El artista y El liceo de la Habana, órganos del Liceo de la Habana

Cira Romero • La Habana, Cuba

Me refiero, en realidad, al Liceo Artístico y Literario de La Habana, nombre completo de la institución, fundada el 15 de septiembre de 1844 por iniciativa de José de Imaz, José Miró y Ramón Pintó; quienes, como miembros de la Sociedad Filarmónica Santa Cecilia (fundada en 1829), solicitaron la transformación de la misma en Liceo. Su objetivo fue el fomento de las letras y las bellas artes y, a la vez, dar a sus asociados distracciones y entretenimientos. Distinguidos intelectuales cubanos formaron parte de su junta directiva, como Rafael María de Mendive.

Posiblemente de este núcleo de cultivadores de las letras haya salido la idea de crear una revista literaria, fundada bajo el nombre de El Artista, y cuyo primer número vio la luz el 13 de agosto de 1848. Como subtítulo sus editores decidieron poner: “Publicación amena, oficial del Liceo Artístico y Literario”. Esta fue fundada y redactada por Gonzalo Aguiar y Loysel, responsabilidad que se traspasó con posterioridad a José Quintín Suzarte (1819-1888), quien había fundado en 1838 La Siempreviva y colaborado en El Álbum Y Miscelánea de útil y agradable recreo, donde publicó su novela El arrepentimiento tardío, entre otras publicaciones. Había vivido en Venezuela a finales de la década del 30, donde también fundó revistas, como La Guirnalda, Correo de Caracas, Revista de la Guaira y Diario de Puerto Cabello, además de haber desempeñado cargos públicos en la Cámara del Senado y en otras instancias de gobierno. En 1847 regresó a Cuba, colaboró en Diario de la Marina y en 1848 asumió la dirección del periódico Faro Industrial de la Habana, que fuera propiedad de Cirilo Villaverde y Antonio Bachiller y Morales, prohibido por el gobierno en 1851.

Siempre laborando en torno a revistas y periódicos, Suzarte colaboró en otras publicaciones como Revista de la Habana, La Floresta, Las Brisas y dirigió el importante periódico El Siglo (1862-1868) entre 1862 y 1863. También dirigió, en Matanzas, La Aurora del Yumurí. Exiliado en México con motivo de la guerra iniciada en 1868, allí fundó El Cuba, El Pueblo y El Criterio Independiente. Regresó a Cuba, se vinculó al Partido Autonomista y creó en 1882 El Amigo del País. José Quintín Suzarte fue, decididamente, un hombre de fuertes vínculos con la prensa.

El Artista aparecía semanalmente, lo cual significaba, para la época, un esfuerzo extraordinario. Los primeros veintinueve números integraron el Tomo I (del 13 de agosto de 1848 al 25 de febrero de 1849) y al entregar, con el número final, la portada de la revista, para que los abonados pudieran encuadernarla, como era costumbre en la época, se puede leer un lista de colaboradores donde figuran las firmas más notables del momento: Anselmo Suárez y Romero, Ramón de Palma, José Zacarías González del Valle, José María de Cárdenas (más conocido por su seudónimo Jeremías de Docaranza), Ramón Vélez Herrera, Antonio Bachiller y Morales y José Victoriano Betancourt, entre otros. De Betancourt, por ejemplo, publicó su soneto “La Alameda de Paula al morir el día”:

Al vasto mar que su inquietud reprime

Lo agita apenas con murmullo grato

El aura débil que de rato en rato

Sopla sobre él, y misteriosa gime.
 

Allá al oriente do la noche imprime

Por la otra orilla su negror ingrato,

Álzase humilde con sencillo ornato

De Regla el templo en actitud sublime.
 

La corta luz del expirante día

La faz le deja en claridad bañada,

Cual si por ser de Dios noble morada
 

Pusiera en alumbrarla su porfía, —

Mientras a impulso del vapor, alada

Cruza una nave la gentil bahía.

Del fundador de la narrativa cubana, Ramón de Palma, autor de la noveleta Una pascua en San Marcos, y figura notable en la vida cultural cubana del momento, publicó, entre otras colaboraciones poéticas, lo que se considera su mejor poema, “Quince de agosto”, del cual transcribimos algunas estrofas:

Mi dicha es el amor! Tierra de Cuba,

por los ardientes trópicos ceñida,

Tierra de luz, de palmas y de vida,

Mi dicha es el amor!

De tu espléndido sol, de tus estrellas,

De tus brisas del mar y de tus flores,

se desprenden el raudal de los amores

Que bebe el corazón.

Yo te bendigo ¡oh Cuba! porque un ángel

te escogió por morada aquí en la tierra:

yo te bendigo porque en mí se encierra

Un alma para amar.

El 15 de marzo de 1849 comenzó a salir lo que sería el Tomo ii, en el cual Suzarte, por tomar a su cargo la redacción del Faro Industrial de la Habana, se asoció a Andrés Poey, “en quien descansa la redacción de El Artista”, miembro de una familia de intelectuales y científicos de gran prestigio.

