Arte en la Rampa: Yo artesano

Ernesto Pérez Castillo • La Habana, Cuba

Yo soy el peor visitante a una feria de artesanías, y eso es una verdad tan seca que no hay que darle muchas vueltas. En la cara se me ve, aunque a ratos los artesanos, desconozco la razón, se marean y no lo notan o no lo quieren notar. Y son amables, y me ofrecen su mercadería, me explican, desembalan, demuestran, arman y desarman sus creaciones para mí. Pobres, ¡no saben lo que hacen!

Cada verano, en Arte en la Rampa, es igual… voy, infaltablemente voy, preferiblemente en fin de semana, en la mañana, temprano todo lo más que puedo, en cuanto abren, porque el tiempo cuenta y no es oro: es tiempo… Y es que son cuatro mil personas, más las que se atreven por allí día por día, y entre tanta gente, y tanto ajetreo, y tanto pasa que te pasa, puedes perder el norte, perder la oportunidad, y perder la cabeza.

Imagen: La Jiribilla

Así esta vez. De arriba abajo, curioseé cada stand, uno por uno, mirando bien de cerca cada objeto, conversando con cuanto expositor se me puso a mano, tocando con mis propias manos todo lo que se podía tocar, y al tiempo imaginando cada creación en mi cocina, en mi sala, o en la pared del cuarto a un costado de la cama.

En mis bolsillos: un peso. El necesario para una cerveza al calor del medio día, antes de irme de la feria. Así me voy, con los bolsillos vacíos y la cabeza llena. Todo lo contrario de cómo entré, y exactamente como me quería ir.

Eso es lo que allí busco, lo que allí encuentro y lo que allí se sobra: formas, colores, combinaciones, ideas, soluciones. La mitad de las cosas que me atraen no las puedo hacer: no tengo las herramientas ni los materiales ni las habilidades ni la cabeza de un guanajo. Con la otra mitad me basta y me conformo, aunque aún no me haya atrevido a nada todavía.

Entre pan y pan, casabe. Que un concierto diario es cosa seria, y es jazz, y es trova, y es Juego de manos. Y los desfiles de moda, con la moda que ya se sabe que uno jamás vestirá, pero que entretiene y nunca está de más.
Porque la cosa es que no pierdes un minuto, y si vas con tus hijos no pierdes dos y ellos salen ganando. Que para ellos hay canciones y títeres, hay payasos y juegos, refrescos y hay helados.

Lo demás es lo que va quedando, en las ganas y entre manos, sobre todo en las manos de los demás, que compran y se regalan caprichos, y se les ve sonreír, llevando consigo aquello que han anhelado.

Yo, con las manos vacías y el corazón contento, salgo siempre de nuevo al vapor del Vedado con toda la intensión de construir cosas como esas que vi, tomando prestado de aquí y de allá, mezclando esto y lo otro, sustituyendo, cambiando. Inventando.

Y los sueños, sueños son, y así se me va el año, y llega junio otra vez y otra vez me tienta a hacer algo, otra vez quiero conseguir una buena idea, ¡la idea!, que nunca pasa de los planos, y ahora que lo pienso, el pretexto no es malo: gracias a eso disfruto de buena artesanía, y sueño que yo mismo las hago.

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