La ciudad y las máscaras

Alejandro Ruiz Chang • La Habana, Cuba

En noviembre de 1863, con el nacimiento del tercer hijo de la familia Del Casal y de la Lastra, se iniciaba la que sería una de las vidas más controversiales de la cultura cubana: José Julián del Casal y de la Lastra. Cargaría el peso de una enajenación que bordea la oscura existencia, un entramado de dudas, una sensualidad misteriosa que motiva indagar en un universo de oculto fuego.

A 150 años de su natalicio queda el recuerdo de algunos poemarios. A 120 de su muerte, poco más que el misticismo de una agónica carcajada sangrienta.

Sufrió la neurosis el poeta y también bailó los esplendores de la ciudad decimonónica. Jugó amargamente con sus letras, las que dieron nuevos albores al rancio modernismo habanero.

El desdoble del artista estalló sin miedo a las pasiones, pero pocos lo conocieron. Queda el bardo triste y faltan las razones a los lotos de pistilos de oros, a los nuevos aires de los abanicos japoneses y a los aromas orientales sobre los pesares de la urbe.

En las muchas visiones que de su obra hay, falta interiorizar acerca del artista desnudo, el pintor, el que gozara del bullicio de los teatros y de las malicias de la todavía en pie garçonniere de Prado.

La Habana debe al poeta sus noches, los alcoholes, los inciensos ardiendo las turbadas ideas, las fantasías, los amores, las lujuriosas soledades, los textos ocultos, la mirada más fina a la ciudad.

Este fue el escenario por excelencia de Julián, saliendo de ella numerosos textos que dejan el sabor de la imagen de una Habana a veces olvidada en el tiempo.

Las letras de Casal hacen volver, irremediablemente, sobre ella; incluso cuando algunos críticos se dieran a la tarea de encerrar al poeta dentro de su habitación repleta de chinerías, saldría a la luz el cronista lúcido de los finales del siglo XIX, aplastando a todos los que perpetúan su imagen solo en la evasión. Quedan aún por recorrer muchos de los caminos del artista que padeció profundamente “ese impuro amor de las ciudades”.

Su vida y obra se complementan para dar como resultado un marcado estilo en su ejercicio periodístico y en su creación poética. El escritor volcaba en sus textos parte de la urbe habanera con enorme sabiduría y sus descripciones son de altísimo vuelo, pues la palabra fluye elegante, sin dejar que escape de ella la crítica del agudo cronista.

En sus textos el regreso a la realidad es una vuelta a las amarguras y calamidades. María Antonia Borroto esclarece que “poco importa la ciudad en sí, o lo que es igual, su nueva faz”. Casal no describe solamente el paisaje que rodea al hombre sino al “hombre mismo, más bien en las estaciones interiores del alma”.

Recorrer La Habana decimonónica es placer y lujo presente en la obra del poeta. A través de la pluma casaliana se descubre una efervescencia sociocultural de la que poco se habla. Un mundo de bohemia, de cultura nocturna, de conspiraciones políticas y de corrupción moral. No mienten sus textos al desenmascarar una ciudad no siempre comprometida, una Habana capaz de interconectar al poeta, al hombre y a la ciudad.

La alabanza a ultranzas hizo mella de una esencia literaria que es respirable 120 años después de su muerte, y que no debe limitar los elogios a una poética que no solo se mide en versos, porque hubo prosa en Casal y de la más fina.

José Martí, aún sin conocerlo personalmente, signó uno de los juicios cardinales del poeta y dio una de las imágenes más acertadas: “Aquel nombre tan bello, que al pie de los versos tristes y joyantes parecía invención romántica más que realidad, no es ya el nombre de un vivo […] De la beldad vivía prendida su alma: del cristal tallado y de la levedad japonesa; del color del ajenjo y de las rosas del jardín; de mujeres de perla, con ornamentos de plata labrada […] Por toda nuestra América era Julián del Casal muy conocido y amado, y ya se oirán los elogios y las tristezas”.

El Apóstol consideraba que si por una parte Casal exaltó lo artificial hasta transformarlo en término de su obra y de su vida, lo artificial, en él, no significaba lo inauténtico, sino lo creado, con plena conciencia, por y para el arte.

Comprendía Martí que la frustración casaliana no era sino la expresión extrema de la frustración nacional. Esa evasión, ese hastío o incluso ese “afrancesamiento” del que a veces es tildado devienen puñal hondo contra una realidad nacional sufrida.

