Adela Fernández ha muerto

Sonia Rivera-Valdés • New York, Estados Unidos

Desde el momento en que leí la noticia del fallecimiento de Adela, cuya  literatura calificó Gabriel García Márquez de “seriesísima, tristísima y oscura”, e incluyó “La jaula de Tía Enedina” entre los diez cuentos latinoamericanos que toda persona debería leer, sentí la urgencia de escribir esto. Me ha costado trabajo empezarlo, como sucede cada vez que sé lo difícil que será siquiera aproximarme, en unas pocas cuartillas, a expresar lo mucho que siento, pero si no lo hago voy a sentirme por el resto de mis años en deuda con ella, a quien tanto admiraba y quería, a pesar del poco tiempo que nos concedió la vida para compartir.

La conocí en la primavera de 2005, en Santo Domingo, durante la conferencia de Latino Artists Round Table (LART) que se llevó a cabo en la universidad de esa ciudad. Cuando llegué, ya mi hijo, Mario Picayo, llevaba varios días allí y aquella noche, durante la comida, me dijo que tenía que conocer a esta escritora mexicana que le había presentado Chiqui Vicioso, de quien era muy amiga. Dos días atrás Adela le había regalado Vago espinazo de la noche y Duermevelas, dos pequeños libros que contenían sus cuentos, y Mario no había podido interrumpir su lectura, me dijo, desde el momento en que los comenzó. Constantemente me repetía: qué bien escribe esta mujer, y entre bocado y bocado me contó la trama de “Vago espinazo de la noche”, el primer relato del volumen que lleva ese título: un grupo de huérfanos planea suicidarse en masa para escapar de los abusos del prefecto del orfanato en que viven. Y con el libro en la mano, Mario contaba y a veces leía. Los convence a suicidarse uno de los muchachos, “hijo de un curandero y sobrino de una espiritista, [quien] presumía de tener contacto con el más allá y conocimiento sobre los rectos caminos de la muerte”, les aseguró que después de morir subirían por el vago Espinazo de la Noche hasta el divino cerebro sideral del Bien donde disfrutarían de la felicidad perfecta. “Con palabras descriptivas nos dibujó la existencia del vago Espinazo de la Noche conformado de polvo de luz y de armoniosas constelaciones. Fue fácil imaginarnos esa inmensa y luminosa osamenta brillando en la negrura del firmamento nocturno. Nos prometió que ascenderíamos a Dios por ella; iniciaríamos ese viaje tanático por el coxis e iríamos trepando por las vértebras que nos revelarían misterios inimaginables. Al alcanzar las cervicales podríamos entrar al cerebro de Dios. Eso nos dijo. ”Tal como lo habían planeado, los niños mueren y al parecer su plan celestial se consuma, con excepción del narrador de la historia, a quien debido a no tener su mundo interno en orden le está vedada la ascensión. Contra hecho y mudo, queda vivo, mentalmente “vagando en la zona inferior del esqueleto del universo” hasta que ordene su propio caos, y vértebra por vértebra suba, tenga acceso a la zona de polvo y luz y, como lo hicieron sus amigos, pueda llegar a Dios. Al finalizar Mario el resumen yo estaba ya ansiosa por leer los libros. Los leí de un tirón, después los he releído detenidamente, varias veces, y cada vez termino deslumbrada por esas tramas macabras, escritas haciendo uso de los recursos formales que utiliza con tal perfección, que me obliga a continuar leyendo y sintiendo, al terminar las treinta y siete historias, que la existencia oscura de esos personajes me ha hecho ver con más claridad la mía. Y es que Adela, escribiría yo más tarde, “haciendo un certero uso de la lengua, de una imaginación desbordada y un sagaz manejo de la ironía, ajena a moderaciones acomodaticias, hace que las bien construidas tramas de estos relatos se unan debido a la crítica social y anticlerical que los permea, a una observación expuesta sin paliativos de los aspectos más aberrantes de la conducta de los personajes, y a una profunda compasión por toda miseria humana.1

Al finalizar el congreso de LART en Santo Domingo estábamos fascinados con Adela. Le regalé mi libro Historias de mujeres grandes y chiquitas y Mario le propuso publicar sus dos libros de cuentos juntos, en un volumen de Editorial Campana. Ella aceptó y en junio 25 de aquel mismo año, en respuesta a uno mío en el que le hablaba de lo impresionado que habíamos quedado con su literatura y con su personalidad, me escribió:

“Querida Sonia:

“La fascinación con nuestro encuentro es recíproca. Desde que conocí a Marito en la puerta del hotel, sentí mucha simpatía por él. Es muy angelado. Me ha encantado esa unión, madre-hijo en la lucha editorial.

“Tu libro lo disfruté. Es muy valioso y entra con rapidez al corazón. Me encantaron tus personajes. En todo hay mucha calidez.

“Comparte este mensaje con Marito. Prometo este fin de semana revisar los materiales originales de ‘Duermevelas’ y ‘Vago espinazo de la noche’  y a ver si los puedo enviar por mail y si él tiene en su computadora los programas para abrirlos. Si no, pues le enviaré vía DHL los cd’s.

