Los delfines

Aunque el balneario quedaba relativamente cerca, salieron bien temprano para aprovechar el día y ganar una jornada de sol, de mar azul y arena fina. Relativamente porque, en condiciones normales, nunca serían más de tres horas de viaje.

Aún así, llegaron poco antes de la medianoche. Viajaron a saltos, haciendo autostop, empantanándose en algunos pueblos del camino, pues era mejor reservar el poco dinero que llevaban para después, no derrochar en transporte. De todas formas, ellos contemplaron con entusiasmo y bondad esos villorrios nada pintorescos, a todo lo largo del camino, cada uno con su parroquia y su pedazo de carretera que los partía en dos. La segura recompensa de la meta atenuaba cualquier inconveniente.

Se celebraba un certamen literario, poesía de amor, y a él le habían pedido evaluar aquellos versos ardientes, delirantes o atrevidos en contienda, escudriñar en la pasión y dar un veredicto. A la orilla del mar, en una playa bellísima. Era una combinación excelente, y decidió llevar a su amante. Como invitado especial, nadie pondría objeciones. Las reglas de la hospitalidad y la etiqueta recomiendan solucionar estos imprevistos con eficiencia y discreción, de modo que el huésped no note siquiera la desazón inicial.

Era la oportunidad esperada. Y dadas las condiciones, no podía ser mejor. Tres días, con todos los gastos pagos, en un lugar de ensueño. Tanto tiempo haciendo el amor en los huecos de las escaleras, detrás de una puerta que en cualquier momento se podía abrir, en cualquier pausa entre una mirada y la otra los había hecho anhelar ese instante de tranquilidad, de abandono y entrega sin preocupaciones que ahora se les presentaba. El tiempo de la aventura se iba marchitando, los sobresaltos comenzaban a agotarlos.

Al llegar vieron una fila de coches Mercedes-Benz parqueados junto a la Estación terminal del famoso balneario, todos con la puerta del conductor abierta y un chofer de uniforme junto a cada volante. El camión se detuvo al final de la fila, les cobraron un precio ridículo, y ellos desfilaron ante la caravana de autos, rechazando las ofertas con suficiencia. Era una actitud digna del lugar, un buen comienzo. El hotel distaba unos dos kilómetros y prefirieron caminar, sentir la brisa fresca, la agradable sensación de saberse allí.

Lo que más les llamó la atención fue la calma imperante. Paseando por una avenida que se abría entre dos hileras de pinos, podían oír el sonido de las olas. Parecía demasiado tranquilo siendo un sitio para el ocio. Aburrido incluso, teniendo en cuenta la hora. No salía música de ningún local, no se oían risas. Todo en silencio, aunque iluminado por resplandecientes anuncios de neón incitando al desenfreno, al bullicio de la feria. Como esas casas solariegas a las que se llega esperando ser recibidos por el alboroto de los niños y resulta que todos duermen, y no se entiende nada hasta que uno de los anfitriones explica: están de penitencia.

El vestíbulo del hotel parecía una prolongación del exterior. Espantaba de tan iluminado y vacío. En la recepción un joven serio, despierto, miraba hipnotizado los cristales de la entrada. Ella siguió hasta la terraza, frente al mar, y se hundió en uno de sus cómodos divanes, que la envolvió como un guante de espuma. Nada más agradable, después de todo un día de marcha, que estirar las piernas fatigadas y hermosas. Esperaba con ansiedad la salida del sol para pasear su cuerpo de tigresa joven por la arena. Él se identificó, y el de la recepción registró sus generales. Dijo que tenían reservada una cámara personal. No, no era un problema de capacidad, tampoco una equivocación, pero él no estaba autorizado a cambiar lo establecido. Sí, tenían disponibles habitaciones dobles, pero no podía resolver de momento la situación.

Ella no lo podía creer. Que todo se desmoronara así, de repente, en las mismas narices de la gloria. Era un criterio erróneo empezó por decir, y terminó gritándole al cancerbero que se metiera sus alcobas por el culo. El supo entonces que ninguna excusa sería suficiente, que ya nada podría conseguirse: no hay nada peor que un portero ofendido. Por lo demás, a la mañana siguiente, él podría exigir una explicación a los organizadores del evento y al gerente del hotel, pero si no habían previsto alguna solución para una contingencia tan nimia como aquella, las posibilidades de solucionar el problema eran exiguas. No obstante decidió aventurarse y preguntarle al carpetero si conocía alguna alternativa cercana, pero éste ni siquiera se dignó a mirarlo, hipnotizado otra vez frente a los cristales. Y allí en el vestíbulo no podían quedarse, después de lo sucedido.

