Artes Escénicas

Vivo un momento difícil, como todo personaje

Fernando León Jacomino • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Cuando vemos en una cartelera teatral el nombre de algún personaje de la antigüedad, imaginamos representaciones extensas y de difícil comprensión. Sin embargo, este no es el caso de Medea sueña Corinto, escrita por Abelardo Estorino y estrenada el pasado 3 de septiembre, con actuación y dirección artística de Milva Benítez Reinoso. Este clásico de las tablas se trata, según Pedro de la Hoz, de una obra que “condensa las virtudes estilísticas de uno de los más importantes dramaturgos cubanos de todos los tiempos”.

En el estreno mundial de la pieza en 2008 —protagonizado por nuestra inolvidable Adria Santana— el Premio Nacional de Literatura y Teatro confesó que “no se debe al azar que haya escrito este monólogo sobre Medea. Desde hace mucho tiempo el mito de la hechicera bárbara me ronda.” Cuenta de una vez cómo transcurrieron largos años sin que el tema lo sedujera del todo, hasta que lo vislumbró como posible alternativa al monólogo Las penas saben nadar, escrito especialmente para Adria y harto representado en escenarios de Cuba y el mundo. Y es aquí donde se juntan la visión peculiar del autor y la experiencia de Adria para producir un guion escénico donde todo es prescindible menos la capacidad interpretativa de la actriz.  Deseoso de revivir aquel “impacto inicial” producido por Las penas…,  surge la idea de plantear el texto como una provocación a las potencialidades creativas de quien devino su alter ego artístico. “Ahora Medea —declaraba impunemente el dramaturgo y amigo—, impulsada por el fuego, la sangre y el amor, podría hacer que al enfrentar un nuevo personaje sintiera una vez más el miedo escénico con que se presentó en aquel Festival del monólogo de 1989”. Y la gran artista, como siempre, respondió al desafío y produjo un resultado muy celebrado por la crítica, hace poco más de cuatro años.

Por otra parte, las insatisfacciones del personaje con las opciones que le depara el destino se transfieren, en esta peculiar versión, a la estructura misma de la pieza; al punto que la construcción del libreto pasa por la “consulta” con varios de los escritores que abordaron el tema desde la antigüedad clásica hasta nuestros días.  En la primera escena se anuncia ya la vocación de intertextualidad que persistirá hasta la última línea. “A veces  me divido —dice la hechicera—, soy varias mujeres que hablan en lenguas diferentes, griego, alemán, francés, como si no hubiera nacido en la amada Cólquida, como si mi padre no fuera hijo del sol”. Pero esta delicada operación de escritura no se reduce a la intención lúdica que emana de su primera lectura, sino que funciona sobre todo como escena resumen para la presentación del argumento y como exposición de las distintas fuerzas que operan al interior del personaje. “Vivo un momento difícil —declara la protagonista, antes de partir, esta vez hacia el desencadenamiento de la acción dramática—, como todo personaje. Todos, sean de Eurípides o de Sartre, todos encuentran un escollo en su vida”. De manera brillante, nuestro más importante dramaturgo en activo ha puesto en voz de un solo personaje todas las fuerzas motrices del conflicto y de una vez ha dejado planteado el mayor reto para la interpretación de la pieza, pues quien lo intente habrá de desdoblarse también en “varias mujeres”, sin dejar de ser ella misma y sin abandonar esa condición distanciada que hace posible el monólogo, al tiempo que complejiza enormemente su interpretación. 

Imagen: La Jiribilla

A tales antecedentes se enfrenta la actriz, quien además de representarlo, se ha visto en la necesidad de concebir y dirigir cada detalle de su unipersonal. Esta labor intensa, que de manera natural se fue extendiendo a otros ámbitos como el diseño escenográfico y la escritura de las notas al programa, viene a coronar en Milva Benítez una extensa carrera profesional, al margen de la creación audiovisual para cine y televisión; pero muy apegada al manejo de lenguajes extraverbales y a la construcción de propuestas escénicas que eludan los estereotipos al uso. Desde la fundación misma del que fuera su primer colectivo profesional, Teatro de los Elementos (1991), la también directora viene perfilando sus dotes compositivas, pasando por experiencias como Inmigrantes (1996) y Entonces la mujer de Lot miró... (1997). Luego vinieron las experiencias con Teatro A Cuestas y Teatro D’ Dos y la fundación, en 1999, de Teatro del Puerto, con espectáculos más recientes como Carahabanera y El Propietario.

Con estas armas emprende Milva la artesanía teatral de su propuesta, un experimento donde cada pasaje de la historia habita un lugar cuidadosamente construido, un ambiente adecuado y funcional que aprovecha al máximo los pocos elementos escenográficos seleccionados. Desde los primeros minutos de la acción, el espectador percibe y agradece la coherencia entre la belleza poética del texto y la inteligencia que caracteriza al concepto general de la puesta en escena, aquejada aun de mayor precisión para los momentos en que la intérprete se despoja de los diferentes personajes y dialoga llanamente con el espectador.

Tocante a su relación con lo narrado, la nueva protagonista nos regala unas palabras al programa que conmueven tanto como la escritura original y su correlato escénico. “El diálogo ahora —nos dice en abierta provocación— es con una realidad que me resulta cercana. Me visto de Medea y recorro junto a Estorino uno de los mitos que más lecturas ha tenido en la historia del teatro. El autor hace que el personaje se pegue tanto a mí que asusta. (…) Parada ahora en un tiempo futuro, lejos de aquella realidad griega que la engendró, la protagonista del mito cree poder manipular la historia (su historia) y escapar, al menos del más doloroso de todos los crímenes que comete, el de sus hijos. (…) Nos reconocemos  también —concluye— en su necesidad de amar y ser amados”. Estas son las claves de una representación a contracorriente de aquella intención que animó la escritura primigenia del monólogo, una apropiación que de algún modo remeda la ambición de Jasón por alcanzar el Vellocino; selección concienzuda de una partitura compleja e ideológicamente intensa para la cual probablemente la actriz ha venido preparándose, sin saberlo, durante toda una vida.

Imagen: La Jiribilla

Esta nueva puesta de Teatro del Puerto, permanecerá en cartelera durante todo el mes de septiembre, en la sala Adolfo Llauradó y cuenta con música original de César López, diseño de vestuario de Vladimir Cuenca, diseño gráfico de Idania del Río y diseño de luces de Jesús Darío Acosta.

Más allá del crecimiento cualitativo que suele acompañar a toda temporada de estreno, esta Medea sueña Corinto es ya un espectáculo ameno y fluido que acerca el conflicto original a nuestras playas y cuyo resultado dista mucho de la idea preconcebida que tenemos del mito.

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