograron sacudir la realidad y los sentidos comunes, los miedos y la resignación. Dos meses de movilizaciones y transgresión de las normas sociales asfixiantes de la época fueron suficientes para desatar la ira de los dueños o depositarios del poder. El movimiento fue arrasado, como el de la JCR en el Cono Sur, por las botas militares. Y a pesar de que la sociedad se hundió en un período depresivo después de la masacre de Tlaltelolco, los cambios fueron notables. En México Pinochet se llamaba Díaz Ordaz y reprimió con el mayor odio, como el otro, a los jóvenes que pedían libertad, que querían leer a Marx y Marcuse, que se ahogaban en el oscurantismo. Y después de la masacre, que todos llevamos estampada en las conciencias, nunca pudimos vivir y entender el mundo de la misma manera que antes.

Con todo y el costo sangriento del movimiento estudiantil y del trágico desenlace, las voces del 68 cambiaron la dinámica política y cultural de la época. Nada echó atrás la lucha, ni en Francia, ni en México, ni en ninguno de los otros lugares donde las manifestaciones de inconformidad y de búsqueda ocurrieron.

Dos caminos muy distintos, pero con un horizonte confluyente, modificaron definitivamente el paisaje nuestroamericano. La construcción del socialismo en Cuba y las luchas en el resto del Continente plantearon una fuerte confrontación con las modalidades abiertamente imperialistas que asumía el nuevo hegemón. La Alianza para el Progreso, el bloqueo a Cuba, la Operación Cóndor, el trabajo de la USAID penetrando y controlando poblaciones y auspiciando golpes de estado y el despliegue de la CIA entre las iniciativas más destacadas, anunciaban que esos nuevos tiempos serían duros y que la autodeterminación y la emancipación cuestan. Sin las movilizaciones populares de esos momentos todos nuestros países se hubieran convertido en las Repúblicas bananeras que tanto gustaban al Tío Sam. Papa Doc y Somoza hubieran reinado en todas nuestras tierras. Sin embargo, a pesar del arrasamiento de una generación completa en algunas regiones y de la persecución y cooptación generales, la idea de que el socialismo era posible y la apertura de espacios democráticos y de florecimiento de las ideas fue instalada por estos movimientos.

El neoliberalismo se ocupó nuevamente de irlos cerrando o pervirtiendo. Las universidades intentaron ser disciplinadas por el pensamiento único y las sociedades devastadas por el mercado único, que anulaba la diversidad local para imponer una diversidad estandarizada global y pretendía privatizar hasta el agua de la lluvia, empezando por la que cae en Cochabamba.

Pero la larga noche neoliberal encuentra nuevamente sus límites en la fuerza y la dignidad de los pueblos. Moldiz ubica bien, ahora sí, el momento de esta, para él tercera, oleada emancipatoria: el levantamiento zapatista en Chiapas, que inicia una serie de rebeliones y experiencias de distinta envergadura y estilo pero que abarca casi todos los rincones del Continente y que tiene una tonalidad distinta por la calidad de sus protagonistas.

De la rebelión y resistencia a la invasión y a la colonialidad se pasó a lo largo de estos 500 años a la lucha por el socialismo y, ante la evidencia de la catástrofe ambiental, a la reivindicación de la Pacha Mama y a la rebelión en las cosmovisiones y formas de vida. La modernidad se desontologizó y apareció como producto histórico, abriendo los horizontes de los caminos que permiten trascenderla evitando el suicidio del planeta.

Los pueblos de Nuestra América, como en el momento de las luchas de Independencia, son nuevamente punta de lanza, pioneros, de los nuevos procesos de descolonización y desenajenación.

Tres vertientes ubica Moldiz en esta nueva oleada: la reiterada e insistente lucha por el socialismo; la búsqueda de reacomodo en la división internacional de poderes; y la búsqueda por refundar la sociedad entera mediante la recuperación de la Pacha Mama como razón y sentido general expresada en el concepto/proyecto-político del