Tampoco tenía sentido indagar en otros lugares. Estas regulaciones prevalecían en todas partes: sin mucha diferencia de matices, recibirían siempre la misma respuesta. Apelar a la flexibilidad o a la compasión de un conserje de hotel a esa hora de la noche era ridículo; y sin dinero, una estupidez. Ni siquiera podían regresar. Nada se movía. Pero tampoco lo deseaban: si habían llegado hasta allí, algo del lugar tendrían que usufructuar.

Sin alejarse mucho de la villa se acercaron a la playa, se desnudaron y entraron al agua. El terral amainó, las olas (también) se habían calmado. Durante un largo rato se mantuvieron a flote, acunados por ese manto de placer oscuro y tibio. Era confortable estar allí, olvidarse de las fatigas del día bajo aquél cielo con luna llena. Cada tanto, aprovechaban su resplandor para sumergirse y nadar contra la corriente. En las noches de luna, las diminutas partículas del plancton absorben la luz como bacterias fotógenas, emitiendo una fosforescencia que, al ser atravesada, crea la ilusión de miles de cuerpos errantes que pasan a nuestro lado, como si nos desplazáramos por el espacio cósmico.

La playa estaba desierta. Sentados en la arena, compartieron las provisiones que quedaron del viaje. Habían guardado también un poco de alcohol en una caneca de J&B. Comieron y bebieron allí; luego los atacó la sed. Él regresó a la villa, donde el cocinero de guardia le llenó un recipiente con agua medio salobre. Ella lo esperó fuera, sentada en la hierba del jardín. Desde allí contempló las ventanas cerradas de las habitaciones, intentando adivinar cuál hubiera podido ser la suya; escuchaba el rumor de los aparatos de aire acondicionado, el goteo helado en los pasillos exteriores como lágrimas de ambrosía.

A un lado del hotelito había un muro, de grandes piedras calizas, que llegaba hasta la orilla de la playa. Junto a él crecían algunos arbustos de uvas caletas, protegidos por la misma altura de la pared. Allí había intimidad; y la calma, ya lo habían visto, estaba garantizada. Otra vez al mar para quitarse la arena de los cuerpos. De vuelta, recogieron sus cosas: dormirían entre los arbustos.

Aunque no era el paraíso, allí se estaba bien. Extendieron sobre la arena las amplias toallas de playa, las bolsas como almohadas. Ella sacó una cajetilla de Marlboro, guardada para el momento en que, ya acomodados en la habitación del hotel, se echaran sobre la alfombra a contemplar el horizonte entre las cortinas movidas por la brisa marina. Bebieron otro poco de alcohol. Cuantos brebajes no había conocido la querida caneca, atesorada sobre todo por su capacidad de aparecer siempre, incluso después de las peores borracheras. Este tipo de fidelidad le ha permitido conservar las pocas cosas que posee. Igual pasa con su mala suerte, que se traslada con él donde quiera que va. Piensa en esto y cierra los ojos.

Ella, en cambio, prefiere ejercitar su imaginación, y como no obstante a todo las cosas podían ser como debieron haber sido allá arriba, en la tranquilidad y el confort verdadero de la alcoba, desabrocha la parte superior de su bañador y le acaricia el pecho con la punta de los senos. De abrir los ojos, él podría ver también aquella lengua que moja los labios antes de recorrerle el cuerpo. Realmente se pierde un gran momento: es la boca, la lengua, el gesto de una experta. Pero prefiere mantenerlos cerrados y sentir el pelo cuando roza sus párpados, la punta de la nariz, los pómulos, toda la cara. Decide esperar entonces el peregrinaje de la saliva por la piel, el húmedo contorno que va perfilando sus músculos hasta envolver su miembro de piedra en una tibia cápsula de secreción espumosa. Ella tiene los labios, los pezones y el clítoris llenos de sal, y él desearía arrancárselos con la boca. Boca de sal también. La luz de la luna, infiltrándose entre los arbustos, diseña ideogramas de plata en la espalda que convulsiona, cabalgando furiosa en la doma del crótalo, que descabeza y engulle con la presión de la vulva. Él la agarra por la cadera y empuja desde abajo, arqueando su cuerpo con cada golpe de penetración; quiere perforar esa oquedad y esparcir su semen en el cerebro de la amante, que la presión lo haga subir hasta allí.

