Arte y Mercado

Sin ángeles ni demonios

Rachel D. Rojas • La Habana, Cuba

La artesanía es un arte ancestral. No siempre fue un modo de producción, sino que primero surgió como expresión artística. Objetos elaborados manualmente por los primeros habitantes del planeta, y encontrados gracias al trabajo de reconocidos arqueólogos, se encuentran hoy en los principales museos de arte del mundo. Buena parte de la historia conocida la han contado esas piezas, a pesar de que muchos insisten en catalogarlas como arte menor.

Imagen: La Jiribilla

Para algunos, la artesanía se ubica a medio camino entre el diseño y el arte, restando así la posibilidad de conceder a las obras artesanales la condición cabal de obra artística, en tanto sus rasgos son generalmente utilitarios.

En estos tiempos, los avances científicos e industriales, significan una competencia por la producción de objetos con similar apariencia, casi siempre con menor costo, calidad y precio final. Esto ha impulsado el desarrollo endógeno de los procesos productivos del gremio y ha generado otro acabado de las piezas, así como la transformación de las concepciones sobre el trabajo artesanal y su papel en la representación cultural de la nación y la idiosincrasia.

Las ferias de artesanías, organizadas por el Fondo Cubano de Bienes Culturales (FCBC), vienen a ser los espacios naturales por los que se ha viabilizado plenamente esta manifestación como necesidad expresiva, y en los cuales los artesanos pueden mostrar la validez y calidad de sus trabajos.

Y llega, como cada año, Arte en la Rampa

“Todo fue una idea del ex Ministro de Cultura, Abel Prieto, que implicaba a las empresas de la cultura reunidas con sus productos en el Pabellón Cuba, por lo céntrico del lugar. En esa fiesta también participaba la Cámara de Comercio, el Instituto del Libro, etc., y dentro de esas instituciones estaba el FCBC. Éramos muy pocos, incluso se hacía solamente en la parte delantera del complejo ferial. En realidad quienes venían eran las empresas e instituciones; el Fondo tenía su red de galerías y cada una de ellas traía a algunos creadores”, recuerda Manuel Fonte, ceramista que participa en la feria de artesanía Arte en la Rampa junto a su hermano Felipe desde la primera edición.

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“En aquel momento no se había instaurado por completo la venta en vivo, sino que se comercializaba a través de una empresa o institución del Fondo”, afirma, en la misma línea, Alberto Moisés. Sin embargo, este especialista en talabartería, al igual que José Milián (el rey de la bisutería económica en las ferias organizadas por el Fondo), fue invitado desde los primeros años a participar con un stand independiente, por sus casi seguros buenos índices de venta.

Pero hoy Arte en la Rampa es una feria diferente. En general, el público de la artesanía que se hace hoy en Cuba es diferente: “Hace 20 años nosotros trabajábamos para las ferias de galerías. El turismo era mucho más fuerte y quienes compraban eran ellos. Los turistas tenían preferencias por determinadas cosas y los lugares para venderlas eran las galerías. Se trabajaba por consignación, no vendiendo en vivo. Por otro lado, Arte en la Rampa no tenía la popularidad ni el nivel de convocatoria que tiene hoy. Esos productos eran los que les gustaba a los turistas, estaban relacionados más bien con la identidad nacional, con los suvenires o productos representativos del país. Estadísticamente los que más consumen artesanías en el país son los cubanos”, explica Fonte.

Para este ceramista y su familia, la feria está condicionada por la demanda del público —lo que pauta el tipo de productos que se vende en cada stand— y no siempre tiene que ver con la obra personal de cada artesano. “El comercio tiene reglas para vender que no son válidas en la creación artística. Por supuesto, si esta Feria fuera expositiva, no vendría tanta gente”, insiste Manuel.

En el stand de los Fonte todo es decorativo. Por los yaquis, las bolas de centro, los dados de diversos tamaños y los dominós, pareciera que se halla uno en una sala de juegos donde cada objeto ha cobrado justificadas dimensiones. Se trata, por cierto, del ceramista que más divisas había reportado hasta mediados de agosto en la feria.

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Si se observa el trabajo de Francisco “Papo” Guevara (hijo), caracterizado por la amplia gama de colores que presenta, también se puede sentir una dicotomía expositivo-comercial. Su propuesta para Arte en la Rampa siempre se ha basado, a diferencia de los Fonte, en la cerámica utilitaria.

“En realidad —dice— en nuestros talleres se hace de todo menos muebles sanitarios, pero lo que traemos aquí es siempre para la cocina del cubano: tacitas, jarras, teteras, y cosas del diario, de la vida común de la gente”.

Del otro lado, en exposiciones y galerías, están las piezas exhibidas en el 8vo. Salón Mirtha García Bush, que sesiona justo por estos días, y la muestra de su participación en eventos como la Bienal de la Vasija y la Bienal del Barro. “Claro que nuestra producción creativa no se limita a lo que traemos a la feria. Solo que en nuestro país ahora mismo hay muy poco mercado para otro tipo de piezas, y no vivimos de los murales y las esculturas”, explica Guevara.

