Julián del Casal siempre

Enrique Saínz • La Habana, Cuba

Cuando evoco a Julián del Casal lo veo caminando por las calles de La Habana profundamente ajeno a todo lo que está a su alrededor, una ajenidad radical que no desmienten sus crónicas ni los testimonios de los amigos. Los datos de su vida más o menos conocidos, bastan para que tengamos una imagen suya suficiente. No creo que ninguna experiencia vital ignorada que haya tenido este poeta en algunos momentos de su ir y venir por la ciudad nos entregue a otro Casal que el que ya nos revelaron sus textos y nos han retratado sus contemporáneos pues, por muy novedosa que sea esa vivencia que no ha llegado hasta hoy, su real significación no está en su misma naturaleza, sino en la percepción que de ella tuvo el joven poeta angustiado y profundamente triste que enriqueció nuestra historia literaria en la segunda mitad del siglo XIX. Confieso que desde que me enfrenté por primera vez a su poesía, hace ya muchos años, me desilusionó su verso lánguido, confesional, desesperanzado. Leía yo por entonces a Lezama, de enorme fuerza fecundante e hímnica, sin el “dolorido sentir” de la decadencia, sino entusiasta y enérgico como no lo había sido ningún otro poeta cubano. Al detenerme en los poemas de Nieve y de Hojas al viento experimenté, por contraste, una caída silenciosa, un desánimo insospechado. Fui a buscar el ensayo en que el propio Lezama penetra en la entraña misma de esa obra y salí deslumbrado y ávido de aquella poesía que me había deprimido en alguna medida. Me di cuenta de inmediato de cuánto no había visto yo en mi lectura inicial, de cuánto se me ofrecía en aquellas páginas que por antítesis me habían parecido insuficientes. Después acudí a las reflexiones de Vitier en sus dos aproximaciones mayores a Casal, su ensayo del centenario, de 1963, y las páginas que le dedica en Lo cubano en la poesía (1957). Volví a encontrarme allí con una figura extraordinaria de la poesía cubana, de un rango espiritual de primer orden, alguien que estaba yo reconociendo en su dimensión verdadera.  El contraste entre Lezama y Casal determinó primeramente un distanciamiento que parecía insalvable entre el poeta desolado y yo. La propia grandeza del autor de Enemigo rumor me iluminó y enriqueció lo que antes me había conmovido negativamente.

Pasados los años he vuelto en varias ocasiones a Casal y lo he sentido muy cercano desde aquella extraordinaria iluminación reveladora. A medida que pasan los años percibo sus textos mucho más cercanos cada vez, no importa cuan distinto sea el otro autor con el que he estado dialogando poco antes en cada uno de esos retornos. Ello no significa que no vea defectos o pobreza en algunos momentos de sus libros, ni que toda su poesía mejor me parezca igualmente buena. Como todo creador tiene Casal altas y bajas, pero el conjunto de su poesía me llega ahora con una autenticidad y una verdad reveladora, dos virtudes esenciales para que nunca deje de volver a sus páginas. No tuvo Casal muchas de las características de la gran poesía, imposibles en un temperamento como el suyo, pero las que muestran sus textos más altos son muy suyas y muy de las circunstancias y la época que le tocó tener como sustrato vital en la Cuba de los dos últimos decenios del XIX. Sus fuentes nutricias fundamentales, los autores españoles y franceses en los que se formó y que le revelaron los rasgos esenciales de su propio mundo colonial, fueron asimilados por él con una creatividad ejemplar hasta lograr que su legado pueda ser justamente valorado por la mejor crítica y los lectores más avisados como un creador capital de nuestra cultura y de nuestra espiritualidad. Creo que ningún poeta cubano ha visto y sentido con tanta hondura la nada de una cotidianidad que casi nunca queremos ver en su dimensión más paralizante; ningún otro poeta cubano ha sentido como Casal la necesidad de ser otro, otro inalcanzable, y ha caído, en consecuencia, en la más desolada experiencia de un vacío existencial que siempre, desde su adolescencia, lo mantuvo obsesionado con los límites trágicos de la muerte. Las fuerzas de la vida, por las que quizá fue tocado en muy pocas ocasiones y por períodos breves, lo fueron abandonando poco a poco mientras lo imantaban los sombríos estados de ánimo que le fueron comunicando sus lecturas de Baudelaire y de Huysmans, acaso los más importantes maestros que le revelaron la sustancia última de sus posibilidades como creador y conformaron su destino poético. Su andar por las calles de La Habana era el de un hombre hastiado hasta de la Belleza que tanto exaltó con ilusorias evocaciones. El dualismo Arte-Vida, tan bien caracterizado por Vitier en su ensayo de 1963 como un elemento fundamental de la sensibilidad casaliana, se había ido disolviendo lentamente hacia el final de sus días para ir dando espacio a un insondable Vacío que significaba en buena medida la muerte espiritual de este hombre único en las letras cubanas. Más allá de los decenios transcurridos y de las sucesivas apariciones de autores de diferentes latitudes y estilos, la poesía de Casal, tan nuestra como la exaltada y patriótica de Heredia, la vital y fuerte de Martí o la prodigiosamente barroca de Lezama, continúa enriqueciéndonos en nuestras altas y bajas de un diario vivir a veces esperanzado y a veces escéptico.

Comentarios

Y eso es todo? Cuando solo se evoca acaso queda mucho en el tintero.

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