“Reciban mi cariño. Adela”

Pidió que el libro fuera ilustrado con unas viñetas hechas por su hija Atenea, y así se hizo. Pidió también incluir un cuento inédito, “Truncadora y tornadiza”. Fue complacida, y el libro apareció en Nueva York en noviembre de 2009. En 2010 Mario la invitó a esa ciudad para presentar Cuentos de Adela Fernández en la librería Barnes & Noble de Lincoln Center. Contestó con uno de sus cariñosos correos. Vendría. Hicimos planes, pero su salud empeoró y no le permitió viajar. Tan mal estuvo que temimos no sobreviviría, pero sobrevivió. Hicimos planes para viajar nosotros y presentar el libro en Coyoacán, pero nunca se hizo realidad.

En aquellos días de la conferencia de Santo Domingo tuvimos largas conversaciones, producto de la confianza mutua que se dio tan sin esfuerzos. Con un hablar pausado y claro hablaba de su vida, de su obra, de los cánceres que había sobrevivido, de su lucha contra el alcoholismo y de su hija Atenea, que había muerto en noviembre de 2002. Meses después me escribió:

“Estoy haciendo una semblanza de mi hija Atenea, un texto sin cuidados literarios, más bien catártico y cumpliendo su capricho, cuya única finalidad es darles a conocer a los hijos de su padre, y en sí a toda su familia griega que no tuvo oportunidad de tratarla, algunos aspectos de su vida. Es un librito familiar, bilingüe. Hasta donde voy ya está traducido al griego. Pero mi querida Sonia, me estanqué ante algunas verdades íntimas y dolorosas. No he logrado entrar a su última relación, pésima, y a su enfermedad y muerte. En eso estoy detenida. Y me doy cuenta que uno puede decir de sí misma todo, sin tontas reservas, pero al tratarse de otros, el pudor, el respeto y la cautela, FRENAN”.

En octubre de 2006 se publicó Atenea, un libro-homenaje, y sí encontró Adela el valor para hablar de lo que tanto le dolía y contar con la honestidad que caracterizaba su literatura, en un lenguaje preciso y franco, desde que su hija fue concebida por ella y un griego, a quien pidió la preñara,2 hasta su enfermedad y muerte.

Estuve con Adela en varias ocasiones más y siempre en algún punto de la conversación hablábamos de nuestras vidas. Al hablar de la suya, no lo hacía como quien está informando a alguien de lo sucedido sino a manera de una conversación que había comenzado en algún momento en el pasado y ahora hacía aclaraciones pertinentes. Al brindarle un trago decía pausadamente: “Gracias, fui alcohólica y no bebo” y continuaba la conversación. Creo que la característica de su personalidad que más me atraía era la capacidad para no inmutarse al hablar de temas que se consideran normalmente escabrosos. Al hablar de su padre, el genial y archifamoso director de cine Emilio “El Indio” Fernández, lo hacía con la elocuencia y admiración que este merecía, pero sin pasar por alto, cuando venía al caso mencionarlo, el miedo que le tenía, lo “apabullada”3 que se sintió  por él de niña, cómo se fue de su casa a los 18 años y no regresó. Contaba sin un atisbo de autocompasión o lástima de sí misma, cómo tuvo a Emilio Quetzalcoatl, su hijo, al que ella siempre se refirió en mi presencia como Quetzalcoatl, en el Bellevue Hospital de Nueva York, como pobre de solemnidad. No recuerdo que me haya dicho el mes ni el año en que nació el niño. Creo que dijo que hacía frío, pero no sé porque las historias de Adela embrujaban y ahora no estoy segura de cuánto había de memoria y cuánto de imaginación en ellas.

Yo quería saber más, por lo menos intentarlo, ahondar en aquellos recuerdos que parecían tan claros cuando los contaba, pero en los que se presentía una profundidad que impedía ver el fondo. Una vez, mientras hablaba me pareció estar en la boca de un cenote en que solo entrando puedes entenderlo y de veras admirarlo. Le pregunté si dejaría que yo la entrevistara para escribir aunque fuera parte de su biografía. Le gustó la idea, le gustó mucho, y me invitó a quedarme en su casa en Coyoacán, la cual heredó de su padre, esa increíble Fortaleza del Indio Fernández, donde en cierta ocasión asistí a una estupenda representación de Ofelia Medina sobre la vida de Frida Kahlo.

