Roberto Blanco en los paisajes de su reino

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

Llamaba a sus espectáculos “libretos visuales”, apostando desde esa denominación por algo más que una simple puesta en escena. Hurgaba en texturas, tejidos, perspectivas, imágenes de otras épocas y de su propia actualidad, para recuperarlas en lo que disponía sobre el escenario, casi siempre enmarcado por una embocadura que era ya, antes que se iluminara el tablado, una señal ante el espectador que se iba al Teatro Mella o a la sala Covarrubias a enfrentarse a cada uno de esos estrenos.

Imagen: La Jiribilla

Roberto Blanco Espinosa (La Habana, 1937-2002), fue un hombre que supo dejar su carácter en todo aquello que eligió como parte de su legado, un legado al que ahora podemos volver la mirada, desde este espacio en el cual su labor como diseñador, actor, director, vuelve a conjugarse en muchos otros espejismos. Para él, la escena era una caja de ilusión infinita, un sitio al que dinamizar y dinamitar, quebrantando convenciones y literalidades. Fue, entre nosotros, un incansable buscador de la belleza auténticamente teatral, como el hombre de ala que se roba la luna en el emblema que para Teatro Irrumpe diseñó Manuel Mendive.

Los primeros pasos en el Teatro Universitario, en 1954, le dejarían conocer a varios de los “monstruos” que ya en esa época se empeñaban por dar a la capital la idea de un pequeño mundo escénico. En 1956 está bajo las órdenes de Francisco Morín, en Prometeo, quien lo ubica, al reconocer su talento, como uno de esos mismísimos monstruos con los que le gustaba trabajar. Allí pule sus virtudes, se enfrenta a un repertorio difícil, a un director exigente, escapando de la vida diurna como funcionario, y será, entre otros personajes, Perlimplín y Egisto Don.

Cuando pasa a Teatro Estudio, se avivan en él las ansias de dirigir, y al debutar desde ese rol en 1960 con La hora de estar ciegos, ya se le define por su atención al cuidado del sentido espectacular, a la integración de las realidades que coexisten en la escena, esas realidades que poco a poco iría decantando en pos de metáforas en movimiento, según la escala siempre ambiciosa desde la cual concibió todas sus seducciones.

Seducción es una palabra que me gusta emplear cuando recuerdo a Roberto Blanco, lo cual quiere también decir: cuando recuerdo su teatro, porque ambas cosas son inseparables. Él mismo lo dejó saber en una entrevista, con una de esas frases que, a quien no le conociera, podría sonar demasiado petulante: “Todo yo soy yo”. Eso quedaba claro ante la visualidad impresionante de sus mejores puestas, y también en aquellas ahora menos recordadas, en estos días en que mencionarle significa narrar a quienes no las vieron o vivieron de qué manera ese monstruo fabuloso que fue Blanco persistía hasta “artizar” de manera indeleble cada elemento de sus montajes. “Sin formato estético no puede haber arte”, repetía el Maestro, y desde ese núcleo hizo vivir sus dos grandes proyectos, el Teatro de Ensayo Ocuje y Teatro Irrumpe, que este año hubiese cumplido tres décadas.

Doña Rosita debe salir a escena con una falda de blonda, aunque Liliam Llerena apenas pueda caminar con tal atuendo. El abanico de Oshún que María Antonia luce debe ser ese y no otro, casi en juego con la máscara de polvo dorado que cubre el rostro de Hilda Oates. El homenaje a Goldoni y al Piccolo Teatro di Milano debe resolverse, en El alboroto, como un ejercicio de estilo en tributo a esos genios. Los cuerpos de los actores, en Lumumba, deben ser parte viva del sello visual de la puesta, con la mano de Mendive mediante. Los tules rojos de … Milanés, los candelabros y el tablón, deben ayudar a narrar los delirios del bardo matancero, aunque no falte quien acuse al montaje de hedonista. Mariana, aunque Liliam Rentería se enfrente a tal recurso con temor cada noche, deberá volar hacia la luna que crece al fondo del escenario. Abilio Estévez reescribirá varias escenas de Un sueño feliz para que la obra llegue a la plenitud de lo que el director adivinaba en el primer libreto.

Cuando Roberto Blanco emerge del silencio impuesto por el oleaje amargo del quinquenio gris, retorna a la palabra de Martí teatralizada en De los días de la guerra, haciendo suyo aquello de “como decíamos ayer”. Y en ese arco de imaginar una Cuba de alta temperatura teatral, volvió y nos hizo volver los ojos a Yerma, con el inolvidable paño azul que era río, deseo y embozo, a una Cecilia Valdés a la que imaginó como ópera, confabulado con Leo Brouwer, y al Alhambra en el cual Rachel imaginaba un mango prodigioso. Fue un director que reescribía todo lo que montaba, un poeta que buscaba otra calidad en sus gestos, en ese legado que, como puede advertirse ahora, no está siendo recordado en la medida en que él lo imaginaba y nos lo confiaba.

Tuvo a su alrededor un número notable de colaboradores. No solo eran sus actores recurrentes (Hilda Oates, Omar Valdés, Susana Alonso, Alicia Mondevil, Miguel Benavides, Roberto Bertrand…), o los miembros del Conjunto Folclórico o Danza Nacional de Cuba, sino también músicos como Sergio Vitier, Juan Marcos Blanco, Calixto Álvarez o el propio Leo. Y, por supuesto, para alguien que siempre entendió al teatro como un hecho de encantamiento, diseñadores y artistas plásticos de indudable rango. María Elena Molinet, Gabriel Hierrezuelo, Carlos Díaz fueron sus cómplices. A todos les pidió un tono subido, épico que, sin embargo, fuera a su vez síntesis y eficacia expresiva. Él mismo diseñó, y lo hizo con ese buen gusto que marcó todo lo suyo, pero cuando podía depositar tal responsabilidad en otros talentos, lo hacía sin celo. Sabía qué pedir de cada quien, qué color y qué matiz extraer de cada experiencia. En eso, también, Roberto Blanco fue un maestro.

Imagen: La Jiribilla

La muestra que se expone ahora en la Galería Raúl Oliva es solo una puerta hacia lo mucho que alzó ese hombre en nuestra cultura. Grandilocuente, enfático, esteticista, todo eso se dijo de él y no siempre en tono de elogio. Lo que recuerdo de él era su capacidad de alzar teatros allí donde otros solo veían sombras y obviedades, su don extraordinario para fundir poesía y conflicto en el aparentemente simple modo de hacer llegar un paño hacia el proscenio o hacia la tramoya. Sus mejores alumnos lo evocan día a día en cada uno de sus ensayos. Lo poco que queda de ese mundo que él fue esplende en las mejores fotos, bocetos, salvados ahora gracias al celo de su viuda y al empeño de los curadores. No llegó nunca, por desgracia, a estrenar esas versiones de El público o La vida es sueño que tanto prometía y acariciaba. Tratemos, pues, de imaginar ante estas imágenes qué provocaciones hubieran sido, bajo su mano, las metamorfosis del amor según Lorca, al que tanto apreció, o las alucinaciones de Segismundo. Fue, en nuestra escena, un príncipe y un poeta. Lo que vemos ahora, son los paisajes de su reino.

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