“La Feria —afirma Moisés—, aunque tenga el nombre que tiene, es hoy netamente comercial, y eso no se puede obviar. Antes era más expositiva, de encuentro, de reflexión. Pero no es solo la Feria, la vida en el país se ha hecho más comercial. Hoy tenemos un mayor desarrollo de las actividades por cuenta propia, y eso debemos llevarlo junto a nosotros, no en contra. Tengo un lema que me parece fundamental: la creación es sinónimo de diferencia. Doy vivas a la diferencia; me encanta. Si uno logra un producto, no uno auténtico o ‘cubano’, sino uno diferente, el producto va a ser aceptado de cualquier forma”.

Casta de alturas

Históricamente, una de las mayores dificultades para los artesanos en el mundo ha sido la poca comercialización de sus productos, pues resulta característica de la artesanía la producción localizada en pequeños talleres y con un bajo rango de distribución y promoción. Por otro lado, la mayoría de los artesanos en numerosas regiones del mundo tienen una preparación fundamental que se limita a su oficio, a lo que hacen para vivir.

En Cuba los artesanos son un gremio privilegiado en muchos sentidos. Primera razón, se trata, en su mayoría, de un grupo de personas con una elevada preparación académica, incluso provenientes de otros ámbitos de estudios: Alberto Moisés, hoy talabartero, se formó como Licenciado en Construcción de Maquinarias; Manuel Fonte, ceramista, estudió Fotografía; Francisco Guevara, también ceramista, se graduó de Lengua Francesa en la Universidad de la Habana, por citar algunos ejemplos.

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Aunque no existe una escuela de cerámica cubana, algunas familias con tradición en el desarrollo de esa manifestación artística se las han arreglado para inculcar a los más jóvenes los secretos del barro.

“Hice otra carrera, pero mis hermanas y yo nacimos en un taller de cerámica y eso es muy fuerte, es muy difícil separarse de eso —cuenta Papo, uno de los más jóvenes integrantes de la familia Guevara. Aprendí todo, pero al principio hacía cosas que no representaban un modo de vida para mí. Después me di cuenta de que sabía un oficio, que lo hacía bien y que me gustaba mucho. Por eso tomé una decisión. Mi padre es el primer cubano graduado de cerámica después del triunfo de la Revolución, en la antigua Unión Soviética. Nosotros nos paseábamos por las fábricas de cerámica más grandes de Cuba: la de Isla de Pinos, la de Holguín. Fue mi padre, junto a un grupo de personas, quien las diseñó y las montó. En lo personal, la cerámica es mi vida”.

Junto a esta excepción se ubica también la familia Fonte y la Santander, con más de un siglo de tradición en la cerámica. "Ya los hijos no quieren aprender el arte de los padres; quieren otras cosas", dicen muchos de los entrevistados. Incluso hablan de la pérdida de los oficios tradicionales.

No obstante, existen proyectos como “Cuba. Artesanía en La Habana, lo bello y lo útil”, que pretende contribuir al bienestar colectivo y fomentar, a través de talleres prácticos, "la formación y la participación activa de la sociedad en general para conseguir resultados en los procesos de lucha contra la pobreza y reducción de la exclusión", según explica Manuel Méndez Guerrero, Coordinador General de Proyectos Asociación Exterior XXI, entidad sin ánimo de lucro con sede en Madrid.

Es cierto que a pesar de los muchos talleres y cursos que se ofrecen mediante proyectos comunitarios e instituciones, solo en el gremio de ceramistas se encuentran las mismas personas desde hace casi diez años. "En nuestro caso, la formación prácticamente se consuma desde los talleres, con la familia o con las personas que se acercan por interés propio, como aprendices", reitera Guevara.

Quizá, otra condicionante de este proceso de relevo generacional se halla en la dificultad de aprender el oficio y de abrirse paso en un mundo que desde hace tiempo tiene sus maestros.

De dónde son los artesanos

Otra razón que privilegia a los creadores cubanos con respecto a sus colegas de otras latitudes tiene que ver con el respaldo estatal. Cuando, hace 32 años, se fundó la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA), se fundaba también un espacio de reflexión para el análisis, la investigación, la preservación de las artesanías y las artes visuales en general.

Durante esas reflexiones, particularmente en los espacios que la Asociación propone con estos fines, como el II Conversatorio sobre Artesanía Cubana realizado en la sede nacional de La Habana, se incluyen tópicos neurálgicos para el gremio como la pérdida de los oficios, las nuevas tendencias del mercado e innovaciones y soluciones a problemas del desarrollo de las artesanías en la contemporaneidad.

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En el presente, cualquier artesano cubano que se proponga comercializar sus creaciones no necesita —ante las transformaciones económicas que se llevan a cabo en el país y el auge de las actividades por cuenta propia— ser miembro de esta Asociación. Pero, visto al revés, no todos los artesanos que comercializan su trabajo pueden formar parte ella. A la ACAA se entra cuando las obras sustentan el nombre; es una organización de filiación selectiva y voluntaria. Al otorgar un carnet de creador con un número registrado, la Asociación asume que ese artesano responde a un nivel de exigencia cualitativamente superior.

