La Casa más joven

Maité Hernández-Lorenzo • La Habana, Cuba

Buscando contactos más vívidos y refrescantes con el público juvenil e infantil, el que no es habitual en los salones de la Casa de las Américas, surgió la idea en 2010 de realizar talleres para niños y jóvenes.

Imagen: La Jiribilla

Con regularidad, en años anteriores, el programa del verano siempre incluyó acciones destinadas a la más joven audiencia. Son muy recordados los conciertos de Teresita Fernández en la sala Che Guevara, las presentaciones de La Colmenita, los trazos de René de la Nuez ante niños y niñas dispersos sobre el suelo del tercer piso. En la pared de la oficina de Diseño, puede verse el cartel que anunciaba la exposición de jóvenes ilustradores para cuentos infantiles, coordinada por Nelson Ponce y celebrada en 2005 bajo el reclamo de Leyendo en Casa.

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De manera que cuando se instalan, como una buena costumbre, los talleres cada verano desde 2010, ya se ha recorrido un largo camino. Nacieron también de la necesidad de interactuar con el público más novel y dar a conocer, desde esas tempranas edades, la historia y presente de la institución.

El paso por la Casa de las Américas en 2009 del escritor y editor argentino Washington Cucurto, durante las jornadas de Casa Tomada, dejó la fructífera huella de los talleres cartonera. Fundador, director y creador de la editorial Eloísa Cartonera, Cucurto aprovechó sus días para legar a la Biblioteca de la Casa no solo sus libros, sino también su práctica como artesano y editor. Y esa práctica provechosa y fértil se trasladó a las manos de niñas y niños. Por esa razón y, porque es uno de los talleres más gustados y buscados por los participantes, cada año el taller cartonera abre este ciclo de encuentros en Arte en La Rampa.

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Fue esa feria cultural y comercial el centro de operaciones de los talleres. Es frecuente que la Casa de las Américas tenga allí una presencia constante por medio de la Red Casa que pone en circulación publicaciones y productos culturales. Es justamente la Red la principal coordinadora de los talleres en ese recinto. Si durante los meses de julio y agosto, Va por la Casa abre sus puertas a una intensa agenda de propuestas que siempre tienen como colofón la maratónica Casa por la ventana, el ámbito de Arte en La Rampa fue propicio para salirnos de la edificación y ocupar un espacio también legítimo en el Pabellón Cuba.

La experiencia ha sido maravillosa. Algunas familias han sido recurrentes desde que se convocaron por primera vez y sus hijos van pasando de taller en taller cada año. Algunos han crecido y en la flor de la adolescencia, se asoman y saludan.

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Pero lo que han demostrado estas cuatro ediciones es que los talleres son fruto de una necesidad. No han respondido nunca al capricho de sus organizadores. Algunos de ellos se han articulado a la proyección cultural que la Casa ha diseñado para un período específico. Un ejemplo de ello fue el de fotografía que tuvo lugar este verano en medio de la celebración del Año Fotográfico.

Es habitual inaugurar con el taller de cartonera, donde los niños conjugan sus habilidades manuales y la literatura. Deben diseñar con sus propias manos la portada de un libro, generalmente se trata de la reproducción de un cuento infantil de autor latinoamericano y caribeño. Son usuales, igualmente, los de dibujo, siempre partiendo de un motivo: la recreación de una obra de arte, un relato, una imagen.

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De gran impacto fue el que tomó como inspiración el cartel La rosa y la espina, de Alfredo Rostgaard, estampa icónica no solo de un movimiento musical, sino de la propia Casa de las Américas. Conducido por el diseñador Nelson Ponce, los niños conocieron los códigos que identifican este soporte comunicacional, así como la historia del cartel en la Casa, una de las manifestaciones más sólidas en el campo del diseño gráfico.

Gratificante han sido los dedicados al teatro. El primero de ellos liderado por el maestro titiritero Armando Morales, quien mostró a los infantes las técnicas de la animación y de la construcción de figuras. Un año más tarde, en 2011, Tropatrapos y su director Ángel Guilarte enseñaron a los niños con el Taller del Viento cómo convertir artículos reciclables en hermosos muñecos. Especial apego suscitó el dedicado a los niños y abuelos, el cual se basó en la narración oral y en esta ancestral tradición que une a los ancianos con sus nietos.

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La música tampoco ha faltado. En 2012, un grupo de dj’s mezclaron el sonido electrónico con las improvisaciones que salían de las manos de los adolescentes.

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Entre las manualidades se ha destacado el de la construcción de espejuelos el pasado año en correspondencia con la imagen de Va por la Casa, en la cual Lilia Díaz y Roilán Marrero desplegaron simpáticas y coloridas gafas a lo largo de pullovers, gigantografías, jabas y todos los soportes promocionales de esa ocasión.

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Pero algunos de estos talleres han podido realizarse gracias a la generosidad de muchos artistas que accedieron humildemente, considerando solamente el placer de asistir al encuentro del público más joven, siempre ávido de interactuar y aprender.

Durante este mes de julio la Casa apostó nuevamente por el peculiar encuentro y convocó a talleres de cartonera, fotografía y filatelia. Siempre es un desafío a la imaginación pensar un nuevo espacio. Afortunadamente, el entusiasmo y la creatividad de los trabajadores de la Casa dan rienda suelta y cada verano nos sorprendemos con una atractiva propuesta. Al parecer, también ha resultado para los participantes. Muchos de ellos son ya habituales seguidores de Va por la Casa y están pendientes de lo que pasará. Otros van uniéndose y agradecen por igual la inventiva.

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Para lo más involucrados en la organización y concepción de los talleres, se trata de un juego divertido, una pausa feliz en el ajetreo de la oficina, un momento energizante en el que, como niñas y niños, nos lanzamos a la piscina.

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