Alicia y un conejo que siempre se pierde…

Ulises Rodríguez Febles • La Habana, Cuba
Fotos: R. A. Hdez

Alicia (En busca del conejo blanco) es el último estreno de Teatro de Las Estaciones; la reescritura de otro clásico de la literatura, en este caso uno de los más difíciles, inspirado en las complejas novelas del inglés Lewis Carroll: Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo y lo que Alicia encontró allí. Este paradigmático personaje infantil, en la visión siempre sutil de Rubén Darío Salazar, director y autor, es el espejo de otras Alicias, de otros referentes.

Apunto aspectos que me parecen interesantes de este estreno, que ha repletado en horarios inusuales la Sala Pepe Carril, de la calle Ayuntamiento, en Matanzas.

El poeta y traductor Juan Luis Hernández Milián, me dijo en su esquina del barrio de Versalles, algo que creo es una premisa esencial de lo que se logra: “Lo que pude ver, me llevaba al complejo universo visual del texto literario”. Y esto es cierto, esencial, porque es lo primero que se logra en los primeros minutos de representación. La puesta recrea en síntesis las atrayentes, provocadoras, metafóricas imágenes de lo textual y lo hace —lo que me parece decisivo— desde los recursos titiriteros y la fusión de las técnicas tradicionales a las que apela el dúo creativo que conforman Zenén Calero Medina y Rubén Darío Salazar.

Imagen: La Jiribilla

Lo más hermoso del teatro de títeres —y opino como espectador y dramaturgo— es la ingeniosidad para crear los imposibles,  para procrear una imagen teatral dramática, eficaz, lúdica, poética y si es posible  original, lo que muy pocas veces se alcanza. Y todo esto se encuentra —en síntesis, con claridad, si sofisticaciones tecnológicas— en Alicia, la de Las Estaciones: confluencias de culturas, técnicas y  recursos expresivos. 

Otro ejemplo, digno de enfatizar, en esta puesta en escena, es la construcción del personaje protagónico que es a la vez la de Carroll  y también la célebre bailarina Alicia Alonso —a la que el autor hace un sutil homenaje— o me recuerda —por sus diálogos, acciones— a mi hija Isabel, lo que quiere decir, que recrea a cualquier infante de nuestros días. 

Imagen: La Jiribilla

Lo notable es que es una niña, dramatúrgica y actoralmente lograda, y que no todos los “partos” de niños personajes se consiguen aunque se pretenda: inquieta, inteligente, simpática, provocadora, maldita, curiosa, arriesgada, transgresora. De hecho, su interpretación por las actrices María Laura Germán y Karel, necesita —y lo logran, aunque tienen que ir obligatoriamente perfeccionándose en escena— un largo aliento, traducido esto, en una carga de emociones, metamorfosis vocales, gestuales, corporales que hacen difícil su recreación.

La labor de los actores titiriteros —los más jóvenes y los experimentados— es dinámico, profesional, técnicamente hablando; logran un lirismo virtuoso de lo procreación de las imágenes, que cada uno de los personajes —con sus ironías, su humor absurdo, delirante o lírico— nos regala.

La preparación rigurosa que conlleva cada espectáculo de Teatro de Las Estaciones, podemos avizorarlo, incluso en los ensayos que preceden al estreno.

Quisiera destacarla interpretación de La Reina por Fara Madrigal. De nuevo la actriz —ahora recuerdo su último y memorable personaje de El Hada en Pinocho, corazón de madera— manifiesta su madurez, que en este caso se patentiza en su logrado trabajo vocal y de caracterización; por el uso de los objetos y la adecuada recreación de una máscara facial, en conjunción con la máscara como adimento. A estos aspectos se suman su trabajo corporal y gestual. Desde ahora auguro reconocimientos para su interpretación.

Imagen: La Jiribilla

La música de Elvira Santiago —de nuevo la música— muestra la excelencia en este espectáculo con elementos del musical. Felicitaciones también para el maestro José Antonio Méndez y los excelentes músicos de la Orquesta Sinfónica de Matanzas que la recrearon: suscita atmósferas, emociones, apoya situaciones, caracteriza personajes; logra contrastes, dramatiza; es orgánica con respecto a los otros elementos, especialmente con la riqueza y el virtuosismo de la visualidad creada por Calero, que construye el  imaginario propuesto por el texto original.

Otro aplauso para la maestra Lilian Padrón Chávez por su labor coreográfica. A Lilita hay que resaltarle, que a diferencia de otros coreógrafos para el teatro, no crea arabescos innecesarios que redundan o entorpecen la dramaturgia espectacular, para no decir, que destruyen lo que puede ser una aspiración interesante. Ella, con una larga experiencia de trabajo con Rubén Darío Salazar —se inserta en la puesta en escena, se hace invisible, para alcanzar su presencia magistral en la efectividad de los resultados de un todo espectacular. 

Alicia, la de Teatro de Las Estaciones es búsqueda perenne.  Metáfora de Carroll y de Rubén Darío Salazar, que nos entrega una propuesta dramatúrgica —después de Los Zapaticos de Rosa— coherente con su poética. Metáfora alucinada que parte de experiencias humanas y creativas, de las pérdidas como concepto; poderoso motivo para no descansar y seguir buscando, quien sabe qué, ni a quién. 

Tal vez lo que se busca es el sueño individual o colectivo, que quizás sea blanco, como un conejo fugaz que se nos pierde siempre…

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