Recordando a Enrique Arredondo

Josefina Ortega • La Habana, Cuba

Según Enrique Arredondo —más conocido por sus personajes de Cheo Malanga, Bernabé y el doctor Chapotín— la primera vez que trabajó en un cine, fue en el Esmeralda, en Monte y Arroyo. Fueron algunos artistas de nombre de la época, pero a él lo dejaron para el final. “Yo no era artista ni la cabeza de un guanajo”, contaba él, pero el caso fue que cuando salió a escena las trompetillas llovieron y, cuando terminó la función, le dijeron: “Arredondo, no salgas que hay como 15 que te están esperando en la puerta para tirarte del puente para abajo”.

Sucede que al lado del teatro había un puentecito y al artista que iba allí y no gustaba, lo tiraban del puente. “Estuve hasta las tres de la mañana metido en el sótano —contaba—. Ese fue mi debut, y dije: no trabajo más en el teatro, yo no sirvo para eso”.

Por cierto, cuando el artista en ciernes se fue a quitar la pintura no sabía. La glicerina con el corcho —que es como se pintan los negritos— hay que quitársela con grasa. Utilizó una piedra pómez en la cara pero la pintura no salía. Y así mismo, pintado, tuvo que irse para su casa, que quedaba a siete cuadras del cine.

“Mi madre nunca se acostaba —contaba él— hasta que no llegara el último de sus hijos. Cuando llegué, me tiró la puerta y me dijo: ‘Aquí no es’. No se imaginaba que era yo, su propio hijo”.

Imagen: La Jiribilla

Tal vez otro se hubiera espantado con estos comienzos. Sin embargo, a don Enrique Arredondo (La Habana, 2 de abril de 1906- 15 de noviembre de 1988) hoy se le recuerda como uno de los más grandes actores cómicos del teatro, la radio y la televisión de nuestro país, porque hizo reír por igual a grandes y chicos de varias generaciones.

“El humor, para los cubanos, —comentaba— es una condición de nuestra personalidad. De momentos críticos nos ha salvado la gracia del humor. Por ejemplo, usted lleva tres horas en una lenta cola y de buenas a primeras se rompe la monotonía de la tragedia con un chiste, con un piropo ocurrente, con un simple gesto de simpática desesperación. Así nos acompañamos con humor”.

Y si de risa se trata, mucho tendríamos que reconocerle a esta muy popular y querida figura de la escena criolla. Autodidacta, pero también sensible y talentoso, como aclarara Joaquín G. Santana. Nada de burdas improvisaciones —aunque algunos llegaron a pensarlo— cuando echaba al vuelo una “morcilla” que agarraba de sorpresa a sus contrafiguras y provocaba en el público estrepitosas carcajadas.

No por gusto algunos de sus dichos —tal era su simpatía e ingenio— llegaron a convertirse en parte de nuestra fraseología habitual como:“¡Mentira, tú me está engañando!”,“¡Ah, bueno, así, sí!”, “!No puésel!” y“¡Atrevidooo!”.

Las tablas fueron su primera gran escuela, pero antes pasó por otros oficios: mensajero, conserje, zapatero, fundidor, cartero, vendedor de ropa… Hacia 1925, con 19 años, hizo sus primeros intentos en el teatro.

Rápido se le vio en el papel de negrito con el que sería —luego de transitar por un camino no exento de amarguras— una de las mayores atracciones de nuestro vernáculo durante más de medio siglo. Por cierto, estuvo a punto de morir en la medianoche del 18 de febrero de 1935, cuando se derrumbó el vestíbulo del Teatro Alhambra.

También actuó en otros países del continente americano y su rostro se vio en varias películas. Según dicen —no le consta a quien esto escribe—, fue el limpiabotas que habla con el actor Noel Coward en Nuestro hombre en La Habana, dirigida por C. Reed.

Según cuentan, en un principio el padre se oponía a sus sueños y un día le sugirió que dejara esos trajines pues él no tenía el talento, digamos, como el que tenía el “negrito”, que recién había aplaudido en el Teatro Valentino, y cuyos apellidos no le eran conocidos. Resulta que ese actor era el propio Enrique Arredondo, quien había mandado a cambiar su nombre y este desacuerdo entre padre e hijo se resolvió de manera fraternal al confesar este último:”Papá, el negrito soy yo”.

“Monarca del disparate y del absurdo, soberano de la risa”, lo llamó en 1981 Mario G. del Cueto. Y más exacto no pudo ser. “Eso de anunciarse como fabricante de churros de tres velocidades; decir que Víctor Hugo fue un gran ginecólogo y contar que ha cazado leones en el África ecuatorial distrayéndolos al son del violín con la Polonesa de Chopin y ahogándolos después con sus propias manos, provocan la carcajada a mandíbula batiente solo cuando el artífice de la astracanada y el “morcillazo” es el actor que reúne en sí mismo a personajes que gozan de tanta popularidad como el doctor Chapotín o el Cheo Malanga de San Nicolás del Peladero, el Bernabé de Detrás de la fachada, o el Simeón de Alegrías de sobremesa”.

Su autografía, La vida de un comediante —donde prodigó humildad y buen humor—, editada por Letras Cubanas en 1981, tuvo tal éxito de venta que del día de su presentación, contó Arredondo, “allí se congregaron más de 3000 personas. Tuve que estampar mi firma en cientos de ejemplares. Creo que los 100 000 de la primera edición volaron a la semana”.

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