Clara y Mario

Josefina Ortega • La Habana, Cuba

“Quisimos aparentar artísticamente ser una pareja amorosa y esto funcionó. Para muchos éramos un matrimonio. En realidad solo nos unía en la vida una gran hermandad, pero eso no lo sabía casi nadie. Nos creían esposos.

Imagen: La Jiribilla

“Es por eso que en algunas giras, nos reservaban una sola habitación a los dos, porque pensaban que Clara Morales Moreno y yo éramos un matrimonio. Incluso cuando en el Festival de Varadero de 1970, nos dieron una suite para los dos, y yo dije que no íbamos a dormir juntos, los organizadores se lamentaron de que nos hubiéramos separado: ‘¿Por qué se han peleado? Tan bien que se han llevado siempre en escena, duerman otra vez juntos’.

“Y yo tuve que confesarles que no éramos marido y mujer, pues aunque artísticamente dábamos esa imagen, en realidad no éramos una pareja de enamorados y Clara tenía su esposo”.

Mucho gustaba de contar esta anécdota Mario Rodríguez Marrero, —la mitad del popular dúo de Clara y Mario—, cuando ya en sus últimos tiempos, vivía de los recuerdos de las incontables presentaciones que durante años y años hicieron por toda Cuba.

Así lo contó el cronista musical Rafael Lam, quien lo visitó más de una vez  en su casa en su querido pueblo de Regla: La sala estaba repleta de fotos de los distintos momentos del dúo, en especial, de la época de su juventud, cuando allá por la década de 1950 Clara y Mario saltaron a los grandes escenarios.

Nacidos en Regla, ambos se conocían desde niños. Y como si fuera un juego más, empezaron a cantar juntos en el barrio natal. Después lo hicieron muchas veces, con Clara, al piano, sin imaginarse siquiera que llegarían a ser uno de los más reconocidos dúos de la música popular romántica de Cuba.

Al comienzo no tenían grandes pretensiones. Lo hacían solo para pasarla bien, aunque se lo tomaban con mucha seriedad. Tenían un amplio repertorio sólidamente montado, pero de Regla, como quien dice, no habían pasado.

Y así, un día, —lo narró el propio Mario al periodista Luis Hernández Serrano— los dos amigos fueron a La Habana con la idea de ir a pasear por la ciudad y de ver una película en el cine Wagner, —conocido después por Radiocentro, y hoy por Yara. Al salir del cine, al mediodía, vieron una cola, y era que el mismísimo Gaspar Pumarejo estaba probando en el edificio de la Ambar Motors, en la calle 23, en la Rampa, a personas para presentarse y actuar en la televisión.

“No queríamos salir entonces en la recién inaugurada pequeña pantalla, pero sí deseábamos cantar, que nos oyeran e irnos después para la casa. Entramos. Nos sobraba tiempo. Dijimos que queríamos cantar a dúo. El pianista acompañante era David Rendón, famoso, de La Corte Suprema del Arte, pero Clara fue la que se sentó al piano.

“Cantamos algo de moda en ese momento, “No me quieras tanto”, de Avilés, uno de los cantantes del trío mexicano Los Panchos. No estábamos asustados, porque no pretendíamos ser seleccionados para la televisión. Pero el jurado se quedó ‘pasmado’: ‘¿De dónde salieron ustedes?’, nos preguntaron con asombro”.

Esa misma noche cantaron en el Canal 4, en Mazón y San Miguel, donde ahora está el Canal Habana. Él, de smoking, y ella, con un traje largo. De premio recibieron nada menos que un contrato para cantar en el muy popular Club 21, frente al hotel Capri, en el Vedado. Sin duda, habían entrado por la puerta grande.

“Recuerdo que para ser artistas profesionales —le dijo Mario a Luis Hernández Serrano— ellos tuvieron que presentarse ante un jurado presidido por el actor Leopoldo Fernández, el ‘Pototo’ de la pareja cómica Pototo y Filomeno. Así obtuvimos el carné de la Asociación Cubana de Artistas”.

Imagen: La Jiribilla

Pasan los años y todavía hoy muchos se sorprenden al escuchar las bien timbradas voces del “dúo romántico de Cuba”, como los llamó un periodista, en sus días de gloria.

Clara —según los especialistas— tenía una voz segunda de las buenas, y Mario hacía la voz prima, por cierto, lo contrario de otros dúos en los que la voz segunda la hace el hombre. Además, ellos estudiaron música en academias particulares de Regla —ella en el Conservatorio Borges y él, en el Bosch. Ello, por supuesto, los ayudó mucho en el repertorio, el montaje de voces y de canciones, los arreglos.

“Nuestro repertorio —al decir de Mario— eran canciones antológicas, especialmente de la vieja trova, también de los buenos directores de orquesta de la década de 1930: Rodrigo Prats, Gonzalo Roig... Llegamos a cantar un segmento de la zarzuela de Cecilia Valdés. También hicimos cosas de la gente del filin y los contemporáneos: Leopoldo Ulloa, Carlos Puebla y de nuestro coterráneo Juan Arrondo”.

El dúo de Clara y Mario era muy reclamado en toda la Isla. Se presentaban en cuanto centro nocturno hubiera, y también en la televisión y la radio. Hacían giras por todo el país. Llegaron a grabar más de diez LP [Long Play], en distintas disqueras, más los llevados a CD.

Pero un día, la voz femenina del ya famoso dúo enferma y muere el 12 de mayo de 1980. Para Mario Rodríguez, aquella fue una pérdida irreparable. A los 50 años de edad había perdido a la compañera musical de toda su vida. Siguió cantando, incluso en otros países, como EE.UU., México y Colombia, pero ya nunca fue igual, ni para él ni para quienes nos acostumbramos a aplaudirlo siempre junto a su inseparable Clara.

Mario falleció a los 75 años en su natal pueblo de Regla.

Del dúo Clara y Mario todavía se escuchan por la radio algunas grabaciones, como los boleros: “Cuenta conmigo”, de Carlos Puebla; “Si en un final”, de Juan Arrondo; y “En el balcón aquel”, de Leopoldo Ulloa.

Comentarios

Soy una persona que no nació o creció con esta bella música y sin embargo la escuché en la radio nocturna de México y me encantó este dúo. Su talento y sus voces son incomparables. Para mí sus canciones y sus voces permanecerán en el gusto de todos aquellos que amamos la música.

Que bonito recuerdo guardaba Mario de su entrañable amiga y compañera Clara. Desde joven siempre escuchaba este dinámico duo, único e inolvidable. Gracias por tan exquisita y bella redacción, hermosas fotografias.

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