Los perros de la guerra y la decencia

Guillermo Rodríguez Rivera • La Habana, Cuba

Cuando cayó el muro de Berlín en los últimos años de la década de los años 80 del siglo pasado, el cantautor Joaquín Sabina, entre triste y feliz  —“uno no sabe si reírse o si llorar”, cantaba— nos advertía que llegábamos al fin de la Guerra Fría, y daba impetuosos vivas a la gastronomía, la bisutería, la peluquería.

Con esa canción, Joaquín demostró que era mucho mejor cronista del Madrid de “la movida” que analista de lo que pasaba en el mundo.

Después de todo, ese punto de vista era muy frecuente entre muchos intelectuales que sin duda habría que ubicar dentro de la muy diversa izquierda española de entonces.

Un amigo, izquierdista sin lugar a dudas, me decía en algún momento que la Unión Soviética debía desarmarse unilateralmente, porque ello obligaría a los  EE.UU. a hacer lo mismo. Mi amigo estaba calculando las cosas desde la estricta perspectiva de la decencia.

La historia forzó esa prueba, la puso encima de la mesa.

Desapareció el Pacto de Varsovia y la mayoría de los países que lo integraban, cambiaron su manera de vivir y aspiraron a ser miembros de la Unión Europea, que es una declarada aliada de los EE.UU.

La Unión Soviética se desintegró bajo el aliento etílico de Boris Yeltsin.

La lógica correspondencia a esta “extinción” del “enemigo comunista” —muchísimo más de lo que demandaba mi amigo izquierdista español— debió ser el fin del otro pacto militar, el que lo enfrentaba: la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la OTAN. No otra cosa demandaba la decencia.  Pero no fue así.

Ahora sin competidores, sin posibles amenazas, la OTAN decidió hacerse, ella solita, la dueña del escenario de la guerra. Desapareció la Guerra Fría, pero únicamente para que comenzaran las “calientes”.

Los EE.UU. habían perdido rotundamente la guerra que se empeñaron  en librar contra la liberación vietnamita. Desconocieron los acuerdos que se adoptaron tras la derrota francesa en Dien Bien Phu, e impidieron la consulta electoral que debió hacerse en el Sur del país. Y la impidieron porque sabían que la victoria de Ho Chi Mihn sería arrasadora.  A la inversa, propiciaron el establecimiento en Saigón de sucesivos regímenes militares.

Habían desaparecido al presidente Kennedy, que se negó a mandar a Vietnam los miles de soldados que su sucesor, Lyndon  B. Johnson envió a librar una guerra que no podían ganar.

Nixon radicalizó aún mas la ofensiva militar norteamericana bombardeando Hanoi. Cuando se convenció de que había perdido la guerra, estuvo meses intentando una salida airosa del conflicto. No lo consiguió.

Esa derrota en el Sudeste asiático calmó por unos cuantos años el espíritu bélico de los grupos dirigentes de los EE.UU., pero el complejo militar industrial —como temió Eisenhower— se convirtió en una fuerza que acabó por secuestrar la política norteamericana.

Los militares estadounidenses empezaron a “corregir” los “males”, los aspectos vulnerables que la guerra de Vietnam hizo visibles.

Desapareció el servicio militar obligatorio, y ya no van a las nuevas guerras jóvenes forzosamente reclutados. Miles de esos jóvenes quemaron sus tarjetas de reclutamiento para no combatir en una guerra que repudiaban. Ahora van inmigrantes que, además de ser pagados, aspiran a obtener el premio de la ciudadanía de los EE.UU. Si sobreviven, claro.

Desde el fin del socialismo europeo (y de la Guerra Fría), los EE.UU.han librado al menos cuatro guerras con la directa participación de sus fuerzas armadas: la Guerra del Golfo, en Irak, bajo el gobierno de George Bush padre, la guerra contra Serbia, que llevó adelante William Clinton, y las de Afganistán e Irak, convocadas por George W. Bush hijo.  Pongo aparte el apoyo aéreo a los rebeldes libios, que culminó con el derrocamiento y linchamiento de Muamar el Gadafi, o la incursión en el territorio pakistaní para ejecutar a Osama Bin Laden.

En todo participaba la OTAN, bajo la mirada del jefe norteamericano.