Como casi siempre en ocasiones anteriores, era un amor furtivo, precario también, pero ellos ya no se acordaban. Al voltearla, ella afinca sus manos contra el muro, levanta las caderas y presiona hacia atrás pero sin hacer resistencia. Ambos reprimían sus jadeos; les excitaba aquél sonido producido por la fricción viscosa de sus órganos, que se amplificaba con la intensidad de sus movimientos, con la pasión que crecía en cada uno. Ella pensó que el glande de su amante era imponente y preciso, y los primeros efluvios crecieron desde su oscuro manantial, inundando su fuente de jade con una baba dulce y caliente que se escurrió entre sus dientes, colgando en hilachas de las comisuras de los labios antes de gotear sobre la arena. Ni siquiera intentaron algunos de sus juegos malabares; cada cual pretendía la posesión más feroz. Un luthier llama ánima a ese fulgor, al corazón inimitable de un violín y no al sonido de una cuerda vibrante, que puede ser solo el resultado de una ejecución precisa. A ese núcleo se llega por desesperación, por extravío; el conocimiento nos aproxima, pero desconoce la clave porque todas son únicas y distintas. Entonces gritaron como si quisiesen demoler unas paredes inexistentes. De rabia y de deleite ambos, a la vez, sincronizados los orgasmos. El grito de ella, sin embargo, perdura; queda suspendido en el aire, en el silencio. Todos sabemos —por descubrirlo fue cegado Tiresias— que el goce femenino es, al menos, doble con relación al de los hombres. Un grito largo que se fue apagando con las olas.

Relajada, conservando la misma posición en que un instante antes había aullado de placer, ella se quedó dormida sobre un amasijo de bolsos y toallas. Los rituales que la prisa imponía se habían vuelto familiares; eran voluptuosos pero sin grandes exigencias, y su modo de hacer el amor no tenía un claro inicio o un final definido, y muchas veces terminaba en el sueño. O el sueño lo interrumpía. La luna dibujaba ahora sus arabescos sobre las nalgas duras y perfectas de la muchacha, sombras variables con cada golpe de aire en los arbustos. El estiró las toallas, tirando con cuidado de las puntas en su intento de cubrir todo el territorio bajo su cuerpo sin despertarla. Hacía mucho calor, pero la humedad de la arena en la madrugada es nociva para los pulmones de una adolescente. Luego se tumbó junto a ella, bien pegado a la piel todavía sudada, y arropó los dos cuerpos desnudos con un vestido de flores, ancho como una sábana.

Ella sintió un destello que le traspasaba los párpados, y entreabrió los ojos. A diez centímetros de su cara, el hocico jadeante de un pastor alemán la olfateaba. Los colmillos, dos cimitarras de marfil, brillaban en la oscuridad. Una tensa correa de cuero detenía los tirones del perro, impidiéndole acortar aquella distancia oscilante y precaria. Desde su posición pudo ver también la punta de una bota negra junto a las patas del animal. El vestido se había corrido hasta los pies formando una bola estrujada. Fingió seguir profundamente dormida, y simulando uno de esos movimientos incoherentes propios del sueño, se cubrió las piernas hasta la cintura y se volteó, enlazándose a su compañero. El pudo sentir los pechos tibios aplastados contra su espalda, y para reciprocar esa muestra de afecto quiso virarse, pero ella, aprovechando la cobertura de la tela que los cubría, le apretó con fuerza un brazo. Era la presión del miedo, y él lo sintió enseguida.

—Vamos, despiértenlos.

—¿Usted está seguro, capitán? Parecen extranjeros...

—¿Extranjeros? Extranjero soy yo.

—Los de aquí no duermen desnudos en la arena. Además, no

sé... mire la caja de cigarros...

—Sujeten bien a los perros.

El que llamaban capitán encendió su linterna antes de aproximarse.

