El olfato del Tigre

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Su carrera como escritor le hizo merecer el Premio Nacional de Literatura, pero el trabajo que ejerció la mayor parte de su vida fue periodista, vinculado directamente a órganos de prensa. ¿Dicotomía en Jaime Sarusky? Para nada. En nuestra historia, los paralelismos y las confluencias entre periodismo y literatura se multiplican —ejemplos mayores los de José Martí, Alejo Carpentier y Nicolás Guillén. Sin embargo no es menos cierto que en las últimas décadas se ha hecho cada vez menos frecuente la permanencia de escritores de renombre en la planta de periódicos y revistas y hacer lo que llamamos vida en la redacción.

En realidad Jaime encontró en el periodismo, después de 1959, algo que durante su juventud había acariciado: una profesión en la que pudiera satisfacer su interés por los aspectos más singulares de la existencia humana y del acontecer social en su más vasto sentido, y al mismo tiempo le sirviera de sustento fijo.

“Por la vía familiar heredé una tienda en Marianao, en la que estuve unos meses, aburriéndome y volviéndome loco con los libros de cuentas, hasta que dejé todo aquello y marché a París”, recordó alguna vez

De regreso a Cuba e integrado al proceso de transformaciones radicales que siguió al triunfo de enero, ingresó en el periódico Revolución y nunca más dejó de pertenecer a una redacción, salvo un breve plazo en que trabajó en la organización del Congreso Cultural de La Habana, efectuado en 1968 y luego en el Consejo Nacional de Cultura.

El diario Granma —fundador de ese medio y primer jefe de su Departamento de Cultura—, Bohemia —allí lo descubrí como maestro junto a Mario Kuchilán, Mario García del Cueto, Fulvio Fuentes, Luis (Plomito) Alonso, Julián Iglesias, Luis Báez y Leonel López Nussa—, y, sobre todo, la revista Revolución y Cultura fueron espacios en los que desarrolló una fecunda vida periodística, sin la cual hubiera sido mucho más arduo lograr la escritura de libros testimoniales que clasifican entre lo mejor del género, desde la aventura de los suecos en la región oriental de la isla hasta una excelente colección de semblanzas de varios de los más renombrados artistas plásticos contemporáneos, pasando por el hasta ahora más completo registro del origen y evolución del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC.

Esta consagración ejemplar también le valió ser en 1999 de los primeros distinguidos con el Premio de Periodismo Cultural José Antonio Fernández de Castro, otorgado por el Ministerio de Cultura.

El Tigre, como le decíamos los más cercanos, gustó siempre de indagar en las historias que había detrás de la noticia. Recuerdo que en una ocasión me sometió a un interrogatorio tenaz sobre lo que yo pensaba de José Luis Cortés como músico y su impacto en la cultura popular. Meses después publicó en Revolución y Cultura una de las mejores entrevistas a El Tosco.

Indistintamente abordó la entrevista y el reportaje. No se sentía cómodo escribiendo artículos. “Soy un contador de historias, creo tener olfato para ello; la reflexión y el análisis los dejo para otros”, confesó.

Entre sus tantas lecciones en la profesión, quizás esta sea la que más me llamó la atención: “Nunca dejes que un tema se te vaya de las manos; eres tú el que tienes que imponerte; no puedes dejar de ser tú el que diga la última palabra, pero hazlo de manera que el lector no se dé cuenta. Si el lector descubre que eres tú el que armas la historia, estás frito”.

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