Daniel

Eduardo del Llano • La Habana, Cuba

Conocí a Daniel Díaz Torres en 1987. Yo me había graduado de Historia del Arte dos años antes, e integraba el grupo NOS-Y-OTROS; él era un cineasta con dos largometrajes a cuestas (Jíbaro y Otra mujer), buscando tema e historia para el tercero. Leyó en el DDT un cuento firmado por el grupo (“Usted es un hombre feliz”, un texto mío recogido más tarde en el libro Basura y otros desperdicios, publicado por Letras Cubanas en 1994) y llamó a la oficina del DDT preguntando por los autores. Tuvimos una primera reunión donde nos propuso, sin más, escribir un guion en conjunto. Luis Felipe, Aldo, León y yo alucinamos; enseguida empezamos a sugerir historias, en un delirante brainstorm que continuó en encuentros sucesivos. Daniel tenía la idea de hacer una película de tres cuentos: uno basado en “Usted es un hombre feliz”; otro a partir de una historia suya, acerca de un trabajador modelo que un día comete una falta que desde entonces lo estigmatiza; y un tercero, que salió durante los encuentros, acerca de una joven graduada universitaria que va a hacer su servicio social a un pueblo de “tronados”. Poco a poco, sin embargo, la última historia pasó a englobar a las demás: “Usted…” se convirtió en el drama de Pérez, un funcionario interpretado por Carlos Cruz; el trabajador modelo ganó porte y aliño de Raúl Pomares, y la estudiante de nombre Alicia, sustanciada en Thais Valdés, se enfrentó a ellos en ese dantesco pueblo de Maravillas que dio título a la tercera y más osada película de Daniel, estrenada el 13 de junio de 1991, en medio de la borrasca llamada Periodo especial.

Imagen: La Jiribilla

Lo primero que le agradezco a Daniel es, naturalmente, habernos encontrado; pero todavía más confiar en nosotros, tener la enorme paciencia que requería pasar por nuestras primeras —e ingenuas— versiones del guion sin echarnos a patadas, haber visto en el trabajo de aquellos cuatro jovenzuelos potencialidades cuya existencia nosotros mismos ignorábamos. Luego, creo que la actitud que mantuvo el cineasta cuando se nos echó encima la reacción contra la película (que solo estuvo cuatro días —de jueves a domingo— en cartelera, y suscitó feroces ataques en la prensa) su actitud razonada, humilde y firme a la vez, evitó males mayores. 

Después de Quiéreme y verás, un mediometraje que coescribió con Guillermo Rodríguez Rivera, Daniel me reclutó de nuevo: estaba un día de visita en mi casa y empezamos a hablar de cómo podíamos reflejar el fenómeno del turismo, que cada vez incidía más en el tejido social cubano, de manera original y creativa; ahí se nos ocurrió la historia que se convertiría en Kleines Tropikana, de 1997. Mucha gente habría considerado incómodos a sus antiguos colegas de desgracia y se desentendería de ellos, pero Daniel siguió trabajando conmigo en ese y sucesivos proyectos.

Discutimos muchísimo, cómo no. Cualquier vecino que escuchara nuestras sesiones de trabajo para Kleines…, Hacerse el sueco (2000), Lisanka (2009) y La película de Ana (2012) pensaría que estábamos a punto de llegar a las manos, y aun de recurrir a las hachas y los fusiles. Daniel era un tipo enérgico, dotado de un vozarrón que desgranaba argumentos con elocuencia y pasión, pero la mezquindad estaba muy lejos de él, y no tuvo reparos en admitir mis ideas en las rarísimas ocasiones en que parecieron mejores que las suyas.

Daniel estuvo en mi vida durante más de un cuarto de siglo. No solo fue el tipo que me introdujo en el cine, mi maestro; no solo fuimos colegas que se llevan bien: era mi amigo. Me recuerdo llorando —casi literalmente— en su hombro tras un desengaño amoroso, como lo recuerdo contándome con entusiasmo los libros que leía y las películas que le fascinaban. Era el primero en leer mis textos y ver mis películas, y en elogiarlas o criticarlas con sinceridad y buena onda. Durante años intercambiamos cine, música y literatura; durante años busqué y escuché sus consejos, y casi siempre los seguí. Todavía hace un par de meses, ya enfermo, me sugirió a determinada actriz para una escena de la película que preparo… y fue esa la actriz escogida.

Fue mi hermano mayor, y él lo sabía. Los amigos entran y salen de tu vida por causas diversas: se gradúan, emigran, se convierten en otra cosa… Daniel y yo sobrevivimos a todo. Él trabajó con otros guionistas, yo empecé a dirigir en 2004, pero mantuvimos la relación de siempre, la que funcionaba.

Daniel fue un hombre lleno de proyectos, que lo ilusionaron y mantuvieron lúcido hasta el último momento. Nos vimos por última vez 14 días antes de su absurda fuga; fue duro verle entonces, pero enseguida empezamos a hablar de cine y volvió la magia. Ahora me salva recordar esas charlas, su sentido del humor y su energía, y creer que cualquier día me llamará de nuevo para meterle mano a una historia virgen.

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