Salvador Allende

Corazón en humo y llamas

Neida Lis Falcón • La Habana, Cuba
Miércoles, 11 de Septiembre y 2013 (1:49 am)

 

Aunque tenía apenas un año cuando los acontecimientos de La Moneda, el dolor por aquella barbarie no demoró en alcanzar mi juicio infantil.

El 11 de septiembre de 1973 trascendió la noticia para incorporarse a la memoria colectiva de mi generación, y las que la sucedieron, como una de las páginas más tristes de la historia latinoamericana.

El bombardeo al Palacio de Gobierno y la muerte del presidente Salvador Allende quebrantaron la justicia y el alma del pueblo chileno. Santiago se convirtió en la metrópoli de los sueños truncados, en el escenario principal de aquel crimen contra la vida y la democracia.

A solo tres días del golpe de Estado, el poeta y revolucionario Pablo Neruda escribió para sus memorias, en “rápidas líneas”, una valoración sobre los hechos. “De los desiertos del salitre, de las minas submarinas del carbón, de las alturas terribles donde yace el cobre y lo extraen con trabajos inhumanos las manos de mi pueblo, surgió un movimiento liberador de magnitud grandiosa. Ese movimiento llevó a la presidencia de Chile a un hombre llamado Salvador Allende, para que realizara reformas y medidas de justicia inaplazables, para que rescatara nuestras riquezas nacionales de las garras extranjeras”.

La obra del gobierno de Allende, en menos de 5 años, fue resaltada por Neruda en su análisis: “(…) se estaba construyendo entre inmensas dificultades, una sociedad verdaderamente justa, elevada sobre la base de nuestra soberanía, de nuestro orgullo nacional, del heroísmo de los mejores habitantes de Chile. De nuestro lado, del lado de la revolución chilena, estaban la Constitución y la ley, la democracia y la esperanza. Del otro lado no faltaba nada. Tenían arlequines y polichinelas, payasos a granel, terroristas de pistola y cadena, monjes falsos y militares degradados. Unos u otros daban vueltas en el carrusel del despecho”.

¿Por qué tanto odio hacia aquel hombre mesurado, de rectitud probada y noble presencia?

Al frente de la Unidad Popular, Allende había logrado una experiencia inédita en la historia de Chile: movilizó a los sectores de izquierda y progresistas del país, aunó voluntades en torno a un programa de gobierno que privilegiaba la profundización de la Reforma Agraria, el fin del latifundio, la creación del área de propiedad social de la economía, la nacionalización del cobre y de la banca privada.

Estas y otras medidas para reivindicar una nación con siglos de dignidad escamoteada, le ganaron el apoyo mayoritario de la juventud, aquella que para él debía ser biológicamente revolucionaria, de obreros, campesinos y profesionales que reconocían en su figura la decencia y el sentido de la igualdad, de artistas que aportaron sus más genuinas creaciones al intento de construir el socialismo por la vía no armada, que “cantaron y entregaron su alegría y espíritu de lucha”, al decir del propio Allende en su última alocución por Radio Magallanes, poco antes de pagar con su vida la lealtad al pueblo.

Cuatro decenios han transcurrido desde aquellos sucesos. Quienes no los vivimos de cerca, tampoco pudimos evadir la angustia de miles de familias traspasadas por la pérdida de sus hijos, muchos de ellos sin destino conocido, ni tiempo para la despedida.

En cuarenta años, “gracias a un odio semejante”, otros 11 de septiembre dolorosos se repitieron. La traición y el terror subyacen en ellos. Pero no bastan para borrar del recuerdo a quien soñó con abrir las grandes alamedas, el hombre cuyo corazón “envuelto en humo y llamas” (como dijo el Nobel chileno Pablo Neruda) fue lo suficientemente generoso para dejarnos su luz como sendero.

Fuente: Alma Mater

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