Soportando el navajazo de la luz en el rostro, ellos hicieron lo posible por no arrugar el ceño. Podían oler el aliento del hombre, mezclado con otro más caliente y apestoso que debía ser el de uno de los perros. Lo sintieron moverse alrededor, con cuidado, tocar la botella con la punta de una bota. Si se le ocurre pegarme el oído en el pecho estamos perdidos, pensó él. O en el de ella, que martilleaba a su espalda.

—Yo mejor los dejaría... Puede ser un problema.

—Cállese.

Apagó la linterna y dio unos pasos hacia la playa. «Estos cabrones... qué bien viven...», murmuró. Con el arreo de los perros en la mano fue caminando lentamente hasta la orilla, donde hizo que las cabezas de las bestias se aproximaran a la superficie serena y negra del mar. Allí se reflejaron los dos pares de ojos, cuatro brasas rojas que resaltaban entre las partículas plateadas del plancton. Aquel hombre sabía que la mirada del basilisco es tan fuerte que su propia imagen puede matarlo, y los llevaba a abrevar allí en el fluido oscuro, donde el reflejo de sus propios ojos no pudiese aniquilarlos.

Saciados, los ojos se apagaron. El hombre, entonces, metió entre los dientes de los dogos una mano forrada con un grueso guante de goma. Por las marcas dejadas podía medir la presión de las mandíbulas. Parecía satisfecho.

Los dos subalternos habían quedado empotrados en la arena, intentando adivinar las desnudeces que la tela sobre las cuerpos insinuaba. El otro se acercó. «Todo está bajo control —dijo—. Muy tranquilo y muy bueno. De estos dos, mañana sabremos quienes son. Ahora enmascaren los hierros y vamos al mar. Tal vez hoy los pescaos vengan más temprano»

Ellos podían oír las risas en el agua, el chapoteo de los perros a poca distancia. Aún así, decidieron mantenerse inmóviles. Se habían llevado la caneca, y ahora la lanzaban a los canes, que la traían de nuevo hasta la orilla. El necesitaba un trago para calmarse; ella daría la vida por encender un cigarrillo. Así durante dos horas, hasta que comenzó a clarear. Las dos horas más oscuras de la noche, entre los gritos y los aullidos de los perros. Un par de veces lanzaron la caneca cerca de ellos. Los pastores alemanes pasaron el hocico sobre la tela floreada, por las piernas descubiertas y cerca del cuello de él. Había luna llena. La segunda vez estuvo a punto de gritar, pero solo la presión de la muchacha sobre su abdomen logró contenerlo.

«Aquí hoy no viene ni dios. Andando» Oyeron otros gritos, sin saber si estaban dirigidos a ellos o a las bestias. A estas alturas ya daba lo mismo, y la ronda se alejó despacio por la orilla, bordeando la línea del agua. Un rato después, todavía paralizados, intentaron algunos movimientos cuando la brisa fría que venía del mar azotó los arbustos sobre sus cabezas. Entre los dos se frotaron los brazos y las piernas. Entraban en calor a medida que todo se hacía más nítido. Otra vez reinaba la calma y el silencio. Al incorporarse, vieron a una pareja de delfines que se desplazaba paralela a la orilla. Saltaban hacia el sudeste, cincuenta metros mar adentro. Corrieron entonces un buen tramo, manteniendo el ritmo de los mamíferos en el agua, hasta caer extenuados. Luego siguieron caminando, despacio, y con sus pasos borraban las huellas de los perros en la arena.


Tomado de: La ínsula fabulante. Editorial Letras Cubanas, 2008.

Atilio Caballero Menéndez (Cienfuegos, 1959). Dramaturgo, narrador y poeta. Graduado en Teatrología y Dramaturgia. Ha obtenido los premios Calendario de Poesía (La arena de las plazas), UNEAC de Novela (La última playa), Dador de teatro (Marca de agua) y Pinos Nuevos de narrativa (El azar y la cuerda), entre otros. Ha publicado los libros de narrativa Naturaleza muerta con abejas (Letras Cubanas, 1999), Tarántula (Letras Cubanas, 2000) y La máquina de Bukowski (Letras Cubanas, 2007). Se ha desempeñado como director del grupo Teatro de La Fortaleza. En el 2013 obtuvo el Premio Alejo Carpentier de cuento con el libro Rosso Lombardo.

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