Julián del Casal, periodista

María Antonia Borroto Trujillo • La Habana, Cuba

José Martí  y Julián del Casal son considerados los dos grandes corresponsales cubanos de finales del siglo XIX. Martí sería “el gran corresponsal cubano del extranjero”, mientras que Casal, lo sería “desde el propio país”. Kelly Kreitz [: 143] basa ese criterio en el hecho, demostrado por Susana Rotker, de que el tema tratado por los dos grandes modernistas cubanos es la modernidad. Cintio Vitier señala, muy atinadamente, que “en New York [Martí] es el testigo metido en las entrañas que están pariendo los tiempos modernos. En cuanto él es un hombre de esos tiempos modernos, participa incluso estilísticamente en todo el inmenso suceso” [: 208]. El asunto, en cambio, no resulta tan evidente tratándose de Casal, o, lo que es igual: varios aspectos deben ser precisados para una mejor comprensión de la modernidad casaliana, o, para ser más exactos, de la forma en que Casal dialoga con la modernidad, de la que participa y de la que también a ratos se distancia.

Mas otro asunto recaba, al menos de momento, ciertas aclaraciones: lo referido al autor de Nieve como el otro gran corresponsal cubano. Esta afirmación es tremenda. Tremenda porque implica nociones que deben ser dilucidadas, pues de lo contrario deviene frase vacía de todo sentido. ¿Qué significa ser un gran corresponsal? Es más, ¿qué significa serlo en las postrimerías del siglo XIX, y en Cuba, país atenazado por un obsoleto régimen colonial? ¿Qué significa esa equiparación entre el uno y el otro, Martí y Casal, siempre contrapuestos por la crítica tradicional?

La modernidad de los textos periodísticos martianos, espacio para la exposición de una conflictiva y en ocasiones contrapastoral asunción de la modernidad triunfante es asunto, si no ampliamente demostrado, al menos explicado en esclarecedores estudios de Julio Ramos, Susana Rotker, Iván Schulman, Roberto Fernández Retamar, Ángel Rama, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Pedro Pablo Rodríguez, Mayra Beatriz Martínez, entre otros que, a lo largo de los años, han legado páginas que permiten conformar un corpus teórico en el cual ubicar el magistral —y conflictivo— periodismo martiano. Conflictivo —adjetivo que también conviene a los textos en prosa de Casal— por su hibridez y claro contrapunteo con las formas que, andando el tiempo, llegarían a ser las dominantes en el ejercicio del periodismo, a constituirse en el llamado estilo periodístico. Ambos, como los modernistas todos, deben vender su trabajo en un nuevo mercado: el de la escritura, circunstancia que deviene, de facto, uno de los ejes de su creación.

Apreciarlos a ambos como corresponsales, como los grandes corresponsales cubanos, puede significar un acto de injusticia. Apenas conocemos el periodismo cubano realizado en el siglo XIX. Los años de la llamada Tregua Fecunda, por ejemplo, años de una verdadera revolución editorial, sobre todo en lo concerniente a las publicaciones periódicas, vieron descollar a un granado grupo de periodistas, cuya obra yace sepultada bajo nubes de polvo —hablo del polvo del tiempo, y del otro, no tan metafórico— o cuya edición en forma de libros —de acuerdo a los muy personales criterios del respectivo compilador— es ya bastante lejana. Por eso, siento apresurada la catalogación de ambos como “los dos grandes corresponsales cubanos”, no porque dude que ambos lo sean, sino porque temo ser injusta con Enrique José Varona, Julio Sanguily, Ramón Meza, Enrique Hernández Miyares, Manuel de la Cruz, entre muchos otros, cuya obra periodística apenas nos es posible conocer en su verdadera amplitud y naturaleza. Confieso, por demás, ser enemiga de las fáciles etiquetas y de ese ordenamiento, según un escalafón preciso, de los méritos literarios —o periodísticos, según el caso— de cada cual. Mas algo sí debemos convenir: asumirlos a ambos como grandes corresponsales cubanos implica asumir su presencia, en tanto firmas notables, en los grandes periódicos del continente, los pioneros en la modernización de la prensa, verbigracia La Nación y La Opinión Nacional, o, por el contrario, en los que significaban algo similar en el ámbito de la colonia, La Lucha, El País, La Caricatura o en una revista tan notoria como La Habana Elegante. Asumirlos como grandes corresponsales implica aceptar la vastedad de sus miras, el despliegue en sus textos de un amplio y abarcador abanico que es expresión de la sociedad observada. Asumirlos como grandes corresponsales implica asumir la excelencia, desde el punto de vista formal, hasta el punto que, solo con serios reparos, ambos podrían ser catalogados, según criterios actuales, como meros corresponsales. Esto es curioso, pues los textos martianos y casalianos entregados a las prensas ya eran vistos con reservas por ciertos editores, quejosos de la mucha literatura presente en ellos y deseosos, por ejemplo, de párrafos cortos y de la sola exposición de los hechos, sin la desaforada presencia del sujeto literario —en el caso de Martí—, o, tratándose de Casal, recelosos de su sombrío estado de ánimo y de la acritud con que explicita que, en ciertos asuntos, no hacía sino cumplir los encargos de los editores y las supuestas apetencias de los lectores. Es curioso, porque el ejercicio periodístico en ambos demuestra la movilidad de las fronteras entre la literatura artística y otras formas, mucho más funcionales, de lo literario, y cómo el estatus mismo de lo literario se modifica radicalmente con el modo de escritura —contra reloj, fragmentario, altamente referencial respecto a la realidad evocada, hasta el punto que ya comienza a perfilarse el mito de la transparencia entre el hecho y el texto que lo narra— que se entroniza desde los periódicos, con redacciones organizadas según criterios cada vez más modernos, con claro sentido empresarial y donde comienza a primar el efectismo que hoy en día envuelve a los llamados medios en una loca carrera en pos de lo más escandaloso.

