Cronología del Cine Cubano: Una obra monumental e imperecedera
para la cultura cubana

Ignacio Omar Granados • La Habana, Cuba

Presentados en los dos últimas ediciones de la Feria Internacional del Libro han visto ya la luz los dos primeros tomos de Cronología del Cine Cubano de Arturo Agramonte y Luciano Castillo, publicados por Ediciones ICAIC, “una obra verdaderamente monumental para la cultura cubana”, como la caracterizara Pablo Pacheco, Vicepresidente del  ICAIC,  en la presentación del primer volumen.

El cine, la más joven de las artes tuvo sus inicios en Cuba en 1897 con la llegada a nuestra patria del cinematógrafo Lumière. A partir de esa fecha comenzó la fascinante historia del nuevo arte en Cuba, su incremento y desarrollo hasta lograr ser el entretenimiento artístico más popular en el país y, además, llegar a ser La Habana, una de las tres ciudades con más cines en toda la América Latina; una  historia que estuvo casi totalmente relegada y olvidada en las últimas cinco décadas y que podemos conocer ahora por este libro,  que más que una cronología es la completa, erudita y casi enciclopédica historia de nuestro cine, pero contada de forma hilvanada y amena, en un lenguaje sencillo y coloquial, que en los momentos precisos se acerca a lo que podríamos llamar “lo popular” y que nos atrapa desde el primer capítulo.

Enmarcados en el periodo (1897-1936) el primer tomo y (1937-1944) el segundo, queda pendiente la aparición de los tomos tres y cuatro hasta finalizar en diciembre de 1959. Es notable que a medida que los hechos relevantes del desarrollo de nuestro cine se relatan minuciosamente, el libro nos envuelve también en la realidad social que vivía Cuba en esos años y cómo se vinculaba la situación política y económica del país con los esfuerzos por hacer un cine nacional. Por vez primera se narran muchos hechos de la vida de aquellos hombres, protagonistas y antecesores de lo que es hoy el cine cubano y que, indudablemente, forman parte de su historia. A decir de Arturo Agramonte, aquellos “soñadores” que lucharon y lograron en algunos casos filmaciones, que estuvieron a la altura de las cinematografías foráneas que nos llegaban del exterior e inundaban nuestros cines.

Desde la fundación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos  (ICAIC) en marzo de 1959, la política de este organismo fue la de comenzar de cero y pasar “borrón y cuenta nueva” a todo lo que se había realizado en el cine nacional hasta esa fecha, destacando solamente al documental El Mégano (1955) de Julio García Espinosa y otros colaboradores, como el único precedente válido para el cine que comenzaría a hacer el ICAIC. Esto, desde luego, fue una decisión discutible que afectó grandemente a que la historia de nuestro cine, tanto documental como de ficción, fuera casi desconocida.

En los primeros años de la etapa revolucionaria solamente una luz apareció dentro de la total oscuridad de esa historia, la edición de Cronología del Cine Cubano (1966) en 172 páginas, por Arturo Agramonte (1925-2003), camarógrafo y técnico de varias especialidades del cine, que desde los años 40 había estado ligado a todos los esfuerzos criollos por realizar cine en el país y que, además, se convirtió en un coleccionista y amante fiel de toda la memorabilia de aquel cine que había conocido desde niño en su Guáimaro natal y al cual se unió en todo el transcurso de su vida. El libro de Agramonte —quizá incompleto por la premura con que lo hizo— pasó al poco tiempo a ser una especie de best seller leído por todos los estudiosos e investigadores de la historia del cine cubano, dentro y fuera de la Isla y utilizado siempre como referencia por críticos e historiadores. Fue un libro siempre buscado con avidez y hasta muchas veces robado en las bibliotecas (como menciona Luciano Castillo en las bellas palabras que dedica a su colega y amigo en el primer volumen), dado su rápido agotamiento de las librerías por su corta tirada y el hecho de no haber sido nunca reeditado.  