Desde hace años enfrentan a Irán, y ahora mismo amenazan con invadir la república Siria, pero tras la experiencia libia, Rusia y China vetaron un expediente semejante para Siria y la OTAN no consiguió el consenso de la destrucción. Acaso Rusia y China avizoraron que las potencias occidentales iban, poco a poco, cercándolas y se resistieron a cooperar.

Tampoco cooperaron en el asunto Snowden que, junto al caso de Julian Assange, es clarísima muestra del detestable papel antidemocrático que viene desempeñando un capitalismo sin rivales, que se siente con fuerzas para aplastar a todo aquel que enfrente o incluso delate su proceder orwelliano: en efecto, “Big Brother is watching you” y el gran capital aplastará todo acto de decencia humana que ose enfrentarlo ahora que se cree en el camino del poder total.

Me temo que ese poder no existe: los que soñaron con él —Roma, Atila, Napoleón, el fascismo alemán y japonés— ilustran el camino que insalvablemente seguirá el nuevo imperio.

Por lo pronto el mundo debe abrir los ojos ante la agresión a Siria, y ver el paso que ella significa: uno más hacia el dominio mundial.

El expediente de mentir se repite sin pudor alguno: la guerra contra Irak la libró el George W. Bush hijo, asegurando que el gobierno de ese país tenía en su poder armas de destrucción masiva.

Ahora, justamente cuando los opositores al gobierno sirio están siendo derrotados, los integrantes de la OTAN aseguran que ese gobierno está empleando armas químicas contra ellos.

No tienen prueba alguna y no han esperado a que los inspectores de la ONU dictaminen sobre la existencia de esas armas.

En Irak, los EE.UU. pasaron por encima de un dictamen análogo y de los acuerdos del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas: desde que Hitler violó los acuerdos de la Liga de las Naciones, nadie había desconocido los acuerdos de la principal organización internacional del planeta. Ahora, piensan repetir la historia.

Los militares norteamericanos no pudieron hallar en Irak unas armas que ese país no tenía. El gobierno de Bush fue incapaz de excusarse por convocar una guerra que destruyó una nación a partir de una mentira. Volvió a mentir: declaró que ese Irak devastado, con decenas de miles de civiles asesinados por los militares, donde estallan todos los días coches bombas, sembrado de minas, ingobernable, era mejor que el país que arrasaron las fuerzas armadas estadounidenses. Ya el presidente Obama ordenó el retiro de esas fuerzas, que dejan tras de sí las ruinas de lo que fue Irak.

Temas casi medievales como la decencia, el honor, la palabra empeñada, son asuntos que no cuentan en la conducta de una mediocre burocracia política occidental, de Zarkozy a Rajoy, de Cameron a Berlusconi, de Aznar a Tony Blair, de Bush a Hollande.

Barack Obama creó la ilusión de ser más creativo, más independiente, más honesto, pero ha terminado como instrumento de un ámbito que no le deja cumplir una sola de sus promesas, que no le permite actuar de otra manera.

No sé que ira a pasar, pero ¿se le ocurrirá a Sabina componer una canción cantando la nostalgia del mundo por la Guerra Fría? Creo que es una deuda que tiene el cantautor con la decencia en general y con la suya propia.

Comentarios

Concuerdo con usted, profesor. Pienso sin embargo que el tono de Sabina en aquella canción, con la cual —“uno no sabe si reir o si llorar”, era más irresponsable e irónico que comprometido. Al dar vivas a "la gastronomía, la bisutería, la peluquería" no podemos adivinar si critica la postura de algunos profesionales tomándoles prestadas sus palabras, o si en realidad las apoya. Sabemos los amplios conocimientos literarios que posee Sabina. Lástima que su principal referencia en materia de política, según podemos intuirlo, sean la prensa y los medios de difusión masiva de su país, en los cuales la imagen del nuetro sigue padeciendo del mal de la desinformación. Es una pena que su posición actual de "hombre de traje gris de derecha", más preocupado por sus intereses comerciales q por protestar por las injusticias del mundo, desluzcan lo mejor de su producción como cantautor. Esto nos resulta mucho más doloroso que el texto de su canción El muro de Berlín, reflejo de la dificultad del artista europeo en comprender en aquel momento la complejidad de la situación.

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