El títere y Alicia al encuentro de la maravilla

Armando Morales • La Habana, Cuba
Fotos: R. A. Hdez

Aún resuenan los aplausos del último estreno producido por el Teatro de Las Estaciones, cuando ya anuncian un nuevo título, esta vez Alicia, En busca del conejo blanco, adaptación escénica a partir de dos de las más famosas narraciones de Lewis Carroll, centradas en Alicia, personaje que comparte la extraordinaria hazaña literaria de continuar, con su presencia, el florecimiento de la mitología mágica del siglo XX, compartida por, entre otros famosos, Peter Pan o la Pippa medias largas.

Durante el periodo victoriano se calificaba, con actitud un tanto despectiva, como “opera minora” textos probatorios de que las creaciones  dirigidas a la infancia y a la juventud acrecentaban el arte y la cultura. No debe olvidarse la trascendencia, en ese ámbito, de Robert Louis Stevenson (1850-1894), que con su obra sitúa para la historia de la literatura narraciones como La isla del tesoro (The Treassure Island. 1883); La flecha negra (The black arrow. 1888)  entre otros títulos apreciados, leídos y vueltos a leer.

El profesor de Matemáticas Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898), novelista de exuberante fantasía, conocido como Lewis Carroll, es el autor de los textos que se han transformado en materia prima para la igualmente intrépida y pródiga puesta en escena de Rubén Darío Salazar. El montaje fusiona pasajes de estos leídos y versionados títulos, adaptados una y otra vez, tanto para la escena como para la danza, el cine, entre otras expresiones del espectáculo, sin omitir la música y las artes visuales…

Imagen: La Jiribilla

Alicia en el país de las maravillas (Alice in Wonderland) y A través del espejo (Through the Looking-Glass) sirven de base literaria y de libertad expositiva a Rubén para la "persecución fantástica en 10 escenas”, gracias al despliegue alucinante de los recursos del titerismo. Como siempre, el sello identificador de la imagen escénica de Las Estaciones corresponde a la inagotable creatividad de Zenén Calero. La precisión cromática utilizada para cada personaje, así como la modalidad técnica seleccionada, capaz de dar respuesta a las exigencias de la dirección, se materializan en la rigurosa selección de los géneros textiles, capaces de otorgar cuerpo escénico a las figuras.

En el arte de los títeres, el aporte del diseñador escénico sustenta en gran medida la espectacularidad de la puesta en escena. En Cuba ese sello fija y marca el perfil de agrupaciones titiriteras ennoblecidas por creadores como Allán Alfonso, en el Guiñol de Santa Clara, o Emilio Vizcaíno, en el Guiñol de Guantánamo, entre otros afanosos creadores fácilmente identificables, dada la visibilidad estética de sus diseños.

Imagen: La Jiribilla

Luego de un prólogo radiofónico, el espectador, al igual que Alicia, entra en una diferenciada realidad. El escenario convoca a nuestros sentidos; nos alerta a fin de penetrar en efectos translúcidos reveladores de la síntesis de los recursos escenográficos puestos en juego. El teatro de sombras dialogando con la actriz en vivo (María Laura Germán o Karen Sotolongo), ambas haciendo de su expresión corporal y su gestualidad un homenaje a nuestra Alicia Alonso, igualmente maravillosa.

Telones que se despliegan a la vista del público en un abrir y cerrar de ojos hasta ocupar el sitio central del escenario, enmarcando un jardín de encantamientos en el cual el cuarteto parlante de Rosa, Margarita, Violeta y Hortensia (Fara Madrigal y Migdalia Seguí) matizan, desde su diferenciado color, el tono discursivo de la escena. Y si el Ballet Nacional, en su brillante trayectoria, mostraba 4 joyas; el Teatro de Las Estaciones tiene en Fara y Migdalia dos joyas dimensionadas y multiplicadas en su majestuoso oficio.

Imagen: La Jiribilla

El fascinante recurso de la luz negra en la escena con el Gato de Cheshire se ajusta el espectacular cromatismo pactado ante los recursos de esta modalidad del teatro de figuras. La visión del director rescata el diálogo entre  personajes de diferentes naturalezas: La actriz de carne y hueso (Alicia) y la fragmentada figura plana en luz negra (el Gato). Imposible omitir la destreza de los animadores (Iván García y Luís Toledo), en un acople sustancial de la animación de la cabeza y el cuerpo del gato. El final de la escena imanta al espectador al sobredimensionar la inicial escala, magnificando la proporción de la figura.

La magia teatral reclama el dialéctico distanciamiento, propio del arte titiritero, al revelar el trabajo del animador con la figura animada a la vista del público. En esta ocasión, nos devuelve la presencia de Rubén Darío (Oruga de siete colores) y su autoridad de animador como intérprete titiritero, sostenido por la imperiosa necesidad del teatrero de compartir la acción directriz con el trabajo interpretativo del actor; no estar distante de la expresión animista. Darío Salazar  nos embruja en la deslumbrante metamorfosis escénica de la oruga convertida en esplendorosa mariposa espectral.

Imagen: La Jiribilla

La asociación con imprescindibles hitos de la cultura teatral son citadas por el propio Rubén. La Duquesa Melopea y el desparpajado tratamiento a su puerco bebé, es clara alusión a los populares personajes ingleses Punch and Judy. Toda la puesta permite avizorar señales de una cultura teatral en pleno goce de sus infinitos recursos. Los gigantes muñecones esperpénticos de Ying y Yang; la Reina Corazón de Púa, entre otras variaciones titeriles, incrementan las estaciones en la búsqueda del Conejo blanco (Iván García, en pleno dominio. Culminación de un proceso de entrenamiento en la maestría titiritera).

La puesta en escena de Alicia, En busca del conejo blanco, se estructura como aquel teatro del Medioevo, teatralizando estaciones por donde transitan los personajes; en este caso, Alicia en la búsqueda del escurridizo conejo blanco. Teatro de Las Estaciones, una vez más, muestra a un colectivo regido por la creatividad de los componentes del suceso escénico. Elvira Santiago en sus disonantes armonías apoya el trabajo danzario de la laureada Liliam Padrón. La asesora Yamina Gibert pautando la dramaturgia y su eficaz desarrollo escénico, junto a Zenén Calero y Rubén Darío. Todos constituyen puntales de Las Estaciones, un grupo que continúa marcando el paso en la búsqueda del infinito encuentro con los títeres.

Armando Morales: Actor titiritero, diseñador, director artístico, profesor y director del Teatro Nacional de Guiñol.

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