Música

Al Benny le gustaba el jazz

Muchos todavía se preguntan por qué Bartolomé Maximilano Moré escogió el sobrenombre de Benny para su carrera artística. Se sabe que ello ocurrió en México, donde llamarse Bartolo, la forma breve en que los cubanos se  refieren a Bartolomé, chocaba con la norma del país vecino. Al avecindarse por buen tiempo allí, luego de una exitosa temporada de presentaciones con el conjunto de Miguel Matamoros, el lajero probó primero con el alias Homero, pero en definitiva hacia 1947 adoptó Benny, influido según testimonios de gente cercana al cantante por el éxito del compositor y clarinetista norteamericano Benny Goodman.

Esto indica dos cosas: una, la admiración que el cubano sentía por una de las figuras cenitales de la llamada Era del Swing; y otra, el conocimiento que poseía sobre la actualidad musical norteamericana y su gusto por el jazz, el cual cultivó en Cuba, desde que decidió en 1940 instalarse en La Habana.

Imagen: La Jiribilla

De la afición de Benny por el jazz, José Reyes Fortún, en su documentado libro El arte de Benny Moré: ofrenda criolla, ofrece una pista segura: la amistad del lajero con Rafael Cueto, integrante del célebre Trío Matamoros, quien llevaría al joven sonero a manos de Miguel para que este lo integrara al conjunto del mismo nombre.

Cueto acogió más de una vez a Benny en su casa, donde era frecuente escuchar discos de jazz recién importados de EE.UU.

Entre los favoritos de Cueto se hallaban las bandas de Duke Ellington, Cab Calloway, Count  Basie, Artie Shaw, Glenn Miller y, por supuesto, la de Benny Goodman.

Este clarinetista y fundador de una de las big bands más populares de su tiempo, había impuesto en Cuba, tanto a través de su propia grabación como por las versiones de agrupaciones de la Isla, varias obras definidoras de su estilo, entre ellas Sing, sing, sing (with a swing).

Es casi seguro que cuando Beny frecuentó a Cueto, este le mostrara uno de los discos más entrañables de su colección, Hot Jazz, que adquirió en La Habana en 1945, pocas semanas después de salir al mercado en EE.UU. y en el que se recopilaban los grandes éxitos de Goodman entre 1934 y 1943.

La capital cubana en esa época, más que México, se hallaba permeada por el sonido de las grandes bandas estadounidenses de la corriente del swing y de las propias del patio, que acriollaron el formato con los ingredientes de la percusión vernáculo y alternaban en su repertorio obras de géneros y autores de la Isla con piezas de moda pertenecientes al mainstream jazzístico.

El propio Reyes Fortún recuerda que “para los años cuarenta, en el panorama musical de Cuba adquiría un auge mayor la poderosa metalería de los formatos orquestales del tipo big bands norteamericanas [lo cual] le reveló al joven Bartolomé el franco proceso de tránsito experimentado por estos formatos, concretando una "cubanización" tímbrico-sonora que las hacía sonar con personalidad propia; para ello recalcaron en su batería enriquecimientos tímbricos, más que rítmicos, con la incorporación y la búsqueda de acoples entre el timbal, la tumbadora, las maracas y el bongó con el instrumental en uso por las bandas norteamericanas”.

Esa influencia marcó a Benny a la hora de concebir su Banda Gigante, tal como lo había recibido no solo de las atentas audiciones que le regaló su amigo Cueto sino por la vía de orquestas cubanas como Casino de la Playa, los Hermanos Palau, Havana Casino y Hermanos Castro.

De modo que el jazz, más que aportarle un nombre artístico, se le filtró en la misma idea de lo que para él debía ser su principal vehículo sonoro, una orquesta con la que penetró para siempre en la mente y el corazón de sus compatriotas desde que grabó en la primavera de 1953 en La Habana el son Manzanillo, de Ramón Cabrera.  

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