Daniel Díaz Torres (1948-2013)

Ética, honestidad y cine…

Manuel Pérez Paredes • La Habana, Cuba

Daniel Díaz Torres, uno de los documentalistas más certeros de la Revolución Cubana, falleció en la madrugada de este lunes 16 de septiembre. En su trayectoria como director hizo filmes como Jíbaro (1984), Alicia en el pueblo de Maravillas (1990), Kleines Tropicana (1997), Hacerse el sueco (2000), Camino al Edén (2007), Lisanka (2009) y La película de Ana (2012). Pero Daniel fue un documentalista: Libertad para Luis Corvalán (1975), Encuentro en Texas (1977), La casa de Mario (1978), Los dueños del río (1980), Noticiero ICAIC Latinoamericano (entre 1975 y 1981 realizó 90 emisiones), o Crónica informal desde Caracas (1989), entre otros. Con casi un centenar de ediciones del Noticiero ICAIC Latinoamericano en sus espaldas de subdirector, este hombre lúcido es también un ícono como reportero.
Solía decir que junto a Santiago Álvarez se formó como cineasta, pero su labor en esas ediciones tuvo además un profundo sentido periodístico. Fue además un profesor brillante. Impartió clases de cine en la Universidad de la Habana —centro de estudios donde también él se graduó de Ciencias Políticas en 1978— y desde el 1986 trabajó en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños. Como miembro del Comité de Cineastas de América Latina, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), o de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, Daniel representaba una entidad ética imponente. Su convicción de que toda libertad implica una gran responsabilidad era contagiosa.
En memoria de quien fuera uno de sus colaboradores, La Jiribilla pone a disposición de los lectores las palabras pronunciadas en su despedida por el reconocido cineasta cubano y amigo Manuel Pérez Paredes.

De alguna manera es posible decir que en este momento se está cerrando un acto de injusticia y crueldad que eso que quiero llamar destino comete impunemente. Nada se puede hacer. Protestar o maldecir no tiene sentido, aunque algunos lo hayan hecho. Frente a lo que se iba desarrollando solo era y es posible la dolorosa resignación.

Reunirnos aquí para dar sepultura a Daniel es la culminación de unos pocos, pero intensos y dolorosos meses; primero de una inesperada noticia, luego de un sufrimiento físico y síquico que fue en aumento hasta culminar hace unas horas.

Ya tendremos tiempo, amigos y estudiosos, de hablar y escribir, en extensión y profundidad, sobre la obra creadora y la persona de Daniel Díaz Torres.

Imagen: La Jiribilla

En sus casi 45 años en el ICAIC, él nos deja una huella que, no hay duda, perdurará eternamente en el cine cubano, y más allá también. El Daniel crítico de cine y conferencista; el conferencista en diversas etapas de su vida, pero en particular en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños; el director de documentales y subdirector y realizador del Noticiero ICAIC; y el director de un buen número de películas de ficción, todos estos Daniel Díaz Torres serán pensados y repensados por nosotros y por otros. Y habrá más de un Daniel en la memoria y en la interpretación de su obra toda, y de su quehacer intelectual y ético entre nosotros.

Lo vamos a recordar y querer por siempre desde diversos ángulos. Pero las diferencias valorativas tendrán que concluir en que siempre vivió en él el reto de ser un hombre y un artista HONESTO. Y alcanzar la auténtica honestidad, lo sabemos, es nada fácil. No basta con pregonar qué se es o se quiere ser; alcanzarla y mantenerla se las trae de difícil en los tiempos que vivimos; requiere de cualidades que hay que cultivar y de esfuerzos con uno mismo y con el medio en que se desenvuelve.

Solamente quiero recordar ahora un momento de la vida de Daniel que compartí, junto a otros compañeros y amigos, muy cerca de él. Fue en 1991, en los meses que vivimos la experiencia de defender la existencia del ICAIC como institución, ante el criterio de fusionarlo con otras y hacerlo desaparecer.

A su película Alicia en el pueblo de Maravillas le tocó estar en el centro del torbellino de aquellas semanas. Daniel vivió, sufrió y defendió, desde firmes posiciones revolucionarias, tanto al ICAIC como a las razones que lo impulsaron a ser el creador de esa obra. En aquellas circunstancias lo vi crecerse a una altura admirable. Lo que más recuerdo, y quiero ahora subrayarlo, es la modestia de aquella entereza y valentía. Subrayo ambas porque a veces, entre nosotros el hecho de ser protagonista de un “escándalo-debate” nos pone a prueba.

Es tentador para nuestra vanidad, puede llegar a ser una inversión en el riesgo. Y Daniel se comportó en todo momento, y ahí quedan sus cartas y escritos al respecto, a una altura ética que yo no voy a olvidar jamás y que seguramente tampoco olvidarán los que estuvieron cerca de él. Estuvo inmerso como intelectual revolucionario en un debate al interior de la Revolución.

A Haydee, Danielito y Laurita, sus seres queridos más entrañables, les puedo, les podemos decir que podrán vivir eternamente orgullosos del legado que él les deja y nos deja.

Muchas Gracias.

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