La Asociación, "nacida en el fragor de la efervescencia artística que caracterizó la década de los 80 del siglo pasado en Cuba" —como expresó su vice Presidente Primero, Jesús David Sanjurjo—, concluyó el pasado año con 4334 afiliados, de los cuales un 67 porciento se encuentran en las filiales de provincias y un 33 porciento se nuclea en La Habana.

Es a través de la ACAA y del Fondo Cubano de Bienes Culturales que se garantiza tanto la importación de los materiales, la representación en ferias y eventos fuera del país, y la comercialización. Para este último fin, el Fondo dispone de un sistema de galerías, tiendas y otros puntos de venta para la distribución de las artesanías (en un supuesto ideal) con la mayor factura y calidad posibles. Por esa gestión, el FCBC cotiza un 30 porciento del precio final de cada artículo. Es un descuento, para los artesanos, que se suma al siete porciento de los ingresos totales que cada año deben abonar a la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT).

Mercy Correa, directora del Centro Nacional de Artesanía, opina que "el Ministerio de Cultura, Institución a la que pertenece el Fondo, necesita dinero para desarrollar la cultura. El Fondo aporta parte de ese capital, que sale de las manos de nuestros artesanos. Nuestro gran reto ahora es exportar la artesanía, porque es una manera de crecer. Y claro, para comprar las materias primas hay que tener liquidez". Su afirmación está recogida en un documental realizado por los hermanos Fonte.

Podría incluso pensarse que en el actual contexto económico de la Isla, el FCBC resulta un intermediario prescindible. Pero en este punto aún hay muchas opiniones encontradas. Por encima de todos los argumentos, no se cree en pasos tan apresurados o radicales.

“El Fondo Cubano de Bienes Culturales —explica el talabartero Alberto Moisés— siempre ha sido un intermediario para los artesanos. Pero hoy, incluso con las transformaciones económicas que vive el país, no creo que sea prescindible. Sigue siendo necesario que exista un lugar que pueda representarnos y defendernos. Porque la ACAA es algo más cultural, que no tiene la autoridad, por llamarle de alguna manera, necesaria para defendernos en cualquier tipo de situación; el Fondo sí la tiene. Además, hasta hoy ha sido la institución mediante la cual se gestiona la venta de nuestros materiales y la variante de comprarlo personalmente en otro país, es solo eso, una variante, porque no significa la solución definitiva del problema de abastecimiento de materias primas”.

Las estructuras todavía no están creadas para una gestión individual. Las lonas y las telas que necesita Moisés, con las cuales sustituye parcialmente el gasto en pieles, se adquieren en la red minorista únicamente, y esa diferencia de precios se recarga de modo directo en el producto final.

“Tampoco el comercio interior del país —añade Fonte— satisface toda la demanda y las necesidades de la población, lo cual también deja un espacio de mercado vacío para la artesanía. Aunque es imposible que un gremio de unos 4000 creadores, satisfaga todas esas demandas y necesidades. Por ejemplo, el Estado no tiene aún la estructura para suplir la demanda nacional de cintos, no con la factura y la calidad con la que los artesanos los producen. Pero la proyección de un artesano desde un pequeño taller no puede suplir la demanda nacional de ciertos productos”.

Manual(idades)

Mucho trabajo por hacer y caminos por definir restan tanto a la ACAA como al FCBC, según una de las conclusiones del más reciente Consejo Nacional de esta Asociación, donde también participaron los directivos del Fondo. Allí ocupó una especial atención “el tema del retardo en la aplicación de las nuevas alternativas económicas y de organización productiva en el sector artístico y de creación cultural. También la contratación de ayudantes y la formación de grupos creativos continúan como puntos medulares en estas discusiones. Así mismo permanece como inquietud esencial la dificultad de adquisición de las materias primas y otros suministros mayoristas que garantizan compromisos productivos del sector artesanal”, según consta en las actas de esta reunión, publicadas en el Portal del Artesano.

Algunas líneas cobran una merecida importancia en el actual contexto de las ferias de artesanía en Cuba: “Es necesario profundizar en el estudio y rescate de nuestras raíces culturales en el campo de las artesanías”, se lee en las actas.

Imagen: La Jiribilla

No son un secreto las insatisfacciones existentes entre los creadores respecto a la presencia de productos industriales o semi-industriales en los eventos de comercialización artesanal.

Esos productos bien pudieran tener otros espacios, porque de lo contrario, según las palabras de los propios artesanos, se convierten en una competencia desleal para sus obras. Tanto Moisés, Milián, los Fonte y los Guevara, como muchos otros creadores, tienen en común que, además de la calidad de su propuesta artesanal o el carnet que otorga la ACAA, poseen la capacidad de no perder de vista el respeto por la calidad de sus ofertas y por el trabajo de los demás artesanos, lo cual, por encima de las ganancias económicas, debería ser la razón de ser de todo artista.

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