Las páginas de esta revista constituyen la esencia misma de la vida literaria cubana del momento: poesías, cuentos, artículos de costumbres y de crítica literaria, traducciones, así como trabajos acerca de educación, ciencia y agricultura. En este nuevo volumen sus páginas se enriquecieron con firmas como las de Cirilo Villaverde, por entonces exiliado en los EE.UU., Joaquín Lorenzo Luaces, Tranquilino Sandalio de Noda —el sabio naturalista nacido en Guanajay, perteneciente entonces a Pinar del Río, quien por aquellos años se nutría de los conocimientos más variados gracias a poder utilizar la biblioteca privada, científica y literaria, del erudito francés Dubois, uno de los emigrados franceses de Santo Domingo y dueño, en la zona occidental de la Isla, de numerosos cafetales—. En El Artista dio a conocer algunos de sus trabajos científicos y dio probada cuenta del dominio de idiomas como el hebreo, el griego y el latín, así como varios dialectos africanos. En sus páginas publicó además algunos relatos históricos casi novelescos y varios poemas.

En este segundo Tomo, fue asiduo colaborador una figura bastante olvidada, pero no menos importante, como Ignacio María de Acosta (1814-1871), habanero, pero residente siempre en Matanzas, poeta y promotor literario, a quien se debe (junto con Emilio Blanchet) haber dado a conocer a través de Aguinaldo de Luisa Molina, a esta casi desconocida poetisa cubana, de vida casi miserable, cuyos versos causaron la admiración, desde España, de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Cantó a Matanzas en poemas jocosos como “El carretero y el eco”, acogido en las páginas de esta publicación:

En un pantano atascado

a orillas del Yumurí

hecho estaba un renegado

el carretero Juan Prado,

bravo como un callarí.
 

Cual carretero de ley

juró como un condenado;

y al gritar desesperado:

¡Perlas finas!... ¡Tesis!! ¡Buey!

Oyó que del otro lado

una voz le dijo:

 —¡Ey!
 

Mal rayo de Dios bendito!

Quién demonios me llamó?

Qué quiere?... Lo ves, maldito,

ya el eje se me torció.

 —Sió.
 

A callar a sus gallinas

si las tiene o las robó...

tesia bueyes!... Perlas finas!...

A mí naiden me calló.

 —Yo.

El último ejemplar encontrado de El Artista corresponde al 1ro. de noviembre de 1849. Aunque hay noticias de que en 1852 se unen Rafael María de Mendive y José Quintín Suzarte para reiniciar la revista, no se han encontrado ejemplares de esta etapa.

En 1857 comenzó a publicarse de manera irregular El Liceo de la Habana, también órgano de la sociedad, iniciado el 4 de enero de ese año, aunque no se declaró continuador de El Artista. Figuraron noticias sobre las diferentes actividades realizadas por las secciones respectivas de la institución: literatura, música, bellas artes.

La revista estuvo a cargo —en diversos momentos— de Felipe López de Briñas, Fernando Valdés Aguirre, José Ramón Betancourt, José Ignacio Rodríguez. La lista de colaboradores es igualmente notable en estos años. Gertrudis Gómez de Avellaneda, asentada en España desde 1836, fue nombrada socio corresponsal, al igual que el conde de Frías.

En 1860 la revista fue eco del acto de coronación de la Avellaneda, realizado en el Teatro Tacón el 27 de enero de 1860, actividad promovida por el Liceo Artístico y Literario y que trajo aplausos y críticas, provenientes, estas últimas, de cubanos que no veían a la poetisa como cubana y la identificaban con el poder colonial español, al formar parte, en Madrid, de la corte de los Reyes de España, quienes habían apadrinado su boda con el militar español Domingo Verdugo.

La pareja había llegado a Cuba a finales de 1859 como miembros del séquito del recién nombrado Capitán General Francisco Serrano y fue José Ramón Betancourt, figura clave de la publicación y camagüeyano, como la escritora, quien promovió su coronación, que estuvo a cargo de la poetisa Luisa Pérez de Zambrana y la condesa de Santovenia.

Esta nueva etapa en Cuba de la insigne mujer se extendió hasta finales de 1863, cuando Verdugo murió en Pinar del Río y ella dejó la isla ya para siempre. Por cierto, fue José Ramón Betancourt, su más fiel amigo, una de las escasas personas que acompañó al cadáver de la otrora asediada Avellaneda al morir en Madrid en febrero de 1873.

El Liceo de la Habana finalizó su publicación en 1867, casi junto con la propia institución que la auspiciaba, pues tras el estallido de la guerra en octubre de 1868 muchos de sus socios abandonaron La Habana, bien hacia el extranjero o a integrar las filas del ejército libertador. Desaparecía así una revista que, en dos etapas, agrupó a un nutrido grupo de escritores cubanos necesitados de darse a conocer y ávidos por mostrar que la cultura cubana era distinta a la española, aunque el idioma fuera el mismo.

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