O sea, Julián del Casal y José Martí son modernos en tanto periodistas, no ya porque el asunto de sus crónicas sea la modernidad, vivenciada con dolor y escepticismo, sino por la tempranísima conciencia de ambos de las profundas transformaciones en el campo de la escritura, y por la certeza de que los nuevos tiempos estaban pariendo una nueva forma de escritura, la entronizada desde los diarios, cada vez más ubicuos, o desde las  agencias —que ya entonces daban la pasmosa sensación de tener el mundo al alcance de la mano—, escritura donde la velocidad —ese vértigo que entraña el acaecimiento de un hecho y su presencia en el diario de la jornada siguiente— comienza a ser un valor en sí misma.

Las proteicas relaciones entre literatura y periodismo tienen, en el caso del modernismo, una salvedad insoslayable: su configuración en las publicaciones periódicas. Lea Fletcher, en un atendible libro que reúne cuentos modernistas nunca reunidos en libros por sus autores, o lo que es igual, dispersos en publicaciones periódicas, comenta la lógica del nacimiento de los mismos: “Así, por un lado negativo —la escasez de libros—, y por otro positivo —la abundancia de publicaciones periódicas (diarios, revistas, almanaques)—, resultó que fueron estas en donde más se leyeron los escritos modernistas. El papel de estas publicaciones fue indispensable en la difusión del modernismo como nunca lo fue para los otros movimientos”. Y afirma la validez, aún hoy, de una opinión, expuesta en 1959 por Rafael Alberto Arrieta: “No ha sido escrita aún la historia del modernismo en la Argentina y solo podrá serlo a través de los diarios, periódicos y revistas de la época, que en buena parte guardan intactos sus materiales”  [: 21].

Desconocer la historia de la prensa es, por tanto, desconocer la historia del modernismo, y, viceversa, relación que se complica a tenor con lo expresado por Julio Ramos respecto a nuestra insuficiente comprensión de los procesos comunicativos de finales del siglo XIX: “los historiadores del período —época de incorporación de América Latina al mercado internacional, al decir de T. Halperin Donghi— no prestan atención a la importancia que los medios de comunicación tuvieron en términos de la modernización social en la época”. Son varios los aspectos sobreentendidos: “la prensa contribuyó a articular los mercados locales, e incluso internacionales, y […] de algún modo permanece como archivo de la vida cotidiana de aquellas sociedades”. Sin embargo —según Ramos—, “es notoria la ausencia de historias más o menos rigurosas del periodismo, cuyo desarrollo más bien ha sido objeto, por lo general, de las narrativas y anecdotarios de los mismos periodistas” Ello no impide “argüir que el desarrollo de la prensa en el siglo XIX —como ya preveían los patricios modernizadores— fue una condición de posibilidad de modernización y reorganización social que caracteriza al fin de siglo” [2009: 184-185].

Ello sitúa a los modernistas, y a Casal, en uno de esos momentos bisagra, no ya respecto a la modernización de la sociedad, sino de la prensa misma: época de paradigmas encontrados y de reformulación de las estrategias de enunciación. Tales son las circunstancias de su ejercicio del periodismo, aunque, a mi modo de ver, lo verdaderamente significativo es su reflexión —convengamos que bastante adelantada y en consonancia con lo que por esa fecha y en años posteriores expondrían al respecto otros escritores y periodistas— sobre los mecanismos de funcionamiento de la prensa, sobre su lugar en la sociedad y sobre el espacio reservado, por la nueva organización, al escritor, y por el lugar que los textos resultantes, nacidos de tales pulsiones, tendrían dentro del ámbito de su obra propia y de la modernidad.

 

Bibliografía:
  1. FLETCHER, Lea (1986): “Introducción”, en Modernismo: Sus cuentistas olvidados en la Argentina. Buenos Aires, Ediciones del 80, pp.11-47.
  2. KREITZ, Kelly (2007): “Mirar el mundo como corresponsal: ecos de la prensa en el modernismo de Martí y Casal” (en) Anuario del Centro de Estudios Martianos 30, 2007, pp.137-143.
  3. RAMOS, Julio (2009): Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en el siglo XIX. Caracas. Fundación Editorial El perro y la rana
  4. ROTKER, Susana (1992): Fundación de una escritura: las crónicas de José Martí. La Habana. Ediciones Casa de las Américas.
  5. VITIER, Cintio (2004): “El periodista”, (en) Vida y obra del Apóstol José Martí. La Habana, Centro de Estudios Martianos.

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