El sueño postergado del reverendo

Por mucho que desde el costado oficial y los medios vinculados al stablishment se presente como realidad cumplida al cabo de cincuenta años el sueño del reverendo Martin Luther King Jr., no pueden obviarse en EE.UU. no solo las profundas y viejas heridas abiertas por la discriminación y el racismo, sino otras de reciente data que evidencian la persistencia de un problema, aun cuando en términos formales y legales parezca resuelto.

Ni un presidente negro, algo verdaderamente impensable años atrás, ni la existencia de una élite afronorteamericana que ha ocupado puestos cimeros en las fuerzas armadas, los ministerios, la diplomacia, los servicios de inteligencia, los mass media y la academia, han logrado superar la percepción de ocho de cada diez norteamericanos que piensan que el sueño de Luther King no se ha logrado a plenitud, según una encuesta del Pew Reaserch Center divulgada este verano.

La propia encuesta reveló que entre los blancos el 86 por ciento consideró que en materia de igualdad racial “algo” se había avanzado; mientras que entre los negros el indicador cayó a un 71 por ciento, pero de conjunto, el 81 por ciento del universo investigado desestimó el cumplimiento total de las expectativas enunciadas por el reverendo el 28 de agosto de 1963.

Como se sabe, ese día el líder del movimiento por los derechos civiles encabezó una multitudinaria marcha en Washington para reclamar el fin de la discriminación y la aprobación de una ley que consagrara la igualdad, dormida hasta ese momento en los entresijos de la burocracia congresional. Fue cuando pronunció su célebre frase: “I have a dream (Tengo un sueño)…”

Cincuenta años después, un despacho de la agencia alemana de prensa DPA consignó “que los 30 millones de afronorteamericanos que viven en EE.UU. no sólo sufren todavía problemas por prejuicios racistas en un país que es el suyo desde hace siglos. También hay conflictos sin resolver”.

También citó al congresista John Conyers, quien dijo que “los desafíos de hoy dan miedo”, y argumentó cómo, cuando el Tribunal Supremo declaró inconstitucional partes de la Ley del derecho al voto de 1965 este verano, se estaba dando una puñalada al corazón de la ley.

El congresista trajo a colación también el tema de la educación. Recordó cómo "los sistemas escolares, que se habían integrado a pesar de una fuerte oposición, están de facto segregados por cuestiones económicas entre escuelas blancas de padres ricos y escuelas negras de padres pobres”.

Otras estadísticas dan cuenta de cómo las peores cifras corresponden a la población afronorteamericana, seguida muy de cerca por la de origen latino, en cuanto a ingresos carcelarios, remuneración, mortalidad infantil, y hacinamiento habitacional, realidades inocultables a pesar de la implementación de programas de acciones afirmativas.

Preston Knight, un joven abogado negro de Detroit, dijo en un programa radial que “por cada Obama, diez hermanos se pudren en la cárcel; por cada (Colin) Powell, cinco hermanos sirven de carne de cañón en las guerras que hemos emprendido en los últimos años y regresan enloquecidos a casa; y por cada Oprah (Winfrey, la famosa y carismática conductora de televisión), cincuenta hermanos no tienen voz”.

El propio Obama se vio conmovido cuando hace apenas unas semanas supo que el asesino del joven Trayvon Martin, baleado por un guardia de seguridad imbuido de odio racista, había sido absuelto por un tribunal. Obama declaró: “Yo pude ser Trayvon Martin”.

La periodista Sharon Cohen viajó a ´principios de agosto a la ciudad de Birmingham, uno de los antiguos bastiones de las leyes del Jim Crow, para recoger testimonios acerca de si la discriminación racial por fin era una página del pasado. Esa ciudad fue testigo de uno de los crímenes más horrendos del siglo anterior en Norteamérica: el asesinato de cuatro niñas que asistían a un oficio en una iglesia bautista, incendiada por efectivos del Ku Kux Klan.

Allí encontró a la jueza Helen Shores Lee, que de niña vivió la segregación en su versión más cruel. Lee fue nombrada jueza en 2003, es decir, entrado ya este siglo. Ella contó que en sus primeros años como jueza algunos abogados se negaron a ponerse de pie cuando ella ingresó a la sala, como es tradición: “Conozco abogados que le faltan el respeto a clientes de minorías. El racismo está vivito y coleando en el sur. Uno puede aprobar leyes, pero no cambiar la actitud de la gente hacia los negros y los hispanos".

En su crónica, la periodista observó: “Negros y blancos trabajan juntos y cenan lado a lado en restaurantes, pero por lo general no se mezclan después de las cinco de la tarde. Los insultos raciales son inusuales, pero las sospechas y las tensiones persisten”.

"No creo que nadie de nosotros pueda negar que ha habido cambios significativos en Birmingham", dijo Shores Lee. King estaría orgulloso, agregó, pero "él diría que hay mucho trabajo por hacer. Yo creo que nos diría que nuestra tarea no ha terminado".

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