Archivo de la Habana publica
a Eugenio Sué

Cira Romero • La Habana, Cuba

El título de esta publicación no puede en modo alguno asociarse con el Archivo Nacional, institución fundada por Orden de la Reina de España fechada el 28 de enero de 1840, el cual no vino a tener órgano propio de divulgación hasta 1902: Boletín de los Archivos de la Isla de Cuba. La labor de esta institución se mantiene como salvaguarda de gran parte de nuestro patrimonio documental, actualmente bajo el nombre de Archivo Nacional de Cuba. Me quiero referir a una “Obra por entregas de literatura, ciencias y artes, consagrada a los intereses de todas clases de esta ciudad y su vecindario” que llevó ese título, aparecida en 1856 y finalizada, al parecer, al año siguiente.

En esos años era bastante común que las publicaciones surgieran por entregas y en determinado momento se conformaran con ellas un tomo que las agrupara. Así sucedió, por ejemplo, con la importante revista El Álbum (1838-1839), cuyas páginas fueron inundadas por la efervescencia romántica cubana, y a la cual nos referimos en su momento en esta columna. La que ahora comentamos tuvo su primera entrega en septiembre de 1856, momento en que ocurre en la isla una verdadera eclosión de revistas literarias, casi siempre de corta duración, pues su existencia dependía de la voluntad de los abonados. El director de Archivo de la Habana fue D. Manuel Zapatero y sus redactores fueron el incansable periodista y mal poeta Felipe López de Briñas y José Agustín Quiñones. Debido a la inestabilidad financiera, su salida fue bastante irregular y al finalizar las ocho entregas correspondientes al primer volumen, único que se ha encontrado, entregaron el índice y la portada correspondientes para que las personas pudieran hacer ellas mismas el tomo o mandarlo a encuadernar a la imprenta.

A pesar de los problemas financieros atravesados, la publicación se avala por la presencia de las figuras literarias más notables del momento que publicaban poesías, novelas, cuentos, artículos originales y reproducidos, así como comunicados, tarifas de carruajes y otros anuncios comerciales. Veamos ejemplos de las tarifas de carruajes, considerando que los había de varios tipos:

Tipos de carruajes y alquiler por horas: Volantas, 3 reales la hora; Quitrines, 2 reales la hora; Carretas, 1 onza de oro 12 horas, incluidos dos negros como ayudantes.

Nombres relevantes de la literatura cubana prestaron colaboración: Joaquín Lorenzo Luaces, José Fornaris, Antonio Bachiller y Morales, Antonio Sellén, José Socorro de León y Luisa Molina. En esta última, nacida en las cercanías del río Moreto, en Matanzas, de educación autodidacta a causa de su pobreza y el aislamiento en que vivía, vale la pena detenerse, pues nuestra Gertrudis Gómez de Avellaneda le dedicó un ensayo apenas conocido, titulado, sencillamente, “Luisa Molina”, publicado en la revista española La América, en 1857, que es respuesta a una carta que le había hecho llegar su compatriota matancera. Dice la autora de Sab al presentarla:

No es una novela la que titulamos con el nombre desconocido que encabeza estas líneas: tampoco es una biografía; pues no vamos a ocuparnos, lo confesamos desde el principio, de ninguna de esas individualidades importantes que han sabido conquistarse poderosamente el interés del público... Dedicamos los cortos renglones, que hoy traza nuestra mano con emoción profunda a una existencia... Que... no nos parece menos interesante... ni menos digna de simpatía que la celebridad más pura.

En su artículo, Avellaneda compara a la escritora cubana con Juana de Arco, en los siguientes términos:

Luisa Molina ha escuchado también desde sus primeros años, y entre las ásperas faenas del campo, esas intimaciones irresistibles de la inspiración y el entusiasmo, que en balde intentarían sofocar la voluntad y el raciocinio. Como los ángeles belicosos, que descendían de las esferas azuladas para poner en la mano femenil de la pastorcilla de Orleáns el sagrado cielo de la patria, gritándole: — ¡Tú serás su salvadora, así ha contemplado también la joven campesina del Moreto, bajar resplandecientes a su humilde cabaña las divinas visiones del mundo de las ideas, trayéndole la lira y anunciándole con inefables acentos —¡tú serás poeta! Y Luisa cumple la extraña profecía: Luisa es poeta, como fue Juana héroe.

Uno de los poemas que más ha trascendido de Luisa Molina, fue acogido en las páginas de Archivo de la Habana:

Soy de la selva un rumor;

Soy un solitario eco

Que sale de lo interior

De un hondo y oscuro hueco,

Como doliente clamor.

 Soy de estos alrededores

La humilde planta campestre,

Que brota pálidas flores

Sin esmalte y sin olores

Entre la grama silvestre

Como muestra del esmero de la revista, editó en un pliego adjunto a cada entrega la novela, o más bien folletín, del escritor francés Eugenio Sue (1804-1857) titulada “Kernok el pirata”, autor también de Los misterios de París (1842) y El judío errante (1845). Los misterios... tuvo una enorme saga a escala internacional—por ejemplo, Los misterios de Londres— y en Cuba también la alcanzó con la voluminosa, pésima e interminable obra Los misterios de La Habana.

La abrupta interrupción de la revista impidió que “Kernok...” se publicara completamente, pero ello no fue obstáculo para que al aparecer la segunda entrega las personas suscritas saludaran con entusiasmo, en la tercera, la iniciativa de los editores de publicar esta obra. Así, una carta firmada por Leticia, decía:

Animo a los señores que editan Archivo de la Habana a continuar dando a conocer las novelas del señor Sue, pues apenas sus obras llegan a las librerías de la Habana, se agotan de inmediato. De esta manera sus lectores y lectoras podremos disfrutar con gusto sus tramas que tanto nos placen.

Ambrosio Fornet anota en su imprescindible obra El libro en Cuba que la primera obra que se publicó en Cuba “en planillas” (equivalentes a las páginas numeradas de un libro, emplanadas de manera que al recortarlas y doblarlas convenientemente formaran un pliego de ocho páginas que, unidos y encuadernados, integraban un volumen) fue Un poeta y una mujer, de Charles Bernard, aparecida en 1843 en el periódico La Prensa, que inauguró esa modalidad en la isla, pero “el primer éxito literario bajo esta modalidad fue precisamente El judío errante, publicada a comienzos de 1844 por El Correo de Ultramar y reproducida ese mismo año por El Diario Redactor de Santiago de Cuba”. También “en planillas” se publicaron, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Espatolino y La baronesa de Joux, ambas en 1844.

Cuando concluyó el primer volumen con las ocho entregas que lo integraron, Archivo de la Habana, al parecer, dejó de ver la luz, aunque algunos bibliógrafos, como Carlos M. Trelles, afirman que hubo un segundo tomo, que no ha sido localizado, si hubiera llegado a publicarse.

La breve existencia de Archivo de la Habana no impide reconocerla como una revista importante de la vida literaria cubana de mediados del siglo xix, y aunque no puede parangonarse, por ejemplo, con sus coetáneas Floresta Cubana (1855-1856) y La Piragua (1856-1857), contribuyó a animar la cultura habanera y sus ecos se hicieron notar en Matanzas, según se aprecia en La Aurora de Matanzas (1828-1857), que le dedicó un “suelto” recomendando su adquisición en la librería El Pensamiento, “a precio recomendable”.

Comentarios

Interesante el comentario todo lo referente a los archivos (privados, públicos, etc) es fascinate, saludos. SECS

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