Durante muchos años, este libro fue la única referencia existente del otrora cine cubano del periodo Pre-ICAIC, sin existir tampoco forma de ni siquiera poder ver alguna de aquellas producciones del cine silente y sonoro que quedaron en existencia. Más del 50 porciento de aquel cine se perdió para siempre por no existir, antes de 1959, ninguna institución, asociación o  coleccionista particular que conservara adecuadamente dichas cintas y las pocas que existían no se proyectaban en ninguna sala, ni estaban al alcance del público. La Cinemateca de Cuba —fundada en 1960— apenas programó dos o tres filmes, entre estos La Virgen de la Caridad (1930), de Ramón Peón. No fue hasta 1987, en el marco del  VIII Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en que se convocó un Seminario del Cine Latinoamericano de los años 30, 40 y 50 y pudo asomar su cabeza nuevamente el olvidado cine cubano de esos años. Este Seminario permitió exhibir algunos filmes destacados ya por su popularidad o por su calidad, dentro de  aquella etapa, como El romance del palmar (1938), también de Peón y Siete muertes a plazo fijo (1950), de Manuel Alonso, que muchos tuvimos la suerte de poder ver, por vez primera, y otros casi ya no las recordaban.  

Otro intento a destacar fue la publicación de El cine silente en Cuba (1992), del historiador Raúl Rodríguez González (1949-1997), libro muy limitado que prometía una segunda parte que nunca se realizó, y más cercanos los libros de María Eulalia Douglas, la decana especialista de la Cinemateca de Cuba: La Tienda Negra (1997), de tirada muy limitada, y el Catálogo de Cine Cubano 1897-1960 (Ediciones ICAIC, 2008). El primero relacionó en forma breve y cronológica los hechos más sobresalientes de cada año en la historia del cine cubano y en el segundo aparecieron, por vez primera, las fichas técnicas detalladas de toda la producción de ficción y documental cubano en ese periodo, dos esfuerzos sin duda muy encomiables de esta dedicada historiadora. 

Agramonte, después de la publicación de su primera Cronología… siempre había soñado con una nueva edición del libro mejorado y ampliado, y fue alentado por la realización de ese seminario. Durante años, continuó la recopilación de datos y sus investigaciones sobre toda la historia del cine cubano, a la par de su trabajo con el  ICAIC, del que fuera fundador, donde laboró como camarógrafo en importantes documentales, el noticiero, y filmes de ficción, además de profesor de nuevas generaciones. Su encuentro con el crítico e investigador Luciano Castillo, camagüeyano como él, fue decisivo para que su obra llegara a tomar un rumbo definitivo. Radicado en La Habana desde 1994, al frente de la mediateca de la Escuela Internacional de Cine y Televisión, Castillo y Agramonte prosiguieron un trabajo arduo en la búsqueda de datos en las revistas y prensa de la época por bibliotecas y hemerotecas de todo el país, realizaron entrevistas a los sobrevivientes de aquella etapa, revisaron archivos públicos y privados, visitaron libreros y coleccionistas…

Luego de una primera versión mimeografiada, el primer trabajo del binomio fue, sin duda, exitoso: Ramón Peón, el hombre de los glóbulos negros (2002), primera biografía de un cineasta cubano publicada en forma completa, sin excluir sus períodos en EE.UU., México y Puerto Rico. El libro fue ganador del  Premio Nacional de Biografía de la Editorial de Ciencias Sociales 2002 y del premio UNEAC de ensayo. Paralelamente, Luciano Castillo, con más experiencia como cronista y crítico del séptimo arte publicaba artículos en revistas especializadas de Cuba y el extranjero. En el periodo en que asumió la jefatura de redacción de la revista Cine Cubano, creó la sección “Memoria”, en la cual comenzó a publicar artículos históricos del cine de la etapa prerrevolucionaria, algo muy novedoso para esa publicación en la cual apenas habían aparecido uno o dos artículos dedicados a ese cine en más de 40 años. Varios resultados de las investigaciones del binomio Agramonte-Castillo fueron reunidas en el volumen Entre el vivir y el soñar: Pioneros del cine cubano (Editorial Ácana, Camagüey, 2008).