A juicio de José Lezama Lima “hay que buscar otro acercamiento, hay que cerrar los ojos hasta encontrar ese único punto, redorado insecto, espejismo, punto. De la misma manera que un poeta o pintor detenido en la estética de la flor, tendría que abandonarse, reconstruirse para alcanzar la estética de la hoja, y estaba allí cerca, rodeando, ambos, rosa y hoja, a igual distancia de la distracción última o bochorno primero del fruto”.

Enrique José Varona, por su parte, nos deja otro sabor de Julián: “La forma de sus versos es elegantísima; y su fantasía, vivaz y espontánea, encuentra fácilmente el molde para vaciar sus imágenes, que se destacan claras y completas. Con tan feliz instrumento a su disposición, con espíritu tan sensible, con temperamento tan artístico, Julián del Casal tendría delante una brillante carrera de poeta; si no viviese en Cuba. Porque aquí se puede ser poeta; pero no vivir como poeta”.

Varona exalta el lirismo casaliano para entremezclarlo con el “ser” del bardo y devolvernos al hombre capaz, colmado de talento, al tiempo que da al traste con la “imposibilidad” de realización personal en el poeta. Una imposibilidad que se crea en los márgenes de esta Isla y que es construida desde la realidad decimonónica y el ensueño de Casal.

No son pocos los juicios que nos desnudan únicamente al poeta solitario, sin tener en cuenta que más que soledad, la raíz casaliana nace de una independencia creadora plena.

La supuesta intimidad ha descorchado el mito del ser disociado, cuando intimismo y disociación no siempre van de la mano. Para algunos de los más cercanos en el tiempo, como el Dr. Antonio Álvarez Pitaluga, aún falta el por qué de la separación del artista con su sociedad, de la exclusión e incluso, de la marginación.

Puntos de vista que deben ser cuidadosamente analizados, pues son categorías que discurren lo interno y externo del poeta, así como sus realidad circundante: “La esencia creadora del artista y su modo de conducir su vida personal en cuanto a una definición, a un no posicionamiento político independentista al estilo de su época han hecho también de Casal el poeta del desapego nacional, de la evasión. Sin embargo, toca decir que Casal asume modos de expresar su cubanía y de expresar su compromiso social con y desde sus herramientas literarias, desde sus criterios personales, su mundo más cercano y conocido, lo cual no lo hace un hombre disociado de la realidad y para demostrarlo queda toda su obra.

Su separación, su forma de unir estilo y vida componen un personaje tan extraño, tan curioso que siempre nos obliga a entender lo que podríamos percibir como literatura, como tradición, en términos mucho más interesantes, vivos y coloridos. Julián del Casal es siempre un fantasma que vuelve una y otra vez, porque tiene el poeta la posibilidad de imaginar su realidad y vivir dentro de ella.

Siente Enrique Saínz que Casal se revela siempre como una especie de fenómeno de la cultura cubana: “Por una parte aparece el hombre con trato relativamente cordial, y al mismo tiempo se muestra un retraimiento y una capacidad de autoanulación que lo hacía ser interpretado y ser valorado por sus contemporáneos, talento aparte, como algo realmente incomprensible. Sin embargo, no hacemos más que penetrar un poco en costumbres, en la frivolidad de la época, en la falta de sustancia genuina de muchísimos de los autores del período y de la sociedad habanera de ese entonces, para darnos cuenta que esa actitud es nada más que una conducta extrema en medio de una realidad que realmente podría labrar en uno el deseo de evadirse y de escapar, de salirse de esa pobreza social”.

Que vean la luz, entonces, ese entramado de ideas que no se ven cuando se lee con desapego; cuando se escarba con ansias de encontrar solo agujeros negros, vacíos de sentido para algunos, nunca para el poeta; miremos, por tanto, con ímpetu para enamorarnos del texto y, sin soltar la mano a la crítica y a la razón, releamos todo lo que nos acerque, nos compare, nos comprometa, nos envuelva y nos regrese a una realidad tan pasada como presente.

Caiga el poeta de pedestales. No en un intento de desacralización impuesta, sino en una vuelta a las esencias, al ser y a la carne. Se honre el verdadero mito casaliano, el real espíritu atormentado, las buhardillas y el dandy que imprime, a golpes de tinta, las verdades a La Habana. Redescúbrase a Julián del Casal en nuestra literatura. Ríndase hoy el justo homenaje.

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