La última ilusión

Yo no me suicidaré, —me decía mi amigo Arsenio, arrellenándose en un cojín de terciopelo azul, donde un dragón de oro abría sus fauces siniestras para cazar una mariposa de nácar, —yo no me suicidaré, te repito, porque me aterran los dolores físicos, por leves que sean, pero comprendo que, como muchos hombres, estoy en el mundo de más.

Estas frases melancólicas, dichas en voz baja, (con esa voz tan baja de los seres degenerados, voz que parece extraerse de las cavidades más profundas del organismo y filtrarse luego por un velo de muselina para salir al exterior), fueron pronunciadas por mi compañero al final de una larga conversación, en la que yo había tratado de arrancarle, por todos los medios posibles, del retraimiento voluntario en que se marchitaban los días floridos de su juventud. No me causaron extrañeza alguna, porque yo sabía que estaba dominado, desde la adolescencia, por las ideas más tristes, más extrañas y más desconsoladoras. M