El proyecto de la nueva edición ampliada de la Cronología…, estaba ya en marcha. El deceso de Agramonte en el 2003, motivó que Luciano Castillo acometiera solo la tarea de terminar esta obra, que ahora, después de muchos años de trabajo,  ve la luz en sus dos primeros tomos de 500 páginas cada uno. Su mayor hallazgo, entre muchos fue, sin duda, la colección completa de la revista Cinema,  revista semanal dirigida por Enrique Perdices, que abarcó todo el periodo 1935-1965 y que fue la única en publicar siempre todos los quehaceres, proyectos, logros y fracasos del  cine nacional en toda esa etapa. Su revisión fue indispensable para enriquecer el libro y corroborar informaciones. 

El primer tomo (1897-1936) consta de seis capítulos que obedecen a un orden cronológico, y nos narra  un periodo fascinante de nuestro cine, con sus logros y fracasos, una historia real marginada por muchos años y que gracias a esta obra cobra vida ahora de forma magistral. La edición a cargo de Maricel Bauzá, muy cuidada y revisada, cuenta con un magnífico prólogo del renombrado crítico español Román Gubern, las notas explicativas de gran amplitud, los imprescindibles índices onomástico y de películas y la presencia de un dossier de documentos anexos, tanto textuales como iconográficos, que convierten este tomo en un estudio fundamental —no solamente para la comprensión del cine de los primeros tiempos hasta la tercera decena del siglo—, sino también para entender cómo aconteció esta difícil historia dentro del marco de la guerra mambisa, la intervención norteamericana y los primeros gobiernos de la república mediatizada. La impresionante nómina de más de trescientos colaboradores cubanos y extranjeros,  es incluida también en este volumen. 

Entre los tópicos a destacar en este tomo podemos nombrar: la pormenorizada reseña de la llegada de Gabriel Veyre para instalar el primer cinematógrafo en La Habana y su relación con la actriz española María Tubau, los primeros inicios del pionero Casasús y sus primeras exhibiciones de cine  móvil,  los trabajos del pionero Enrique Díaz Quesada, el “Padre de la Cinematografía Nacional”,  la “Guerra de las patentes” y su repercusión en nuestro país, la obra de los productores Santos y Artigas en pro del desarrollo del cine, la primera etapa de Ramón Peón y  la historia de un filme de culto: La Virgen de la CaridadMaracas y bongó (3932), el primer cortometraje sonoro, Max Tosquella un nombre olvidado pero ineludible para el cine cubano y  Jaime Gallardo, un cineasta rodeado de misterio.

El segundo tomo (1937-1944), es aún más pormenorizado que el primero. Cada capítulo es un año transcurrido, con todas sus vivencias y acontecimientos acaecidos en torno al cine en nuestro país. Como plato fuerte en el primer y muy disfrutable capítulo (1937), está la historia del primer largometraje sonoro La serpiente roja, basado en los famosos episodios radiales de Chan Li Po originales de  Félix B. Caignet, con una descripción del ambiente de La Habana y su barrio “peliculero”  de entonces, la calle Consulado, centro del cine en aquellos años, la competencia entre las compañías exhibidoras y todo lo relativo a aquel 1937. El segundo capítulo (1938), nos relata una historia inédita y que muy pocos conocían, la primera tentativa de cine social en Cuba, por la Cuba Sono Film del Partido Socialista Popular, con detalles completos del proceso de formación de la compañía y las actividades que llegó a  realizar. Luego, también serán de mucho interés para los lectores: la presencia del cine en el Primer Congreso de Arte Cubano, la “aventura peligrosa” de Ramón Peón, el concurso de la revista Cinema en 1940 para elegir las mejores películas filmadas en la Isla, el estreno de Vida y aventuras de Manuel García o El rey de los Campos de Cuba, el cine en la Universidad de La Habana, Hitler soy yo de Manuel Alonso, bufonada cubana contra el nazismo, y otros muchos temas de esos años, que fueron de cierto auge entre las productoras de películas cubanas. 

No nos queda más que esperar con ansiedad la llegada de los dos últimos tomos de esta imperecedera obra, que quedará para la cultura cubana de todos los tiempos, y queda lanzado el reto para que otros especialistas, historiadores  y críticos de las demás manifestaciones del arte cubano, escriban obras similares que dejen, como esta que ahora reseñamos, un permanente legado para las nuevas generaciones.

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