Nuestra última reunión fue en La Habana, en febrero de 2012, durante la Feria Internacional del Libro. Adela había ido para asistir a la presentación de Cuentos de Adela, de Editorial Campana (New York) y de su libro testimonial, Híbrido, publicado por Editorial Laberinto (México). Yo había ido para la presentación de mi novela Rosas de abolengo, de Editorial Oriente (Santiago de Cuba).  Además, Adela estaba visitando a su tía materna, quien tiene más de noventa años, Gladys Fernández. Que su madre se llamaba Gladys Fernández y que era cubana es innegable, pero las circunstancias en que no estuvo más con ella después del divorcio con el “Indio” Fernández son confusas, debido a la omisión que se hace en muchas de las biografías de Adela de la presencia de su madre, como si hubiera sido concebida solo por su padre, y debido a las contradicciones expresadas por escrito, por la propia Adela, sobre ese período de su vida.4

Tantas veces tuve noticias de su gravedad y de su recuperación que pensaba podría verla de nuevo y pedirle que me aclarara la situación respecto a su madre. No estoy segura si habría aclarado o complejizado aún más lo que le preguntaba, pero su respuesta siempre hubiera sido fascinante. Quería preguntarle por qué en sus cuentos hay muchos más protagonistas niños que niñas, me hubiera gustado saber, de su boca, qué sucesos específicos de su vida real inspiraron ciertos cuentos, de qué forma extrajo la información de sucesos reales que presenció o que le contaron o que soñó. En uno de nuestros encuentros me habló de qué le inspiró su cuento “El montón”, esa terrible historia de violencia doméstica, pero solo de pasada lo mencionó porque hablábamos de cien temas a la vez cuando nos veíamos. Me dijo que “El montón” se basa en un episodio de su vida familiar, con unos parientes con los que estuvo viviendo cuando huyó de la casa de su padre y ahora, decía ella, tienen dinero y compran la ropa de cama más lujosa que puedas imaginarte, y no relacionan esta necesidad con su vida pasada, la única que se da cuenta soy yo.

Y ahora, el domingo 18 de agosto, el mismo día en que cumplen años mi bisnieta Leila y mi amiga Chían López, muere Adela, ese lujo de ser humano, una de las figuras literarias más relevantes de América Latina, demasiado desconocida para demasiada gente. Leí que permaneció lúcida en sus últimas horas y que su última voluntad fue:

"Sigan trabajando, sigan difundiendo a mi padre, difundan mi obra". Hagámoslo.

Yo voy a terminar esta nota devolviéndole la dedicatoria que me escribió en su libro Híbrido, al dármelo el 12 de febrero de 2012 en la Feria del Libro de La Habana:

“Mi querida Adela Fernández, te abrazo con gratitud y elevo mi cariño a la altitud luminosa de tus escritos”

Nueva York, 26 de agosto de 2013



1 Sonia Rivera-Valdés, Cuentos de Adela Fernández: Vago espinazo de la noche y Duermevelas. Introducción (New York: Editorial Campana, 2009) 10
2 “El mundo griego siempre me ha estremecido”. …Simplemente de niña presentí que sería madre de Atenea, un ser mitad mexicano y mitad griego, y para cumplir ese destino o para construir ese sueño, fui al encuentro de su padre, le pedí me preñara y alumbré a mi hija bajo el amparo de mis ensoñaciones y de mi culto a lo helénico”. Adela Fernández, Atenea. (México: Editorial Aliento, 2006) 6-7.
3 Esta era la palabra que usaba para describir las exigencias de su padre.
4 En 1986 Adela escribió: “Para la proeza de conquistar a Dolores [del Río], Gladys representaba un impedimento, así que las desavenencias fueron en aumento hasta llegar a la separación. El Indio prohibió a sus hermanas y a Doña Eloísa seguir tratando a Gladys, veto que fue desobedecido a medias con todas las constricciones que les imponía el miedo. A mí me trajeron de un lugar a otro, e incluso Sofía Bassi me comentó que ella le había prestado su coche al Indio cuando se decidió a ‘robarme’. Gladys entró a trabajar como modelo en Kamchatka, la mejor tienda de pieles finas de aquella época, oportunidad que le dio el propietario, un hombre afeminado y de grandes cualidades humanas. El Indio, que quería ganar la patria potestad sobre mí, mencionó en el acta de divorcio que la profesión de modelo era degradante. Durante muchos años a mí se me ocultó la identidad de mi madre. Me hicieron creer que había sido abandonada a los cuatro meses de edad y que por eso El Indio se las veía negras llevándome en una canasta a las filmaciones, dándome biberones y llevando mis pañales. Ahora sé que la separación ocurrió cuando yo tenía tres años, y que aquella mujer a la que me llevaban a ver a escondidas era mi mamá”.
Adela Fernández, El Indio Fernández: Vida y mito. 3ra edición. (México: Panorama Editorial, 1986) 188.
Sin embargo, en su libro Atenea (2006) afirma: Mis padres se divorciaron y yo me quedé desde los cuatro meses de edad bajo el cuidado de mi papá, el cineasta Emilio “Indio” Fernández. A pesar del hombre recio y violento que fue, su ternura conmigo ha sido la mayor de las delicadezas que he experimentado. Me adoraba, era la niña de sus ojos y me encerró en una burbuja de cariño y celo. Me forjó, a su manera; lo idolatré y viví sometida a sus deseos y órdenes. Me fui quedando excluida del exterior y su normalidad. Todo pintaba, dado sus celos, que jamás me permitiría casarme. Me aterró la idea de ser una señorita anciana y solterona. Así que un día, a los 15 años, hui de mi casa.

 

 

 

 

 

Comentarios

Me es muy interesante leer toda la información sobre mi madre la gran escritora mexicana a de la Fernández gracias por continuar con esfuerzo de la investigación de la cultura

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