Desde el mar a las brillantes estrellas

Rubén Darío Salazar • Cienfuegos, Cuba
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He retornado a otra función del Teatro de Títeres Retablos, agrupación que Christian Medina Negrín lidera desde hace algún tiempo. Como oficiante de esta manifestación, es siempre un placer inmenso regresar a los predios de ese colectivo cienfueguero, que ha hecho del espectáculo unipersonal un espacio donde triunfa, junto a la investigación y el concepto de creación, la gracia de una estupenda e inteligente artesanía. La historia contada es la de Den lille Havfrue (titulo original del cuento de hadas del escritor danés Hans Christian Andersen, publicado en 1837), cuya traducción propiamente es La muchachita del mar, nombre del que se apropia Medina Negrín para su nuevo estreno.

Imagen: La Jiribilla

Sin ninguna similitud o influencia de La Sirenita (The Little Mermaid, dibujo animado de la industria cinematográfica Walt Disney, estrenado en 1989), cuya versión se aparta en buena medida del texto literario creado por Andersen, el montaje de Retablos se nutre de las esencias de ese cuento inolvidable, que junto a la puesta en escena de El Ruiseñor, otra historia de este destacado autor, conforman un interesante díptico titiritero dentro del repertorio de ese pequeño colectivo.

Dramaturgo, diseñador, constructor de muñecos, actor, animador de figuras y director artístico, Christian Medina basa su nuevo espectáculo en la condición especial que poseen los seres raros, diferentes, tal vez únicos. Un hombre que padece una extraña enfermedad que no le permite salir al mundo exterior, a la luz del sol, sueña con el mar. En su cuarto, en penumbras, evoca sus recuerdos del aire marinero y sus remolinos acuáticos a través de cestos, una caña de pescar, un pomo con arena, y fábulas costeras que ahora forman parte de su restringido universo. Durante 50 intensos minutos, se representa el cuento La muchachita del mar, apoyado por una banda sonora que acude a temas musicales alusivos al agua (Saint-Saens, Ravel, Smetana…) y utilizando figuras de diferentes escalas, animadas con las técnicas de títeres de guante, de mesa, marottes, sombras y elementos manipulados a la vista.

Imagen: La Jiribilla

La versión dramatúrgica está salpicada del cálido humor cubano, de citas literarias y geográficas referentes a sitios marítimos del planeta, sin embargo nunca abandona el dulce amargor que identifica a las narraciones de Andersen. Nuestro titiritero despoja al espectáculo de la posible aparición del melodrama, implícito en la tristísima suerte de la protagonista, que muere de amor por su príncipe, aunque no por ello sus soluciones escénicas dejan de conmovernos y asombrarnos. El misterio, la candidez y el talento del artista marcan la concepción teatral de la obra.

Los muñecos y artefactos de la escena poseen una extraña belleza, una hermosura que colinda con el criterio de rareza de toda la puesta, construida con la minuciosidad y el buen gusto que ya va siendo el sello estético de Retablos. Mariana, una sirena de grandes ojos expresivos, está trabajada en deslumbrante color blanco, y Damián, el príncipe enamorado, está elaborado en tonos naranjas y ocres que contrastan con los arquetipos de la Abuela-Bruja y la princesa caprichosa. Con pocos personajes se completa magníficamente una pieza que apela solo a dos manos, un cuerpo que a veces se torna el mismo retablo, y un rostro que desde lo oscuro deja brillar a los singulares títeres, hasta que le corresponde su momento de expresar, desde el actor, los conflictos de la historia que se cuenta y del propio personaje, enclaustrado en su casa, lejos del litoral.

A partir de una ingenuidad entrecomillada, el espectáculo critica la futilidad de los seres humanos, cuya existencia superficial e interesada se contrapone a la disposición al sacrificio y la defensa del amor verdadero. La muchachita que fuera sirena es calificada de monstruo por la princesa vanidosa, pero ella lleva consigo una luz que se refleja en aquellos espectadores que siguen atentos la leyenda, defendida por el carisma de Christian, pero sobre todo por su sentido profesional del hecho dramático. "La magia también tiene sus límites…", dice en un momento crucial de la obra, la Bruja-Abuela de La muchachita...; por suerte, el arte del Teatro de Títeres Retablos no.

Imagen: La Jiribilla

Somos privilegiados los que podemos volver, una y otra vez, al sitio donde los cuentos clásicos vuelven a vivir y a ser mediante los instrumentos mágicos de la titerería. A las altezas de palacio se les puede prohibir tener amigos por cuestiones de política, pero a los niños y niñas, a los adultos que aún no hemos olvidado los poderes inconmensurables de la infancia, nadie nos puede negar ese contacto inolvidable con el arte de los retablos. Es este oficio maravilloso el que nos hace regresar a un mundo donde las historias pueden nacer en las aguas oceánicas, pero por obra y gracia del poder del teatro de figuras, nos permite llegar a las brillantes estrellas, como lo hicieron la muchachita del mar y su amado príncipe.

Comentarios

Gracias a Rubén por recordarnos, como suele hacer, la magia y la belleza que mueve el mundo de los títeres y a sus verdaderos creadores. Que bien que la inspiración fue una puesta de Tetaro de Títeres Retablo, agrupación que defiende la belleza del oficio. Todos los hermanos de la profesión teatral deberíamos sentir orgullo porque en nuestro país existan personas como estas que hacen del teatro el bálsamo perfecto para aliviar las almas adoloridas de esta patria toda nuestra.

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